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Una entrevista que nunca se publicó


Hace un par de años que me llamaron de Madrid para hacerme una entrevista. El periodista que me visitó fue encantador y pasamos una mañana muy agradable. Me entrevistó y me envió esta prueba de la entrevista por si deseaba corregir algo... Y hasta hoy. Nunca supe más.
•••
Hablamos por teléfono y me pareció un tipo entrañable –ya estaba avisado de que lo era, pero siempre dudo hasta poder comprobarlo–. La voz un poco oscura, como acatarrada, me invitó a visitarle en su imprenta y no dudé en aceptar su invitación. Concertamos fecha y hora, y ése fue el punto de partida para empaparme de sus escritos y de sus cosas con el fin de llevar preparada una entrevista que no le decepcionase a él y que me colmase a mí.
Pasaron los días y juro que, a medida que leía, me iba dando cuenta de que no tendría tiempo suficiente, pues LF es un escritor poliédrico, indefinible y cambiante al que no soy capaz de ubicar en un estilo, en una forma o en una tradición. Leía y leía, y los saltos al vacío eran constantes. Pasaba a toda velocidad párrafos y versos absolutamente jocosos y llenos de comicidad que de pronto se convertían en serias y duras reflexiones o se derramaban en pasajes colmados de una tristeza inabarcable. No existía un tono lógico del que sacar conclusiones con las que ubicar al escritor y al poeta en un apartado estanco y eso rompía del todo mi forma de trabajar hasta hoy. Me ofuscaba no poder centrar al hombre al que iba a entrevistar, pero a la vez notaba en mí cierta sensación de aventura. Por primera vez no tenía nada claro qué preguntar para poder configurar una entrevista bien rematada. Seguí buceando en su escritura y en sus cosas, pero ya lo hice dejándome llevar, sin intención alguna, solo gozando de la experiencia.
El día acordado, después de un viaje desde Madrid de lo más tedioso, entré en su imprenta y recibí sin más un golpe de olor intenso a tabaco y un abrazo largo y apretado. Estaba con Luis Felipe Comendador y senti como si le conociese de siempre mientras me venían a la mente pasajes de su obra que poco tenían que ver con su forma de recibir y con la puesta en escena de un hombre tranquilo y demasiado grande para enfrentarlo a mi estatura y a mi peso. Salimos a tomar un café rápido y volvimos enseguida a su imprenta con el fin de acometer la entrevista prometida, y cuando digo “imprenta” me sucede lo mismo que con el hombre. Poliédrica, indefinible y cambiante. Una suerte de bazar lleno de iconos en el que se mezclan las cosas más vulgares que puedas imaginar junto a piezas sutiles llenas de belleza y misterio, pero hablar de la imprenta de LF es asunto de otro trabajo largo al que prometo dedicar un buen número de páginas.
Nos sentamos en su estudio –indescriptible– del que solo voy a apuntar que está presidido por una obra fantástica de Jam Montoya –“Hot-dog nº 2”– que te deja encogido y absolutamente en manos de LF.
 
– ¿Para qué escribir?
 
– Fundamentalmente para salvarse. Salvarse del otro y de uno mismo. También para aliviar la mente de los daños exteriores e interiores. También para conocerse y reconocerse. También para no aburrise de la vida y de sus cosas.
 
– ¿Y para permanecer?
 
– Nunca. Más bien para obtener datos de pertenencia, estado y tiempo. Escribir para intentar conocerme mejor y poder desaparecer con cierto aprovechamiento de mí mismo.
 
– Pero quien escribe, busca dejar poso, huellas. Conocerse mejor puede ser solo un ejercicio mental que no precisa de la escritura ¿Por qué escribes?
 
– Escribo porque no tengo memoria y preciso tener un mapa antiguo de mí sobre el que moverme cuando lo necesito. Poder volver atrás en mi tiempo y reflexionar en mis letras pasadas sobre lo que he sido y lo que quiero ser.
 
– Publicar, entonces, ¿para qué?
 
– Pues esencialmente para compartir, aunque eso no quita la absurda satisfacción de ver tu obra impresa, aceptada y denostada, criticada para bien o para mal y mirada por otros ojos. La experiencia es apasionante. Publicar y ver los gestos del lector, saborear sus comentarios y darte cuenta de los errores y los aciertos propios y ajenos, de cómo tus palabras se entienden o se tergiversan. Mola.
 
– En las últimas semanas he leído casi toda tu obra impresa y también tu “Diario de un Savonarola”, que ofreces abierto en la red. Debo decirte que ha pasado de todo por mi cabeza. Te he visto genio, loco, hiriente, divertidísimo, muy triste, acabado y absolutamente vital. También te he encontrado fácil y dificilísimo y, no sé, me he quedado como aturdido por tantas caras distintas del mismo escritor y a la vez con un hambre casi inconfesable de seguir leyéndote. Mi verdadera situación ante tu obra esde asombro total, un asombro que no sé descibir y que me ha producido un temor intenso ante el momento de esta entrevista. También te confieso que estar frente a ti ha borrado todo el temor. ¿Por qué esa escritura poliédrica, tan diversa, tan distinta, tan encontrada a veces?
 
– Porque soy humano y, como tal, absolutamente variable en mis estados de ánimo. Busco siempre que mi escritura sea sincera, sincera conmigo mismo, y me dejo llevar sin pudor y sin temor alguno por mis estados de ánimo hasta el punto de hacerme daño si lo preciso o de engolarme si me apetece. Me gusta que en tu golosa definición hayas anotado “absolutamente vital”, porque eso es lo que deseo que sea mi escritura.
 
– En este punto me gustaría pedirte que hicieras un breve retrato del mundo y del hombre, tu retrato breve del mundo y del hombre.
 
– Difícil me lo pones. Sobre todo si pides brevedad, pero voy a intentarlo. El mundo es un hermoso decorado, estático para la mayoría y hermosamente cambiante para algunos. El hombre es paso, solo paso… Muchas veces un paso mal trazado, demasiadas. No puedo ser más breve.
 
– Me queda claro que para ti el decorado es cambiante, hermosamente cambiante, pero cuál es tu paso.
 
– !Joder¡, me lo pones difícil. Mi paso, pensándolo bien, es pura intención… Intentar constantemente para producir –producirme– una sensación de “ser” que me capacite para la vida, intentar como herramienta de conocimiento y autorreconocimiento, intentar para sentirme hombre entre los hombres y centrar así mi idea de humanismo y ponerla en práctica. Y del intento constante voy aprendiendo a sentirme mejor, lo que me va colmando y le va aportando a mi vida un sentido que no tendría sin ese afán de intentar constantemente.
 
– En tu escritura a veces eres muy duro contigo mismo, sobre todo cuando te dispones a ser duro con los demás. ¿Por qué necesitas autolesionarte antes de juzgar al otro?
 
– Porque sin autocrítica no hay verdad. Antes de nombrar las miserias del otro siento  necesario sacar a la luz cada una de mis miserias… Eso me capacita para la dureza y me da tranquilidad para expresar la verdad relativa, porque toda verdad es relativa.
 
– Te confieso que disfruto mucho cuando leo al LF faltón, me divierte tu expresividad y me encantan tus excesos. ¿Podrías ser excesivo por un momento definiendo el mundo y el hombre de nuevo?
 
– Encantado. El mundo es un jodido espacio donde la puta genética se especializa en eliminar a los débiles por esa mierda llamada competencia, una mierda que les encanta masticar a los neoliberales y que solo sirve para eliminar a quienes no les convienen… Y el hombre, el absurdo del hombre es pura materia de destrucción propia y ajena, desde el hijo de puta que maneja los hilos hasta el alienado que se presta a ser el sicario o la víctima con absoluta complacencia. A este paso nos van a dar a todos bien por el culo. ¿Te vale?
 
– Me vale.
 
Luego fuimos a tomarnos otro café a la Plaza Mayor bejarana y nos despedimos con otro abrazo grande. 
Aún no sé definir a LF, pero estoy muy seguro de dos cosas: es una gran persona y es único, asombrosamente único.

Comentarios

  1. Magnífica entrevista, lastima que no se publicara.
    Eres ágil en las respuestas, agudo e irónico.
    Genial
    Un saludo.

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