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Lu Xun


Fin de semana completo trabajando con mi sobrino Javier en una historia chula con la baraja española como eje central. El proceso que hemos seguido ha consistido en el que yo utilizo en mi trabajo creativo: tormenta de ideas, concreción de un icono sobre el que trabajar, búsqueda de una idea con indicio que sostenga la creación y trabajo de zapa para encontrar los elementos precisos para que todo quede redondo.
El resultado, pese a haber trabajado con velocidad, me parece que es brillante y que el chaval va a defenderse muy bien con él.
Lo mejor ha sido compartir con Javier un par de días intensos –es la primera vez que esto nos sucede–, verle moverse a su ritmo, oírle pensar y notar con nitidez sus temores, su lento y elaborado proceso mental, su inseguridad y el latido de su silencio casi absoluto. El tipo lleva una tristeza tranquila encima que no es pose, algo muy parecido a una soledad discreta que tiene más que ver con una genética del carácter que con una decisión de individualidad.

Y haber compartido espacio durante tantas horas me ha hecho pensar en lo difícil que lo tienen los tipos como él: sin decisión para comerse el mundo cuando se tienen capacidad e inteligencia para merendárselo. No sé si es timidez o temor lo que le frena, pero lo cierto es que hay un valor grande que no encuentra forma alguna de provecho. Sólo se me ocurre –y lo escribo– que su mejor salida tendrá que correr por los caminos de la enseñanza, circunstancia que, me temo, le va a acarrear un complicado nudo gordiano en su cabeza, un nudo que le hará sufrir hasta que logre buscarle su lado Houdini... Y me gustaría decirle a voces: «¡Vamos, colega, cómete el mundo, arriesga, pelea, grita, haz tu primera boutade a lo grande y respira el aire fresco de la libertad personal; busca el dolor y el placer justo hasta el vértice del abismo, siente que la vida se convoca cuando se es consciente de que la cuerda se afloja bajo tus pies y has de encontrar el punto de equilibrio...».
En fin, que la vida es un desperdicio por culpa, sobre todo, de un sistema que eleva a los audaces –aunque sean imbéciles– y pisa con saña a los templados por el conocimiento y la sensibilidad.
Javier es un tipo extraordinario... pero el mundo no está diseñado para los extraordinarios.
Quiero a este chaval, coño.

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