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Dai Sijie

Hay cierta urgencia en las vacaciones que elimina su presupuesto de descanso y lo transforma en una alteración nerviosa insufrible para los demás y llena de distorsión para quien las disfruta (?). Digo esto porque cada verano, cada puente, cada día festivo... me toca aguantar a los engendros vacacionales que lo ocupan todo con prisa y descabalan las vidas normales y ordenadas de los que no queremos disfrutarlas nunca –las vacaciones– si no es en clave de sosiego y calma.
Béjar es particularmente complicada en este tema, pues cualquier día que se preste para joder a los demás es punto de mira de una enorme cantidad de pijoapartes que te chamuscan la hora del café, que hacen interminables las colas de supermercado, que no dejan un puto aparcamiento a los tipos de diario o que te mandan a casa sin comer el día de tu aniversario, aunque hayas hecho reserva de mesa.
A mí me joden especialmente los madrileños, generalmente asilvestrados en los días de vino y rosas, maleducados como ninguno y llenos de ínfulas y añagazas con las que joder al paisanín primario que sólo quiere armonía y buen rollito.

(16:16 horas) Me asombra cómo Nietzsche invoca a los «valores eternos», como si hubiera algo eterno y, a más, con categoría de «valor» –F. N. lo hace contra la democracia–. Si su historia va por el campo de la moral –que va–, no hay nada más fuera de la moralidad que la invocación de una esfera superior y exclusiva, una conciencia de clase, como base de descalificación taxativa de los movimientos espirituales.
Si ha de ensalzarse un «valor» en la historia de la humanidad, ése ha de ser el de integración de cada uno de los individuos en una voluntad de igualdad, aunque ello lleve a una sociedad mediocre –destino, por otra parte, insoslayable, dado que el común de los humanos mortales somos materia recesiva y, por tanto, el rasero deberá ir siempre por lo bajo–. Sí, F. N., sólo reconociendo que nuestro percentil raya la estupidez y que no podemos guiarnos por una Ley Natural de corte fascista que elimina a los que no están en el plano evolutivo correcto, lograremos un camino común en el que crecer sin esas jodidas ínfulas de los «valores eternos» y estupideces parecidas que siempre aparecen en las sucias bocas de los que toman para sí la calificación de «nobleza» o «superioridad».
Sólo entendiendo que somos unidad vital y que el verdadero valor está en dotar de garantías a nuestras células más débiles, llegaremos a conformar un cuerpo armónico con el que avanzar –más despacio, claro–, pero avanzar todos a la vez... Ahí radica el valor de la democracia –sistema, por otra parte, lleno de incoherencias y fallos galácticos–, pero uno de los pocos que da «valor», respuesta y voz a los que nunca la tendrían en otros planteamientos sistemáticos sociales.
¿Qué ganamos con ello?: Sobre todo dignidad y calidad moral –no moralina. Y mejoras en la ponderación de la «diferencia», avances en la igualdad y dignidad para todos.
¿Qué perdemos?: Grandes avances científicos en pequeños márgenes temporales y una evolución mucho más elaborada del pensamiento y sus ramas múltiples... ¿Y qué?
¿Qué implica esa pérdida cualitativa?: Nada que no sea tiempo, y ese tiempo nunca se podría considerar como perdido, pues haría que los avances del tipo que fueran se asumieran con tranquilidad sin crear choques tecnológicos entre generaciones.

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