
Anoche llegarón Esther Muntanyola y una colega suya cordobesa. Nos encontramos en El Castañar y tomamos unas copillas mientras nos poníamos al día de cómo nos ha ido en este tiempo de distancia. Encontré a Esther muy delgada, sumamente feliz –ya es fucionaria y con destino donde ella quería– y con la misma mirada dulcísima del primer día que coincidimos hace ya unos seis años en Rivas Vaciamadrid por esas cosas de mi Morante. Me regaló un cuadro muy Sicilia de homenaje a Baudelaire y quedamos para vernos hoy y visitar Béjar con charleta chula. Echo de menos otra vez a mi Morante, pues cada amigo que viene a verme tiene siempre palabras para él y todas buenas. Es un tipo que convoca y contiene la mejor generosidad. ¡Ven pronto, colega!
(12:03 horas) Los hermosos vecindos pasean por las calles con la mirada baja. No esperan nada, pero sostienen una belleza inigualable que produce destellos. Cuando los veo caminar hacia una plaza, quisiera ser como ellos, conocer con exactitud lo que no es mío y hacerme una dimensión de nada en la que flotar al pairo de las cosas.
Tomar la decisión de no tomarla es un modo de vida que presiento.

(12:18 horas) Nuestros africanitos sufren ciertos problemas de adaptación últimamente, y quizás sea culpa del entorno que les hemos creado lo que les está sucediendo. Les hemos dado protección, casa, comida, ropa y les hemos enseñado la mejor cara de Occidente sin pararnos a pensar en el choque que ese mostradorcito de primer mundo les podría suponer. Su idea de España/Europa se ha asentado ya como el paraíso seguro en sus cabezas y no han sentido la tensión de tener que buscar su comida para mañana... Tenemos que poner solución como sea. Y será difícil. No se dan cuenta de su precariedad y es nuestra obligación –muy dura, por cierto– procurarles esa experiencia para que pongan de nuevo los pies en el suelo... por su dignidad y por su mejor futuro. Ya veremos.
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