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Bai Pu


Escribo por mandato de Marciano una suerte de canto laudatorio para Juanito Caldera.
«Juanito Caldera Sánchez -Capitán se me presentó en la imprenta un par de días antes de su “vueltaalruedodelosbolosentrecoleguitas” con un par de cedés en los que se podía leer en letra rotulada: “Los Tarantinos”. Me decía lo que ya había dicho mil veces en los treinta días anteriores: “No encuentro la foto, Felipe; no la encuentro, coño” –andaba buscando una foto vieja del finado mendigo comarcal “Sebastián el de las medallas”–. Luego del consabido “nolaencuentrocoño”, me recordó por enésima vez el lugar, día y hora del concierto... “Que allí estaré Juanito, como un reloj, como un reloj”.
Y allí estuve, en el siempre incomparable marco de El Castañar con su plaza torera y Guinness, con su fresquito bejarano de agosto –”Béjar, oasis de Castilla...”– y con un público vip donde los haya... Un Ramón Hernández ya nombrado asesor de Ministerio de Trabajo en la embajada de España en Portugal, Ana Muñoz de la Peña como alta representación institucional juntera –de incógnito–, Ricardo Luis haciendo gala de su campeonato mundial y también Guinness de manduca jamonera, algunos pijos familiares, la madre de un ministro –a la sazón también madre del cantante–, varios amigos y cercanos, y el laureado poeta local que suscribe –se echaron de menos la presencia política de Don Jesús Caldera y la física de José Antonio Sánchez Paso, al que se puso por esas nubes tan ausentes en estos días estivales.
El escenario de “La Cabaña” de El Castañar era el mejor para el bolo de nuestro Juanito, que fue acompañado por Manolo Gómez Santos a la guitarra rítmica –su colega conciertero de siempre, de ese siempre que duró hasta que Manolo tuvo que marchar de Béjar– y por Tino a la armónica.
Y llegó de pronto una magia Cat Stevens –o Mingo Jerry– con cierta mixtura de Cánovas, Rodrígo y Guzmán... y sonaron piezas del tristemente finado Hilario Camacho, cositas de Antonio Flores, remembranzas de José Antonio Sánchez Paso y un tema nuevo de Juanito Caldera, que no dejó su voz ronca ni para decir gracias –una voz que siempre me ha recordado a la de Patxi Andión. Oye, y todo aliñado con una entrañable proyección de imágenes propiciada por José, por Antonio y por el recordado fotógrafo bejarano Luis Cabrera, que nos dejó la única nota sepia de aquel “Sebastián el de las medallas”.
El caso es que disfrutamos entre música y copas, y también con los cuidados constantes de la compañera de Juanito, atenta siempre a que la brisa nocturna y castañara no cambiase de página el libreto del artista o que la madre –en primera fila– avisase de cuando en vez a los técnicos para que le dieran más valor al sonido del micro de su retoño.
Una noche nostálgica y deliciosa para recuperar a un colega con muchas ganas de hacer música y de mostrarla, y un final apoteósico con “El Compadre”, poeta de aldaba y risas, el entrañable Antonio Calzado Arias.
Lástima de ausencia la del ministro, coño.».
Y se lo envié a Marciano con un artículito de opinión reivindicando para el mí el uso de la bandera española, manda güevos.

«ROJA REIVINDICACIÓN DE LO GUALDA

Hace unos meses definí en un aforismo mi consideración hacia las enseñas patrias y grupales. Decía: “Vistas las banderillas, que me aparten las banderas”, pero hoy hago como que me desdigo y juego a esa cosa tan bonita de las contradicciones que ese Dios que no existe puso en la genética hispana.
Yo… uno, impar y rojo… reivindico la enseña patria como lúgubre vestido para mi postrero traje de madera, como encíclica para mi tonsura de incrédulo, como bastión para mi muñeca reivindicativa y ultrasur de los mundiales deportivos, como paño de lágrimas negras, como insignia molona con la que adornar mi palestina, como norte de mi desnortamiento, como pañal o cojín o adorno de ganchillo para mi tele nueva… Y que no me confundan los nostálgicos “blue” cuando me vean con ella pintada en la frente o en el sonajero de mi teléfono portátil, que no griten al cielo mis anarcoamigos, ni que me censuren los que entre sus pelas encuentran a veces hoces y martillos… ¡Amo a mi bandera!… y quiero quitarle la peste de antaño con esos zurullos tan OJE, con esas miserias tan de requeté que hacían del rojo una sangre fascista y del gualda un sol de camisa nueva. ¡Amo a mi bandera!… sin gallina, sin corona, sin sables, sin barras -y no digo estrellas.
Amo a mi bandera porque me mosquea que catorce ricos, un cura y diez viejas la sigan usando para sus legiones como santo y seña de aquella charada de “milico e mierda” -mi abuela decía que eran el infierno… Sabía mi abuela-. Me compraré una para rebozársela por calles y plazas… y que rujan fuerte -como hacen las fieras-: “¡¡¡Un rojo vestido de España¡¡¡ Esta patria nuestra ya no es lo que era”.
Quiero que me vean junto a mi bandera cuando diga en alto que esto es una mierda, cuando por mi abuelo recuerde a mi abuela, cuando me pasee los días de fiesta por el centro mismo de la plaza vieja. Quiero que me vean junto a mi bandera cuando diga firme que aquí hay corruptelas de peine y ladrillo, que aquí hay una guerra soterrada y triste entre ratas vivas y entre ratas muertas…
Roja, gualda y roja… y pisada tanto por los comemierdas que llevan a gala lucirla sobre la pechera.
Alcaldes, ediles, ministros, rameras, funcionarios, trepas… sabed desde ahora que esa quinta enmienda tan americana está en mi bandera, que perdió el morado en tiempos de penas y hoy me pide a gritos que yo la defienda.
Perdonen los ripios que esta prosa encierra… pero es que la pañosa lleva un no sé qué hortera que hasta las palabras juegan a rimarse… y hasta se me ordenan.
¡¡¡Dios!!! (¿). ¡¡¡Patria!!! (¿). ¡¡¡Bandera!!! ($).
Bye.»

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