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Ma Zhiyuan


La mediocridad anida en la astucia siempre, pero los astutos salen adelante porque se mueven muy bien por los caminos del dinero, ese contravalor que nos hace pensar en que quien lo busca con fuerza es capaz de hacer cualquier cosa por conseguirlo. Y una «cualidad/calidad» del astuto, si así puede llamarse, es su insolidaridad como camino hacia sus metas.
Mientras que el término «solidaridad» anuncia siempre una unidad de fondo en la que todas las partes se ajustan y se apoyan, equilibrándose; la insolidaridad tiende fundamentalmente a una división de la que extraer resultados particulares sin medir lo que supone de privación al otro.
Vivimos, pues, en una sociedad de mediocres astutos, en palabra llanas: en una sociedad de hijos de puta que no dudan en someter a sacrificio y penuria a sus iguales sólo por/para llegar a sus metas... y de este absurdo nacen los partidos y los partidarios, los intereses y los interesados, los ricos y los pobres, las desigualdades y las injusticias.
La insolidaridad es, pues, uno de los mayores males del mundo... hasta tal punto, que los astutos se han venido a apropiar de la palabra «solidaridad» para utilizarla en su propio beneficio... EEUU es solidario con Israel, con el gobierno títere del crudo iraquí, con la antiderechos humanos Arabia Saudí, con... con... con... y así, descendiendo del plano de los estados hasta el de los individuos que se solidarizan para desgravar en su declaración de hacienda, para obtener un puesto de trabajo a dedo o incluso para tener la conciencia tranquila cuando miran el telediario.
Pero para poner en marcha la solidaridad en su mejor acepción, es preciso primero que ésta se produzca en base a la desigualdad, y por tanto, procurar que los desiguales se tornen solidarios con el fin de conseguir la calidad de iguales –ojo, solidarios todos, no sólo de forma unívoca; es decir: yo te ayudo y tú colaboras para que crezcamos juntos hasta la igualdad–. Y en ese larguísimo y utópico camino estamos, en que el poderoso desigual muestre su deseo solidario y lo practique –jodida está la cosa– y que el desigual oprimido se preste a recibir aportando.
Es difícil entrar en la valoración de la aportación del que no tiene, pero hay que intentarlo con fe en el camino a seguir; como es difícil conseguir que el poderoso ceda y acepte abrirse a tomar lo que el débil pueda aportarle –generalmente su aportación será de visión natural del mundo y las cosas, así como de simplificación real de los sistemas humanos para que se equilibren las fuerzas.

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