Ir al contenido principal

Antonio Gamoneda


Recibo hoy un bonito regalo de noviembre, pues Antonio Gamoneda me envía su nuevo libro, «Sílabas negras», editado por la Universidad de Salamanca como saldo en letras del XV Premio Reina Sofía que le fue otorgado al poeta y amigo; y me agrada más porque la edición está a cargo de su hija Amelia y de Fernando R. de la Flor.
Recuerdo ahora al poeta en Cambrils, achacoso y locuaz, intentando un cigarrillo a escondidas... o en la Sierra de los Pedroches cordobesa, ambos sentados en el recibidor de un hotel mediocre... o en Béjar, conociendo de primera voz una salsa para carne que hace mi madre a la que en casa llamamos «hijoputa» –no sé si Antonio llegó alguna vez a probar la receta–. En fin, que leeré sus negras lágrimas con lentitud arcana, en silencio –sin música– y buscando concentración... porque yo aún tampoco sé que soy unas manos.
Gracias, Antonio.

(22:24 horas) Los días de otoño que sienten nostalgia del verano me deprimen profundamente. Suelo despertar con la idea clavada en la frente de un paisaje xantofílico con media niebla jugando al escondite de los castaños, los robles y los álamos... incluso en el entresueño huelo la humedad de una noche eterna de lluvia.
Cuando abro la ventana de mi habitación y me doy de narices con un sol hiriente, casi insultante, se me cae el mundo...
Despierto a Guillermo –ya estamos él y yo solos en casa a las ocho y media– y lo llevo a mi cama para que vea diez minutos la tele mientras me ducho y me aderezo –eso le sirve para conectarse poco a poco con el mundo–... me visto y luego procedo a vestirle a él entre cosquillitas y risotadas –más dosis de conexión positiva con el mundo–... Desayunamos nuestro tazoncito de leche con Nestquick, arropado por unas galletinas o unas magdalenas, y de ahí al rito de los pises, la lavada de dientes a la par y el peinado repeinado con agua corriente y colonia –mi niño se ducha siempre antes de acostarse, porque si no la prisa de la amanecida nos sacaría los nervios a los dos–. Luego, el rito de las gafas, ponerse los zapatos, revisar la mochila para el cole, embuzarnos en abrigos, cazadoras o trenkas... y armar un zipizape de carreras para ver quién llega primero al ascensor, quién abre la puerta del portal o quién toca vencedor el capó del coche.
Y de esas carreras breves pasamos a la más importante del día: llegar a la puerta del cole antes que Daniel y su madre o que Juan y su padre, adelantar al furgón de reparto de pan o poder detenernos justo en nuestro lugar de parada favorito –al lado de la barandilla que protege la puerta del cole–. Y dejo allí a mi compañerito diciendo adiós con la mano y tirándole besos mientras le veo enredarse en conversación con algún coleguilla que espera en la puerta...
Y de allí a la tristeza del día de otoño soleado, con la chaqueta y el alma sobrándome, camino al curro –más tedioso y desolador que el puñetero día de sol– para ser un cero a la izquierda de la nada.
Mi hijo me salva, por lo menos.
¡Gracias, chaval!

Comentarios

  1. Colega, la antología de Gamoneda no se llama Lágrimas Negras, sino SÍLABAS Negras. Te has confundido de disco, digo de libro.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por la corrección, colega. Entro, cambio y sigo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Por favor, no hables de mí... si acaso, hazlo de ti mismo...

Entradas populares de este blog

COMENDADOR

A LAS PUERTAS DEL CIELO
Aún quedan las carcasas de las fábricas como memoria de aquel constante trasiego que procuraba poder a los fascistas y la escueta comida del día a los obreros. Están rojas de óxido en toda su ferralla y una vegetación devoradora hace justicia en cada hueco. Son los restos de lo que ha de venir y lo que fue.
Mamá, el lotero me llama alemán.Porque eres rubio, hijo.Mamá, la abuela me dice que nunca hable con el lotero, pero es que siempre me da caramelos y me llama alemán.Que no me entere yo de que vuelves a coger un caramelo de ese hombre. Obedece a la abuela.Mamá, es que me dice que yo sería un buen torero, que si sigo jugando con el estoque, un día me llevará a un tentadero.Ese hijo de puta… fue uno de los que denunciaron a tu abuelo.¿Qué hago entonces, mamá?Cuando le veas, sal corriendo.
Aún quedan algunos tejados viejos en la calle Libertad, sus tejas rojas sostienen la vida de algún gato y mantienen el recuerdo vivo de los hombres que huían desde los desvanes p…

Caidino...

Estoy lento y como gatinín con este calor bestia que cae sobre mí como una losa, y con tanto por hacer y en diferentes campos. Ahora que necesitaría multiplicarme, estoy dividido y hasta restado. SBQ necesitaría ahora de todas mis fuerzas de invierno (tenemos un agujero grande que tapar y no soy capaz de tomar aire). Intento mercadillos, lecturas, talleres, ventas de materiales chulos, sorteos…, pero nada funciona. Es como si al quedarme desactivado yo, se hubiera desactivado todo, pero no sé de dónde sacar la energía que necesito como el aire de respirar, no sé cómo tramitar esta abulia sobrevenida. En Perú la gente tiene sed, hay pendientes entregas necesarias de materiales, de carritos…, y he dejado un proyecto a medias que hace que me sienta culpable por ratitos. Es este jodido calor y que la gente aquí ya no puede más, porque está agotada por los miserables del dinero. A ello se suma el golpe constante en el trabajo, el ramillete de deudas con sus apremios y el vacío inabarcable…

Somos la razón del tren en marcha, su todo adelante sin salir del constante paralelo de las vías…

Somos la razón del tren en marcha, su todo adelante sin salir del constante paralelo de las vías… y ese ser ‘la razón’ le gusta mucho al que viaja a velocidad en los cómodos asientos de sus vagones, viendo pasar el paisaje por las ventanillas, pero solivianta al que perdió el billete, al que nunca tuvo para comprarlo y, sobre todo, al que busca lugares a los que ir y a los que el tren no llegará jamás, porque no hay vías ni estaciones. Así visto el trasunto humano, la libertad del que está en el sistema (el tren) viene siempre marcada por unas fronteras nítidas que, precisamente, amordazan esa libertad… o sigues las vías con tu billete en regla o te bajas del tren y corres el peligro de ser arrollado si quieres volver a subirte en él mientras no detenga su marcha. Me sucede con frecuencia que tengo ideas nítidas en mi cabeza, ideas que se muestran preclaras y estructuradas en mi mente y que, cuando intento compartirlas, me resulta muy difícil hacerlas llegar a mi interlocutor con la …