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Noche en 'El Savor'


Acababa de nevar y había cuajado bien en la mismita falda de la sierra cuando salí de camino a Salamanca. Me había abrigado de puta madre [camisetilla de algodón, camisa blanca, chaqueta de lana con forro, calzoncillos limpios de cuadritos, unos tejanos, calcetines gordos, botas, mi chupa de cuero y una bufanda gris] y tomé la carretera como con ganas de huir [esas ganas que me llegan cada vez con más frecuencia hasta el centro del estómago]. El recorrido fue tedioso a causa de las obras de la nueva autovía, pues hice los setenta kilómetros detrás de una larga fila de camiones, sacando una triste media de 70 kilómetros por hora, mientras escuchaba a Leonard Cohen y fumaba un Chester detrás de otro.
Llegué a Salamanca a las nueve de la noche y el termómetro del coche marcaba un grado de temperatura en el exterior. Aparqué cerca de la casa de mi hija y di un largo paseo por el centro de Helmántica para hacer tiempo hasta la hora de mi lectura en ‘El Savor’. La ciudad parecía desolada a esa hora. Solo algunos grupos de extranjeros punteaban el comienzo de la noche entre risas y animadas charlas como para quitarse el frío.
Le eché más de media hora al escaparate de la librería Cervantes e hice la intención de tomarme un café caliente, pero los locales por los que pasé estaban tan vacíos que se me fueron las ganas y decidí alargar mi paseo por el frío [o entre el calor de mucha gente o bajo la nada del frío].
Ya en ‘El Savor’, saludé al colega que se pelea los días en ese hermoso garito latino y degusté con los ojos el final de una de las clases de baile que allí se imparten [las chicas se movían como ninfas al ritmo del son cubano y yo me las comía con los ojos a la par que me bebía a tragotes una Laiker fría].
Acabó la clase y los cuerpos femeninos abandonaron el garito para dejarme solo. Mi colega puso a todo trapo a Silvio Rodríguez para recibir a la noche poética y yo me encerré en mí mismo en una mesa apartada para saberme solo y relajadillo. Así estuve una hora feliz.
Y fueron llegando los pacientes receptores a cuentagotas [poquitos]: Gerardo, Elena, Víctor, mi hija [rebonita], Ben Clark, Fabio, María… un señor mayor y un grupo de jóvenes franceses.
Comencé mi lectura con la voz rota y se me fue rompiendo más según recitaba, pero supe enfatizar el asunto y me dio la sensación de que no quedó mal. La gente estuvo atenta en todo momento y aplaudió con ganas durante algunas fases y al final.
Cuando todo acabó, el señor mayor se acercó hasta mí para darme la enhorabuena y un abrazo mientras me decía: ‘ha habido pa todos…’. El grupo de franceses se animó a comprar algunos de mis libros en la barra y uno de ellos, Guillaume, me pidió que le firmase su ejemplar con emoción.
Tomé la última Laiker con mis amigos y acompañé a mi hija hasta su casa por el húmedo frío salmantino [fuimos todo el camino abrazados como dos novios].
De camino hacia el coche, pensé en mi soledad ya resuelta y en el proyecto de hermosa soledad que empieza a gestionar mi hija.
En Arapiles pasé la prueba de alcoholímetro con unos guripas amables. En la recta de La Nava volvió a detenerme la Guardia Civil y me hizo pasar un mal rato que se sumó al enorme cansancio que ya acumulaba.
Llegué a casa muy tarde y, sin más, en un impulso, me comí dos enormes bocadillos de queso sentadito al brasero.

Comentarios

  1. Y después de todo lo que cuentas, qué placer más portentoso el queso en el pan, en casa, al braserico... Saludos, amiguete.

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  2. Ay LF, cómo me gustaría verte en una de esas lecturas!!!

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  3. Pues me hubiera gustado estar en ese café, en esa lectura… disfrutar de los sentimientos que se producen en esos cruces de personas… Me alegra que hayas salido contento aunque lo “más mejor de todo” es que estuviste con tu hija ¿no?

    Biquiños

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