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Pensamiento y pragmatismo.


Siempre fui partidario del pragmatismo unido al pensamiento, de la validación de las ideas en sus efectos prácticos y reales [y no hablo solo del pensamiento científico –en el que ya se supone el trabajo de llevar a términos de uso lo pensado–, sino también del pensamiento ético].
Escribió Peirce que “toda la función del pensamiento consiste en producir hábitos de acción y que lo que significa una cosa es simplemente los hábitos que envuelve, lo que da lugar a la máxima pragmática, que no es otra cosa que concebir el objeto de nuestras concepciones considerando los efectos que pueden ser concebibles como susceptibles de alcance práctico. Así, la concepción de estos efectos equivale a nuestra concepción del objeto”… esto que parece tan difícil de entender en una primera lectura, se hace absolutamente fácil si nos centramos en decidir que un pensamiento es válido si se puede llevar a la práctica con eficacia y facilidad para mejorar el estado de los seres y las cosas en el mundo… se me puede decir en este punto que solo busco la ‘utilidad’ del pensamiento, y que esa dimensión puede llevarme a la ambición –mido este ‘se me puede decir’ desde una posición perversa, claro, pero de todo hay en la viña del Señor–. Bien, pues incluso cayendo en la peor forma de utilidad [que no sería otra cosa que la exaltación privada del concepto], creo que no hay mejor trasunto filosófico que el que propicia verdades tangibles y mensurables [viene aquí al caso un párrafo de “La reconstrucción de la Filosofía” de Dewey en el que dice: “En realidad, verdad como utilidad significa servicio para contribuir a la reorganización de la experiencia que la idea o teoría proclaman que es capaz de realizar. No se mide la utilidad de una carretera por el grado en que se presta a los designios de un salteador de caminos. Se mide por cómo funciona en la realidad como tal carretera, como medio fácil y eficaz de transporte y de comunicación pública. Lo mismo ocurre con la aprovechabilidad de una idea o de una hipótesis como medida de su verdad”].
Un conocimiento se hace válido por las condiciones empíricas que lo hacen válido, no por los presupuestos mentales… la verdad resulta solo si somos capaces de hallarla en experiencia, que sumada al conocimiento y a la praxis nos llevará a nuevas metas de futuro real [aquí me gustaría recomendar, a quien desee profundizar en la materia, la interesante lectura –se hace rapidito, pues no ocupa más de tres páginas– de las trece formas de pragmatismo enunciadas en 1908 por Arthur O. Lovejoy]. La verdad, por tanto, no debe dejarse aparcada como un valor teórico, hay que expresarla en el ámbito de la utilidad para que se haga cierta y para que le otorgue al hombre su valor natural, el de hacerse como un ser activo a la vez que intelectivo…
¿Hasta dónde quiero llegar con este rollo?... pues simplemente hasta ese lugar en el que los hombres capaces de hurdir ideas susceptibles de ser llevadas a la práctica para desarrollar positivamente el mundo del hombre, deben contar con todos los apoyos institucionales y normativos para ponerlas en práctica de forma masiva y, siempre, como una posesión de la humanidad [no como un bien de uso y explotación privado], dando acceso libre a esos bienes a todos los hombres como un derecho inalienable e irrenunciable… estamos hablando de la inversión a gran escala en I+D+D de todos los gobiernos, de la creación de nuevas leyes que obligen a los explotadores de las nuevas tecnologías, en todos los campos, a ceder sus derechos a los estados para que estos productos sean extendidos entre la población sin el exclusivo diferenciador que supone exponerlos al mercado [mercadeo]… en otras palabras… si existen medicamentos capaces de sanar enfermedades endémicas en el Tercer Mundo que cada año se llevan a millones de personas, que esos medicamentos se lleven a los lugares precisos sin tener que pagar por ellos esas cuotas infames que enriquecen a unos pocos [que luego quieren gobernar el mundo, manejando un bien como un activo económico y no como un activo humano]… si existen tecnologías capaces de paliar el hambre y la sed, hacerlas llegar a los puntos precisos para que causen los efectos para los que se diseñaron, y hacerlo sin que sea posible la especulación o el enriquecimiento brutal [no de quienes las idearon, sino de quienes las utilizan como bienes de mercado haciendo de la intermediación un paso ‘necesario’ para su enriquecimiento y para obtener ‘poder’].
Sí, sé que hablo de palabras mayores, de ‘imposibles’ en este batiburrillo que es el mundo… sé que en esencia mi planteamiento es poco pragmático [entro por tanto en contradicción con todo lo antedicho], pero también sé que en esta idea hay un verdadero solucionario para el mundo, un buen solucionario para todos y cada uno de los problemas que hoy acucian a una parte importante de la población mundial… no sé cómo se puede llegar a este punto, pues los intereses particulares son tantos, tan grandes… y son tan poderosos quienes los pretenden… pero hay que hacer algo, hay que intentar empujar a quienes tienen la capacidad de idear ese mundo posible para que lo definan, lo planeen y lo pongan sobre la mesa como un proyecto viable y bien terminado.
Y eso es todo… que me parece que es nada… en fin.
•••
*A fortiori

Filosofía. Es una especie de los argumentos lógicos que, sin revestir las formas clásicas del típico, o sea del silogismo, se acerca algo a él en su manera, más que de concluir, de establecer el lazo formal del antecedente con el consiguiente. Tiene por objeto refutar errores y precisar verdades ya reconocidas, fortaleciéndolas merced a determinadas comparaciones. Bueno será advertir, para evitar riesgos que puede correr el pensamiento, que el argumento à fortiori se refiere a la apreciación cuantitativa de semejanzas o diferencias entre los términos, que pone en juego la razón discursiva, y que por tanto, si se llega a olvidar el cuale o a prescindir de lo específico latente en la cantidad, degenera el razonamiento en una causa ocasional de errores sin cuento. Se clasifica el argumento à fortiori como uno de los casos del ejemplo (con los otros dos à pari y à contrario), raciocinio que tiene por base la inducción analógica y que llega únicamente a resultados más o menos probables, pero nunca ciertos; porque no parte de la contemplación directa de los términos y de las conexiones internas de estos mismos términos. À fortiari se estima cuantitativamente un hecho más lejano con la ley que otro: así, por ejemplo: «si el saber no da la tranquilidad de conciencia, à fortiori o menos la proporcionará la posesión de riquezas». Algunos lógicos (Bain, Boole y otros, de la escuela inglesa), que olvidan la advertencia que dejamos indicada como corolario del principio de correlación de la cualidad con la cantidad, consideran idénticos el argumento à fortiori y el denominado axioma de «sumas iguales añadidas a sumas iguales, son iguales entre sí». Expresan de este modo el argumento à fortiori: «Si A es más grande que B, y B más grande que C, à fortiori A será más grande que C», y tratan de él únicamente como axioma matemático para comparar entre sí cantidades iguales o desiguales con una evidencia de hecho. Sentada esta base, se puede llegar a la identificación de la Lógica con el Algebra y del proceso intelectual con lo inflexible de la cantidad matemática, error de bulto que siempre será rectificable, recordando los límites de la abstracción y el supuesto recíproco de lo cuantitativo (no de la cantidad abstracta que es inflexible) con lo cualitativo dentro de la síntesis y complexión de lo real.

Comentarios

  1. Reconozco que lo he tenido que leer varias veces para entenderlo. Saco en conclusión que deberían ser los filósofos quienes gobernaran el mundo. La historia parece decir que las ideas suelen ser buenas, pero al llevarlas a la práctica no salen: siempre hay quien se lleva el agua a su molino. En fin, a ver si cunde esa filosofía de vida, mejor le vendría al mundo.

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