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Lo que nunca fue un golpe...



Yo qué sé... un tipo al que no veías desde hace años y te lo encuentras en la plaza del barrio, de pronto, sin más... y los portales siguen igual, con la misma herrería y el mismo orín a sus pies, con el mismo número de metal descolocado... y en la acera los tres registros de siempre y las baldosas desgastadas haciendo un damero dislocado... y le miras a los ojos y ves que no son los mismos ojos... a la cara y ha cambiado tanto... pero le reconoces quizás por algún gesto.
El decorado es el mismo, pero el tipo ya es más triste que entonces, cuando os veías casi a diario... sí, se le ve bien vestido, parece que no le va mal, pero está más triste, como vencido por algo... y te interesas por su vida, por cómo le va, y te cuenta que tiene hijos y vive en una ciudad grande, que trabaja en una empresa fuerte y ha prosperado... y tú lo ves en su ropa y hasta en su forma de moverse, en la energía con la que te habla... y mientras lo hace, mientras te habla, sigues percibiendo que todo a vuestro alrededor está igual, no ha cambiado... la escalera, el sucio jardincito de barrio... y piensas que aún no han puesto papeleras ni hay una boca de riego... y vuelves a prestarle atención al tipo, que no ha parado de hablar, mientras te dices por dentro que es otro perdedor, un perdedor más, otro desgraciado que no sabe de qué va la vaina... y le dices que tienes algo de prisa y te despides amablemente mientras miras sus canas y te das cuenta de que lleva el pelo limpísimo.
Y se va.
Y tú te quedas mirando cómo se va.
A veces, solo algunas veces, resulta suficiente dejarse envejecer con las cosas mientras ves pasar los cadáveres tristes de tus antiguos amigos.
Y lo que nunca fue un golpe... se ha quedado en cardenal.



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