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Carta al viejo F después de leer a JB


Sopla el viento hoy, pero aún no aparecen nubes que se encaramen a los montes cercanos. Se está metiendo el otoño y trocará de golpe toda la vista hasta el horizonte y, viejo, este mudar de tonos te llega más al alma que ver cómo se cambia de vestido tu amada. De una doncella gozas hasta un punto que no supera el codo o la rodilla. ¡Cuánta más dicha en la belleza ajena al cuerpo, a salvo del abrazo o la perfidia!
Es por todo esto que te escribo, viejo.
¿Y en la capital?... ¿te hacen blanda la cama o resulta dura?, ¿qué es de los políticos y sus mesnadas? ¿Siguen aún con sus intrigas?... Con ellas siguen, imagino, y con sus gulas.
Me encuentro en mi despacho, arde una tea. Sin una mujer, sin siervos, sin afectos... y en lugar de los pequeños y grandes de la Tierra, suena en concierto un zumbar de tres moscas tardías.
Viejo, aquí yace un escultor, un hombre de valía; era hábil, aunque fuera discreto. Murió deprisa y todo su trabajo vino a acabar en esto. Junto a él yace un legionario bajo un cuarzo grueso. Dicen que dio gloria y los familiares le han hecho una iglesia. Murió pronto, pues en esto, viejo, no hay norma que valga.
Tal vez una gallina, en verdad, no llegue a ave, mas hasta con su seso aquí te lloverán los palos. Si por fortuna naces en estas tierras, mejor que vivas junto al mar o en un rincón lejano, lejos de quienes gobiernan, de fieros nubarrones, de la adulación, del miedo, la premura. ¿Que todos los políticos son ladrones?... mejor quien roba que el que tortura.
Ya ves, viejo, ya hemos recorrido media vida. Como me dijo un borrachito hace unos días: “Mirando alrededor tan solo vemos ruinas”. Dura opinión, lo reconozco, pero cierta.
Estuve en las montañas y me dejé en el agua y los paisajes... ¿Será posible que aún sigan las guerras?
Recuerdas, viejo, a aquella novia que tuviste, aquella delgadita, pero gruesa de ancas... ahora habla con Dios, la pobre.
Ven, viejo, tomaremos vino, pan y ciruelas. Me contarás del mundo y yo pondré un sillón para ti en mi casa, nos sentaremos en la terraza y desde allí te diré cómo se llaman las estrellas.
Ay, viejo, pronto tu amigo pagará todas sus deudas a tanta resta. Encontrarás dinero desperdigado entre las hojas de mis libros, para el entierro al menos bastará, me parece. Contrata, si algo resta, a algunas mujeres para que me lloren y págales lo mismo que te cobra una hetera por su arte.
Ay, viejo... el verde del laurel alcanzando el temblor, la puerta abierta de par en par al polvo, la silla abandonada, mi estancia vacía y una tela que bebe el sol de mediodía. 
El río ronca sordo entre los pinos altos. Este viento de hoy no sirve a los veleros. Me siento. Murmura un mirlo en un ciprés crespado.
Hasta que vengas, viejo.

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