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Prometí no volver a salir al otoño... pero no pude aguantarme.


Pido disculpas encarecidamente por esta sobresaturación de los ojos, por la bella tristeza decadente de este paisaje único y divino, por este tour de force otoñal, por toda esta ebriedad y hasta por la envidia que pueda suscitar este territorio de la nada y para la nada.
Me prometí hace unos días no volver a salir al otoño bejarano, pero pasé la noche agobiado por el último deceso y me desperté como sobresaltado, como inyectado de un miedo tranquilo que me ponía azaroso –no le tengo miedo a la muerte, lo he dicho muchas veces, pero le tengo auténtico pavor al dolor y a los payasos– y me sentía herido por la falta reciente. Miré al monte cercano y lo tuve claro... hay que saber romper las promesas, aunque sean tan pequeñas y sin importancia como ésta.
Tomé mi Nikon, hice acopio de tabaco y me fui a pasear las vías del tren aledañas a la ciudad, haciendo camino por ellas hasta La Centena... hacía tiempo que no tomaba este camino y me quedé absolutamente anonadado por el paisaje de robles, pinos y castaños... borracho de color y dolido de que tantos ojos se cierren para siempre sin haber podido disfrutar de este espectáculo visual, espiritual y cromático.
Creo que me fumé un paquete entero de Chester entre helechos y piedras vestidas de musgo... y pensé una vez más en lo pequeño que soy y en la suerte que tengo por haber nacido en esta tierra y tomar la decisión de habitarla.
El otoño es francamente triste, pero aquí también es profundamente bello.
Dejo estas imágenes como homenaje sentido a Loli, pues no se borró de mi cabeza en todo el recorrido.










































Comentarios

  1. Por favor, sigue saliendo a ver el otoño de Béjar. Magnífico -y la decadencia no es tan grave-
    Besos

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