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... trapiellos, carpantas, corcobados...




Me pongo frente a la pantalla e intento escribir, pero no logro encontrar la expresión correcta de todo lo que bulle en mi cabeza... y me siento mal por no poder hacerlo, por no poder vomitar todo lo que hace que me sienta mal (sí, sé que estoy amordazado en los últimos meses, pero esa mordaza no debiera impedir la expresión privada... pero no puedo)... y entonces intento esas trochas que utilicé otras veces para encontrarme en la escritura... la escritura automática... la descripción caótica...

Cierro los ojos y veo trapiellos cobardes escribiendo diarios sin decir, carpantas nuevos con su sopa de Cáritas recién bebiba, corcobados de calle que dicen lo que piensan y es verdad, y es siempre verdad... pero no todo es ascuas y ciscote, que también veo mujeres libélulas con cintura y shortines, con pantyes apretados y culetes pinzones,  con la chichona puesta como para comer hasta sin hambre... y me digo: ‘nadie me obliga a seguir con vida, coño’, pero me disfrazo de extranjero hasta que parezco la prima de Elías Canetti, sí, el tipo del ‘Libro de los muertos’, y me digo despacio que no es el momento de decir nada a gritos... ‘niñooo, que no estoy sordo’... y en vez de matarme, pues que pienso en la muerte... ¿será una mujer lúbrica que se abre su sexo con las manos?, ¿tendrá cara de Ezra Pound diciendo ‘tu pan es cada vez más de trapos viejos’?, ¿será el falso Ben Yitzhak?, ¿Gógol?... y entonces resucito entre los muertos mientras las casas mueren de pie y me pregunto que qué es la culpa... y si adivino lo que es, ¿quién la tiene?... pero de pronto pienso en quién pudo componerme como una música, quién definió mi ritmo y cada uno de estos acordes oxidados, quién decidió este estribillo absurdo y repetido, repetido, repetido, repetido... entonces se me vino como un orgasmo que T. S. Norio, en sus ‘Tres poemas’, se sentía detergente... ‘DETERGENTE’, tío... ‘minoritariamente étnico y detergente’, que lo apunté en su día en mi cuaderno de lectura junto a un ‘los poetas se pierden esto... que le den bien por el culo a los poetas’... detergente... qué pasión de palabra bien metida en un poema epigramático, si es casi luisalberta, pero no... y me agringo de pronto y me sudo la mano como un onán de nada, y me toco por ver si aún existe algún signo de vida en la esponja que cuelga, y me adoceno o no, que no lo tengo claro... pero hay musa, hay musa aunque se esconda y no me haga mohínes, hay musa para hartarse con su arsenal de gestos y la carne dispuesta... la muerte, coño... o mejor el deseo como un acantilado desde el que alzar el vuelo o la caída libre... ¿puede alzarse una caída?... no sé, coño, ahora no lo sé... y no lo sé porque sigo empeñado en hacer lo mismo, decir lo mismo, negar lo mismo (otra vez el jodido Canetti)... y la estafa total, el país de la estafa total... pero ella existe, es, tiene piel y granitos, se depila con cera o discierne con dificultad entre el día y la noche si trata de vestirse para salir... existe aunque solo sea en mi cabeza y se presta a mis múltiples caprichos raros... ‘desnúdate de espaldas... agáchate hasta tocar tus tobillos con las manos... tócate un pecho... aprieta... suelta... acarícialo despacio... mírame a los ojos... no me mires... mírame ahora fijamente... vuélvete...’... y la ira me ciega cuando veo en la parte derecha de la pantalla ‘“¿te interesa leer los artículos anteriores?”... qué me va a interesar, coño... bueno, sí, hay uno de Marcos Ana, que aunque no me interesa como poeta, sí que me interesa como memoria... lo miro y no me interesa ni como memoria... pero estaba en la noria de la musa... yo qué sé, subida a una escalera y mirándose en un espejo ovalado como mirándome... y yo le decía: ‘sácate la blusa... sácate la blusa... sácate la blusa’, pero ella estaba quieta como una fotografía... y entonces me dio por pensarla quitándose la blusa... esto sí es muerte, me dije, una muerte digna, una muerte capaz de dejarte muerto, de dejarme muerto... y recordé que un día la vi sentada, pero no recuerdo dónde... bah, seguro que no la vi, que me lo imaginé... y ahora llueve... después de no llover durante tanto tiempo, ahora llueve y mi pelo se riza con el agua, pero no hay corazón y tampoco hay cojones, ya no hay cojones para nada.
Y eso.

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