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Alejandro.



No sé... pero tengo hijos y ojos, algunas intenciones y dos o tres razones que apenas sufren cambios con los años... también tengo zapatos con cordones que atar, un verso entre alfileres y algunas deudas de tiempo que apenas me preocupan unas horas... y todo esto es la nada cuando veo a Alejandro en las imágenes recientes de los cerros... le enseñé a manejar mi camarota Nikon y tiró algunas fotos con la sonrisa entera en su cara de ángel... le encantaba ese click de los disparos y miraba asombrado las imágenes en la pantallita mientras su ego subía al percibir que los otros muchachos le miraban con cierta envidia... le pregunté... ‘¿quién es tu mamá?’... y se encogió de hombros sin perder su sonrisa hermosísima... una mujer me dijo... ‘no tiene mamá ni papá, señor, vive entre todos nosotros’... y nos sirvieron un platito de comida y un vasito de gaseosa (todo un lujo para celebrar mi llegada)... no podía decir que no, a pesar de que el plato estaba atestado de cebolla (nunca pude tragar la cebolla), e hice de tripas corazón tomando un par de cucharadas mientras, a mi lado, Alejandro devoraba su ración en un platito más pequeño que el mío... lo hacía con ese placer que da el hambre y se lo acabó en un minuto... y fue mi salvación, porque le ofrecí mi plato a Alejandro y le dio fin con la misma velocidad con la que había acabado el suyo... mi deseo imposible entonces fue agarrar a Alejandro y traérmelo a España como al hijo pequeño que sumar a los míos... me encendí de impotencia y, sin que se notara, derramé unas lágrimas de rabia... luego nada.







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