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Volver del paraíso...

Vista de El Pacífico desde Puemapé


Vuelve uno del paraíso y se encuentra con la falta durísima de los poetas Félix Grande y Fernando Ortiz, con Ukrania en un incendio que ya debiera haber llegado aquí, con los mismos que mentían y robaban hace unos días en sus poltronas meadas de poder y dinero, con algunos suicidas nuevos y bastante más ruina sobre la ruina que ya era… y queda del paraíso cierto sabor pastoso en los atrases de la lengua y un hermoso olor a chámbar recién hecho mientras ‘Pajarito’ hace sonar sus castañuelas con una elegancia ancestral junto a un rastro de pequeños males menores (algunas picaduras de insectos y esta frente quemada y requemada cada uno de los días que allí estuve)… y del calor de allá a este frío inmenso, y del color atónito a este gris purulento, y del gentío ardiendo a esta soledad tántrica y escueta, y de la risa franca a estos gestos huraños y ateridos, y de la línea recta con su paso adelante a este estar tortuoso volviendo atrás a tragos, y del ver un futuro a este desfuturarse consentido… 
Llegar del paraíso y agachar la cabeza, como agotado, y humillar de nuevo ante los ‘próceres’ de esta mierda que llaman ‘patria’ y solo es la guarida de miles de ladrones, ladrones infectos. 
En Lima había un ñino sentadito en la acera jugando con pinzas viejas de colores… era preclaro que no tenía asegurado el día siguiente, quizás ni siquiera la hora siguiente, pero sonreía feliz con sus hallazgos estéticos… hacía y deshacía animales rarísimos, maquinarias extrañas con sus pinzas… y se veía feliz de su ‘ahora’ concreto, de esa respiración que no necesita más que aire… estamos tan equivocados en nuestros planteamientos… y callamos… callamos en un país canalla que desprecia con botes de humo y pelotas de goma los derechos humanos más básicos… callamos y somos unos tristes enfáticos, hepáticos, cobardes, vencidos…
En el paraíso se sabe que cada uno debe buscar lo suyo, reclamarlo, exigirlo o hacerse con ello sin más a pesar de las normas marcadas por quienes no desean más que veredas y caminos, carreteras, fronteras y delimitaciones… a pesar de quienes vocalizan constantemente la palabra ‘mío’ e intentan borrar de cualquier vocabulario la palabra ‘nuestro’… en el paraíso la gente se mira de frente, se ama de frente, se odia de frente… y luego siempre sonríe… siempre sonríe.

Irse al paraíso es relindo… y volver es saber lo qué es la muerte y no quedarse atónito.

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