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Si al final me voy a morir, ¿no?...





Si al final me voy a morir, ¿no?, como todos… y entonces quizás pareceré bueno o hasta lo mismo pareceré exactamente lo que soy: un trozo de carne puesta a orear con ciertas intenciones –algo, por otra parte, que no conseguirán muchos de los que están, serán o fueron–… y recuerdo a la mujer sentada frente a mí, sin mirarme ni un segundo a los ojos durante toda la conversación absurda que mantuvimos… yo pensaba, mientras me hablaba, que a esa mujer le quedaba grande el despacho mínimo en el que conversábamos, su puesto político multiplicado por dos y, por supuesto, el sueldo público que se lleva cada mes a sus bolsillos… sonrió un par de veces con una de esas sonrisas de cuchillo que asesinan… una de ellas fue para decirme que a los comerciantes les molesta que vendamos en la calle… pero repetidamente echaba la responsabilidad sobre otro para intentar quitarse de encima el peso de mi sola presencia en su espacio… y yo no fui desagradable en ningún momento, lo juro, porque con los años ya lo he entendido casi todo y me he sosegado hasta el punto de no preguntar, como hacía antaño, por qué a mí no y a otros sí (me refiero al trabajo… y también me refiero a mi propia existencia)… para qué preguntar a quien me odia por sistema, por ideología y quizás hasta por feromonas… para qué preguntar, si sé que se van a alegrar por mi tonta curiosidad… el caso es que con mi trabajo se ha frivolizado mucho y se sigue frivolizando… pero es su mierda, la mierda en la que nadan cada día mientras se creen que es puro perfume… y yo, ya digo, lo he entendido casi todo hace tiempo… he entendido que cada uno mira primero por lo suyo, luego mira por los suyos y, si se avergüenza, mira un par de segundos al mes por los demás (con conmiseración, por supuesto, que de justicia esta gente sabe poco o nada)… y todo termina en una cadena de favores a través de los cuales se van apropiando del dinero, se van apropiando impunemente de los puestos de trabajo cómodos y bien remunerados, se van apropiando de la gente y de las cosas de la gente mientras sonríen y se inflaman por derrochar el dinero público a su antojo, con el solo control de los ‘suyos’, en bobadas que les atraigan votos para perpetuarse… les jode que alguien como yo diga en público que en la ciudad (ya de apenas trece mil habitantes) se mueren entre treinta y cuarenta personas al mes, que muchas familias no pueden pagar la luz o el agua y que son multitud los que necesitan apoyo alimentario… y les molesta porque eso es fruto de su gestión diaria, y porque amanecen cada día para ocultarlo con fiestas y banquetes, con charlotadas y carnavales, con procesiones y compañías de revista… les jode que alguien como yo diga que en nuestra zona hay un índice alarmante de suicidios… e intentan tapar sus carencias sociales con causas tan políticamente asépticas (presumidamente, que todo tiene sus sesgos) como el cáncer o el ‘Día de Caridad’… y a veces pienso que todo esto es solo escritura, pura invención de un aprendiz de geómetra de palabras que cree que vive y tan solo escribe, de un tipo con bolsillos llenos de llaves y mecheros, siempre con un paquete de tabaco empezado y algunas monedas sueltas (ya no es tiempo de billetes para mis bolsillos), de un hombre que aún recuerda la geometría de las baldosas del colegio y que a ratitos se considera el purito dueño del tiempo… yo, yo mismo, que fui un mocoso con paraguas automático que iba a comprar hielo al mercado para la abuela o cisco al carbonero con un cubo de cinc… yo, que, golpeándome la cabeza con la mano, a veces me decía –aún me digo– ‘¿estás ahí, Felipe?… ¿hay alguien?’… yo, que iba a la pescadería con mi madre y me quedaba absorto mirando los ojos abiertos de los peces muertos mientras pensaba en que quizás los peces beben aire.
Sé que al final voy a morir, como todos, aunque no igual, porque cada uno tiene su muerte única y a solas, y que jamás podré ver los peces del Quai de Mégisserie, pero no me importa demasiado, porque he aprendido a imaginarlos… quizás por eso no me importe seguir empecinado en las cosas que imagino, empecinado en hacerlas realidad o en creerlas realidad, y quizás por eso quiera también no saber si estoy enfermo de algo o de nada… nunca, jamás quiero saber si estoy enfermo, solo pensar que, como mucho, ando cansado y todo pasará con la dormida próxima… sí, he aprendido mucho en estos años, he aprendido que el hombre no se merece a esos hombres de ahí, que mi ignorancia es mía, como el odio que me profesan –un odio que es trofeo de salón para mi casa–… y hacer, hacer cada día sin cansarme, hacer para que el otro sea en mí y yo sea en el otro, hacer para no tener que gritar de lástima por mí, para no tener que llorar de impotencia jamás, para no sentir vacío más allá de este vacío obligado que ya es.

Hoy estoy leyendo “La energía de los esclavos”, de Leonard Cohen, en una edición de Visor de 1974, y tengo los ojos verdes para quedarme con el poema ’61’ de Leonard:

Visto de negro.
Tengo los ojos verdes
cuando me da la luz de determinada forma.

Si otros intentan escribir esto,
a muerte con ellos,
muerte a cualquiera que rompa los sellos de este poema
en el que estoy vestido de negro.

Y benditos sean los ojos
que huyan de esta página.
Librad a un hombre de ojos verdes
de su miseria y su ira.


Pues eso.



Comentarios

  1. Se me ha borrado el texto anterior al completo, así que empiezo de nuevo. esta vez no necesito demasiadas palabras. Yo tampoco entiendo nada, también escucho a Leonard Cohen y sigo pensando en ti con la amistad de siempre. Lo demás no existe.

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  2. Buenos días, Luis Felipe Comendador:
    ¡Qué bien escribes!
    Claro que te morirás. Empéñate en que esa fecha esté lo más lejos posible en el tiempo.
    Cuando ocurra -que sea dentro de muchos años- te dedicarán una calle, instalarán un monumento, y presumirán de haber leído tus escritos.
    Siento decirlo, pero en las ciudades pequeñas, las envidias a la gente con talento es lo normal. Es la manera de asegurarse el puesto los mediocres.
    Un abrazo.
    P.D.: No los he visto, pero tus ojos verdes –ahora- gritan de impotencia por la miseria que contemplan.

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