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Una pregunta que me hago cada mañana y cada noche.



¿Por qué ha de ser difícil cada día, si llevo doce lustros ensayando este papel de hombre adocenado, si ya sé qué conviene o no conviene, si sé quién es el turbio o el castrado, si conozco al dedillo cada acción/reacción, cada exacto “ya es tarde”, cada barrera y foso…?, ¿por qué ha de ser difícil cada día si sé cada “tendríamos”, si recito al dedillo las leyes y los salmos que no fueron escritos, si el bancario diario no pasa aún de los treinta y yo soy un mordaz quincuagenario, si sé lo que me gusta y no me gusta y ya me da lo mismo la rima consonante que el verso libremente desquiciado?… 
¿Por qué cuando amanezco, después de tantos meses respirando, me tropiezo a la mínima con el aire que sopla justo al salir de casa… y caigo, y quedo oscuro como un nublado viejo, y me siento más nada que la nada, limitado por todo, distinto –muy distinto– del sueño que soñé hace diez minutos?… ¿Por qué, si sé quien soy –que llevo conociéndome nosecuantosmil días–, dudo al pisar la calle y no sé hacia qué lado dirigirme –si viene a darme igual– ni en qué bar recalar para comprar tabaco?…
Y porque al final, me ponga perro o gato, cada día es difícil… me tomo unos minutos para armarme de algún roce de piel antepasado, de una mirada lánguida que un día me atropelló los ojos como náufragos, de un cansancio tranquilo sesteando, de un minuto que tuve con luz propia, del amor que sentí durante un rato un día que me amaron, del agua resbalando en los cristales de las ventanas de mi cuarto, de una magia regada de palabras que terminó en un poema mío y charco, de un temblor rebonito con su vértigo –un vértigo de abrazos.

Y en días tan difíciles como éste, me viene Fonollosa como un trago… ‘La pareja perfecta es uno solo’… me dice… ¡Puto sabio!

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