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Outsider

Categóricamente soy un outsider, que no sé exactamente lo que es, y precisamente por ello debo de serlo. Y lo soy, quizás, por perezoso o por absurdamente harto de todo.
Hoy me levanté con los dolorcillos de siempre, me llegué hasta la imprenta sin ganas, como siempre en los últimos años, tomé las riendas de mi nada por un par de minutos y llegó el cartero con un libro: Verdad y media, una antología de aforismos españoles del siglo XXI bajo selección de León Molina y edición de La isla de Siltolá. Oye, que me vi allí de pronto en negro sobre blanco, como a trasmano, sin haberme enterado siquiera de que iba a estar formando parte de ese florerito de definidores frustrados. Un barullo en la cabeza, un no saber si era vanidad o cabreo lo que me hacía decir esos mecagoenlaputa que me salen cuando me absorto. Comprendí enseguida que todo es una cadena de favores, que yo soy porque otros fueron antes y para que otros sean después, vamos, que me sentí casi Susanadíaz, sin trabajo conocido, con diez años para hacer y terminar como se pudo una carrera de nada, y medrando con la miradita lánguida y hacheando las eses. Me dije: no seas malo contigo, no te compares con esa mediocridad empujada por los troles del mediodinero que la apoyan para seguir puestos, que la adulan para seguir puestos, que la elevan para permanecer en su verdad y media. Y que me comí el cuscurro de la barra de pan que había sobre la mesa grande de la imprenta y miré mi cuerpo moroso acribillado por los puñeteros mosquitos amazónicos (desde noviembre y aún tengo todas las marcas de sus picaduras en brazos y piernas). Susana Díaz, otro fraude grande, otra nada absoluta para dar sombra a los listos del oportunismo pesetero. Susana Díaz para aseverar que lo español nunca tendrá excelencia en sus políticos. ¿Cómo va a poner arreglo en el trabajo quien no ha trabajado jamás?, ¿cómo va a quitar el hambre y la miseria quien solo siente hambre de poder y es miserable en sus principios y en sus finales? Ya digo, verdad y media.
Y pensé en mí, que a veces pienso en mí, y no lo hice por comparación, como otras veces, sino que lo hice por pasión propia, que es por lo que ha de verse y pensarse uno  cuando ya no tiene abuelas que le mimen y le envanezcan. Siempre recibiendo palos como recibo amigos. Siempre fracasando en cada uno de los pequeños triunfos. Siempre recibiendo las migajas del pan que compré yo y se comieron otros. Ahora soy un moroso administrativo –me la suda– y me siento un moroso social –le debo tanto al hombre– y es por ello que soy un outsider, un cerito cabrón a la izquierda de cualquier otro número. La ventaja de mi outsideristmo es que puedo decir sin rubor que Susana Díaz es un fraude de leso socialismo, que el banco me la suda como me la sudan Hacienda y la Seguridad Social y que no tenéis vergüenza si no sois capaces de colegir cada mañana que muere un niño de hambre por minuto en el mundo –o dos– mientras desayunáis con gula o vais de exfumadores por esos campos de dios donde se fraguan los sudores más absurdos a base de correr sin saber hacia dónde.

Hoy, 16 de mayo, acabo de comprender que otro mayo ya no es posible.

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