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Anna-Leena Härkönen


No sé educar y sólo acumulo fracaso tras fracaso en esta tarea que me hace vaso vacío.
«Educar», ¡qué mierda!... Y de mis fracasos constantes, una pregunta igualmente constante: ¿Para qué, educar para qué? Fracaso en el «cómo» y no sé el «para qué»... Magnífica situación en la que me encuentro y me ahogo.
(21:42 horas) Yo siempre he dado mano abierta a mi instinto, lo exploro a diario, lo ayudo y me empeño en conocerlo. Y sé que al afirmar esto entro en contradicción con toda mi defensa de los valores reflexivos, pero no me importa. Intento llegar cada día a moverme en una mezcla de instinto y reflexión que me hace ser una especie de oxímoron con zapatos, pero siento en mi interior que necesito buscar un equilibrio entre estos contrarios, obligarlos a convivir en mí y conmigo.
Ser consciente de esta lucha me proporciona placer, y tal placer me lleva muchas veces a correr pequeños riesgos que me animan (de “ánima”).
Me encanta vivir en la contradicción –pero ser consciente de ello.
(22:23 horas) Llegar a conocer lo que otros ya saben quizás sea perder el tiempo si nos quedamos ahí, en la coincidencia de conocimientos. Hay que buscar el error o el más allá en lo que se aprende. Ahí es donde vibra la música de la vida.
Oye, y que hace unos minutos me pasan un avisito de que me ande con cuidado y no me meta con «personas importantes» de la ciudad. ¡Coño!, no sabía yo que en la ciudad hubiera personas importantes o, mejor dicho, los tipos con los que supuestamente me he metido en este diario durante los últimos meses –son pocos y cobardes– nunca me parecieron importantes.
Hay que ver cómo está el pueblo, mecachis, que haces la pequeña crónica particular de una «verdad vivida» para aclarar ciertas «decoraciones mediáticas interesadas» y empiezan a aullar los perritos falderos como si fueran lobos.
Pues bien, voy a recordar que me suelo crecer ante la adversidad, y más ante los avisos aviesos... también recordaré que no tengo ganas desde hace mucho tiempo... también diré que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio...
En fin, que ahora va a resultar que convivimos con una miserable pandilla de matones –de cartón piedra–. Que ya murió el General hace unos años, coño –sus sicarios asesinaron a mi abuelo Felipe... ésos sí eran sicarios y no estos patéticos avisadores anónimos–, y que amenazar es de mala educación.
En fin, que seguiré en este «mira cómo tiemblo» viendo pasar las sombras marengo de los tristes de espíritu.
«Personas importantes»... Hay que joderse.

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