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Mu Zimei


Ayer me explicaba mi amigo Ángel Pasos que «nunca pasa nada» y que sólo debemos esperar a que la naturaleza cumpla sus ciclos y ponga las cosas en su justo lugar. Y tiene razón el colega hasta donde no me afecta, porque en mi humana calidad soy enormemente propenso a ganas y desganas, prisas y pausas, amores y odios, cansancios y holganzas... y ese «no pasa nada» me gusta mucho, pero no me sirve a veces para sentirme medianamente bien. ¡Coño!, y digo yo que la vida también es para los altibajos, para los valles y las cimas... sentirse mal para poder sentirse bien, o para crear, o para morirse.
No pasa nada cuando a mí no me pasa nada, ése es mi pensamiento al respecto. Que se caiga el mundo, que exploten las bombas en otros cuerpos, que el hambre toque en la puerta de al lado... así no pasa nada, amigo Ángel, mientras yo lo vea todo suceder y no forme parte del espectáculo.

(17:26 horas) Sigue sin aparecer Mª del Carmen Hernández, la hija de Marino, que desapereció ya hace una semana. Anoto esto porque el asunto ha dado de sí en un aspecto trágico que dice muy poco del periodismo provincial y de la gente en su disfraz de gentío. Todo se ha movido en el trasunto del comentario de barra y en las especulaciones locas de un imaginario colectivo que hace daño como mil cuchillos clavados. Somos lo que somos, una pandilla de inconscientes, y nos dejamos llevar por cualquier regato que fluya. A día de hoy, Mª del Carmen no está entre nosotros, hay un detenido y se está examinando un vehículo... nada más. Todo lo que se escriba o se diga será para clavar dolor en los allegados. Guardemos respetuoso silencio, coño.

(22:40 horas) Después de repasar ciencias con Felipe, salimos juntos con Guillermo a pasear por el mercado medieval. Fue un paseo tranquilo como hacía un montón de tiempo que no habíamos logrado. Compramos una flautita de caña, una rana de madera y un diábolo. Jugamos un ratito con los juegos medievales, vimos una pantomima con un preso puesto en el cepo y volvimos a pasear hasta la zona de las casetas para tomarnos unos refrescos en la caseta de La Alquitara y celebrar así el nacimiento de Elsa, la hija de Miguel. Luego unos churros para una cenita tranquila con la madre y a repasar ciencias de nuevo con Felipe –una tarde familiar a tope y sin abuelos.

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