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Kimmo Lehtonen

Algo descolocado, con flojera de espalda y bastante menos lúcido de lo normal, anoto el día como una resta más, ubicándome en el medio para buscar equilibrio o cobijo.
Hoy no estoy a la altura de los hombres y de las cosas.
Y de esta resaca me llega el otoño adentro, como siempre, con su asunto xantófila, sus grises destramados y menos voluntad de ánimo que en otras estaciones.
Ayer fue un día de gozo por ver a mis amigos felices y abrazados, y hoy retornan las dudas y me pillan sin fuerza.
¿De qué sirve que nombren junto a tus actos el valor si no lo tienes? ¿Para qué hacer tonsura en lo que siempre fueron balbuceos e inseguridades? El mundo sigue su curso y le sobra mi mirada o no la quiere...
En fin, que el mar vuelve al mar y las rosas ya marchitas mantienen sus espinas como fieras. No hay esperanza ni seres para ella.

(12:55 horas) Si nos sacan del entorno social cercano, siempre somos más amables, y quizás hasta puedo afirmar que así es como somos, mucho más amables de lo que se sugiere por el contacto constante y diario. De ahí la necesidad de poner distancia, de buscar soledad y de intentar aislarse en un medio tono para que se nos vayan desdoblando las dobleces sociales.
También es muy cierto que sólo se ama a quien se puede odiar, por lo que la intensidad relacional del hombre debe guardarse para casos muy concretos. Es decir, no debemos entregarnos a un grupo, sino a personas concretas y muy bien seleccionadas. Y es que quien no ama, encuentra paz en su vida y armonía en sus relaciones... Pero, ¿estamos dispuestos a no amar nunca?
Tengo claro, por tanto, que poner distancia es fundamental para gozar de tranquilidad y buenas sensaciones con los demás, pues «amar» implica que exista un contrario con el que comparar el afecto. Prefiero hablar de «aprecio» que de «amor» y de «desprecio» que de «odio». Todo se hace así más tolerable.

(18:46 horas) Alguna vez suena una voz a la espalda del tiempo y veo cómo se inició el incendio de lo político en mi estómago. Fue Ramón Hernández quien me animó y me llevó de la mano, quien me cargó de una ilusión que con el tiempo me haría madurar a base de satisfacción y daño. Y yo se lo agradezco porque me ayudó a crecer y a dudar, porque aprendí a ver la vida con ojos algo más prácticos y a la vez a otorgar a cada cosa una importancia relativa.
Ayer estuve un buen rato con Ramón y le vi feliz, fuera ya del ambiente enrarecido de esta ciudad que devora implacablemente a sus mejores valores. Sonreía entre fados y vi cómo la distancia –vuelvo al tema– nos trae las caras amables, las de verdad, las que debieramos conservar siempre en nuestra memoria.
Del tipo que medio voló hay que recordar ahora sus valores: tenacidad, capacidad ingente de trabajo, generosidad a raudales e ideales sólidos.
Me alegro de su suerte y sé que a otros les jode.
(21:51 horas) Sentirse parte de una historia viva, a veces te trae la honestidad como un pañuelo limpio... no como algo perteneciente a tu personalidad, pues uno no es honesto si no encuentra razones para serlo, sino como defensa ante el futuro.
Yo soy honesto sin un componente moral previo, pero siempre con un componente circunstancial que me lleva a pensar en mañana. Eso cuando soy honesto, claro. Y soy deshonesto siempre con un componente moral bien localizado y, también siempre, buscando epatar con mi actitud deshonestamente bien medida.
En fin, que somos teatro en lo bueno y en lo malo, y todo por ser como el aceite en el agua, para flotar y poder tomar otra bocanada de aire.

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