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Odysseus Elytis


Me hubiera gustado ser como Falstaff –o como Oldcastle, que es justo lo mismo–, un gracioso caballero bebedor, gordo hasta estallar y juerguista hasta la muerte. Ser como Falstaff para recibir a mis amigos como se debe, con cenas Pantagruel y perfidias Maldoror... Ayer pasaron por Béjar Tony y Miguelón... y sólo pude tomar un triste café con ellos... ¡Joder!, después de tantos años sin vernos y de tantos buenos años pasados juntos... un triste café de mierda. Por eso también le dije ayer a Maite –que me propuso visita– que espere hasta que le haga señales que propicien un encuentro más vivo. Es jodido querer recibir y no poder hacerlo.
(10:24 horas) Había previsto visita de Urce y Marisol, pero todo se ha torcido por azares tristemente humanos, y lo siento, porque su presencia fugaz suponía un poquito de oxígeno para mí. Tenía preparada la edición de los talleres de poesía de Madrid con la misteriosa intención de escrutar en sus caras el resultado de mi curro... Otra vez será, amigos, que no pasa nada.
(11:49 horas) La mujer es la magia y la pesadilla, el lazo buscado y la posesión destructora. Yo confieso que estoy absolutamente subyugado por lo femenino, pero también extremadamente atemorizado. En fin, a mis amigos Urceloy y Maite les cuento que con una mujer se puede pisar la gloria o se puede caer de por vida en un terrible infierno, y que por ello hay que andar con pies de plomo, pues la química del deseo quita razón y lógica, y la electroquímica del odio sólo funciona para destruir.
Lo mejor, a nuestras edades, es buscar el paralelo a cualquier situación que sugiera conflicto, es decir, mantener la tensión del cruce con la convicción de que nuestras líneas nunca podrán encontrarse. Ahí es donde las relaciones vibran mejor, en saberse sin estar... en eliminar la jodida química que nos hace actuar sin el componente volitivo.

Yo, que en el fondo soy un tipo con suerte, tengo una compañera que sabe ser complemento y dejarme espacio, mi Mª Ángeles, y de ella he aprendido que se suma a partir de la tolerancia y la confianza ciega, amando sin perturbar, teniéndose sin pararse a mensurar la calidad o la cantidad del amor, simplemente dejándolo fluir en común y por separado. Y para que esto suceda, nunca hay que pedirle pruebas al amor, ni hacerle preguntas, ni buscar en él respuestas... y también quitarle el posesivo a cada una de las cosas que se van sumando al vínculo –sé que es pura contradición lo que digo si lo enfrentamos al concepto aceptado y genérico de «amor»– y saber siempre que lo que nos une nos separa, que lo que nos apetece nos quita libertad, que lo que nos embruja nos esclaviza.
Una mujer tranquila, sin temor a la pérdida, sin avaricia afectiva, sin otra pasión que dejar respirar para poder respirar... es la mejor imagen que se me ocurre del amor y para el amor.
Y para el odio... olvido y tiempo.

(13:13 horas) Ayer, enredando en mi biblioteca, encontré mi ejemplar de «Hyperion», y sólo de ver bajo el título el nombre de Hölderlin, recordé algunos pasajes que hace años me llegaron y me dispuse a buscarlos entre el texto. Tenía subrayados, anotaciones, frases inconclusas escritas a bolígrafo en los márgenes, respuestas lacónicas a la narrativa lírica de Hölderlin. Releí con velocidad, parándome en algunas páginas y pasando otras de largo... y me iba llegando la magia de aquella lectura con anotaciones... De allí nació un tiempo literario personal en el que trabajé sobre la imposibilidad de ser, sobre las desilusiones y la posibilidad de superarlas, sobre la evocación de un tiempo feliz y la valoración de sus tristes resultados.
Percibí con nitidez cómo me marcó aquella lectura y cómo me peso la imagen de Diotima, llevándola a la presencia física y poética de Mª Ángeles y construyendo un buen montón de poemas en esa clave y en ese latido Hyperion.
Y el desencanto, que tantos versos me ha dado y me ha quitado, resumido en el dolor de un Hölderlin que fue Hyperion y que terminó siendo yo mismo: «Oh, tú, Naturaleza, con tus dioses; he acabado de soñar el sueño de las cosas humanas y declaro que sólo tú vives, y aquello que los hombres sin paz han conquistado por la fuerza y han escogido, se disuelve como las perlas de cera al calor de la llama».
(16:43 horas) Vengo del café y la conversación allí ha corrido sobre el futuro del colega Cipriano González. Todos mis contertulios –y yo mismo– piensan –pienso– que es la opción más fiable del PSOE en Béjar para acometer una salvadora llegada al ayuntamiento. Si tal circunstancia se diera –que yo apuesto mi mano derecha en ello–, habrá que darle una salida a la dirección de la Fundación Premysa, y en este punto me gusta imaginarme activo, pues ese vacío contiene una bonita impronta de proyectos en los que meterse hasta las cejas y poner en ellos fervor ideológico personal. Sería una bonita salida a este impás de mediocridad en el que ando sumido últimamente, y ahora tengo ganas de moverme. Sí, sé que lo llevo muy crudo como para que alguien piense en mí, pues siempre he sido un tipo incómodo, y también sé que habrá sus dificultades para ajustar con la persona indicada para tal labor. En todo caso, dejo anotado hoy en mi diario –que nunca fue políticamente correcto– que me apetecería un montón poder trabajar en una serie de proyectos que siento pendientes de realizar, y veo en el probable vacío que se acerca una oportunidad preciosa. A ver cómo se desarrolla todo.

(17:15 horas) Hay una foto deliciosa de Manuel Álvarez Bravo, realizada en 1931, que lleva por título «El ensueño», en la que me detengo con mucha frecuencia cuando paso las páginas del catálogo donde aparece. El gesto bellísimo de la muchaha apoyada en la barandilla, la posición de sus manos y el extraño apoyo de su cuerpo me llevó un día a escribir un poema que lleva por título «Una mujer se peina y llueve», uno de los pocos retratos poéticos que he hecho en mi vida, que tiene la curiosidad personal de que cada vez que vuelvo a él me llega un sentimiento concreto que tiene mucho que ver con el amor. Ese poema lo conservo siempre cerca y lo leo asombrado de que alguna vez fuese capaz de juntar las palabras con tal sentimiento estético.
Miro la foto y me deshago.
Leo el poema y me pongo triste.
(18:50 horas) El mejor amor es el imposible, porque siempre mantiene el deseo latente... y el mejor poema es también el imposible, porque sólo es capaz de ser vivido en el sentimiento intimo. Amar la imposibilidad del poema y poetizar el amor como imposibilidad... Una buena forma de no ser para sentirse vivo. Qué jodidamente bonito es el término «imposibilidad»... Hace ya seis o siete años que escribí el poema «No hay posibilidad para los hombres penúltimos», y ahora recuerdo que durante aquellos días mi cabeza era todo un tratado de la imposibilidad.

(22:43 horas) Leo en «i-bejar.com» un artículo de Óscar Rivadeneyra –«Razones y sinrazones de una crisis»– en él me hace una cita ciega para esbozar un retrato de la busguesía bejarana que me resulta muy atinado. Está de puta madre eso de «Son menos mundanas sus crisis, menos numéricas y pragmáticas. Porque el oficio constante de burgués tiene prioridades que la razón de la clase media no entiende, y que van mucho más allá de la perduración de las grandes osamentas del textil en el tiempo, primero, y en el espacio, después. La crisis introspectiva de la élite tradicional bejarana (a menudo oculta detrás del Lacoste y de la Vigilia del Castañar) lleva años dirimiéndose entre el fingimiento de la ostentación o el disimulo de la ruina; no acosada por más horizonte que el de la usurpación de sus privilegios y sus bulas por la insolencia agnóstica de los "nuevos ricos".». Está fetén, chiquillo; lo que sumado al calificativo de «poeta barbudo» que me dedica –y que me gusta un güevo, porque me trae a la memoria cierta cosa Bahía Cochinos que me hace sonreír– es para enviarle un ¡Felicidades!.
Lo dicho.

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