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Amar con exclusividad supone odiar tanto...


La ciudad como un barrio de ínfulas extrañas escupía la pobreza de sus luces a los cuatro paseantes altivos de las tres de la madrugada. Yo ya dormía un sueño de justos ojos cerrados y Magdalena aprendía los gestos de lo autótrofo. Algo le decía que no, que una mujer no sabe destilar la luz para hacerla alimento... pero ella insistió en su nada... insiste.
Cuando el sueño es un estado más lúcido que la vigilia, es que la muerte acecha, y no importa, no importa nada, porque la muerte es descanso... ¿Y la pose del observador? [quedarse quieto y mirar o sentir vergüenza propia y ajena o no saber atinar la idea... sólo teatro, siempre teatro].
La parafernalia de los seres pseudoautótrofos deja lívido al que mira sin querer aprender: pañales, baberos, medicinas, luz triste y olor añejo... Sobreponerse a su sombra es la lucha exacta, y el campo de batalla es una cabeza intratable donde se pelea el orden. Y la pregunta: ¿A qué ser para nada?
No hay rabia, no hay pudor, no hay norte que marque tu posición en la casa... el reino de lo reflejo marca la supervivencia... todo por tiempo absurdo para eliminar el tiempo ajeno, el tiempo práctico, el tiempo decorativo.
Amar es una duda impertinente.
Y así empecé el año, pensando dormido en ese otro sueño sin imágenes, el sueño de un cuerpo ajado y una mente destruida que ya perdió el latido.
La vejez es un látigo que lacera hondo y vengo decidiendo en estos días que no quiero ser viejo, y me entra una rabia muy parecida a la culpa y lloro. Sí, comienzo el año llorando por Magdalena, y al hacerlo lo hago por mí, por sus hijas y por mis hijos.
No tengo ganas de fiesta, pero sin embargo encuentro en mí una profunda necesidad de huida y de ruptura, ¿no es este (éste) un grave y contradictorio sentimiento de fiesta? Por suerte para los míos soy cobarde, un cobarde que aguantará lo que le echen y sólo atinará a decir mil palabras fuera de tono (siempre con cierto y absurdo control). ¿Por qué no sé ser sincero en lo importante?
Magdalena me destruye y Ángel me entierra.
El año promete.
(17:40 horas) La mesa con mantel de cuadritos vichy (vichí) era un naufragio a las cuatro y una mesa de juegos a las cuatro y media. Magdalena posaba para la «postreridad» con su muñeca antigua hecha unos zorros y con la mirada vidriosa [fueron 19 tomas dramáticas alumbradas por la luz mortecina de las dos lámparas de araña del comedor]. Su boca ha tomado un arco inverso que sugiere tristeza a veces y a veces desazón. En una de las tomas arqueó una ceja brevemente, como con curiosidad. ¿Qué querría preguntarme? Ángel, mientras, remataba la escena con una cabezada que me trajo un no sé qué Sarajevo. Ha sido todo invierno/infierno este años más [o menos].
Sólo los críos ponían voces como banda sonora, y también algunas risas, ajenos por edad a la tragedia.
Yo pensaba en Mangola, en las fuentes del Nilo, en el Pekín más Jólibud, en Natashja, en el sexo caliente de una noche sin causa y en huir simplemente.
Escapé para escuchar a Nina Simone en «Play me the blues» como esos tambores lejanos que anunciaban una muerte trágica... pum pum pum pum pum... Mírame a los ojos y comprende cómo siento la incapacidad y cómo hierve la duda.
El nublado empieza a llegar con la caída lenta de la luz. Béjar es un vacío menor que es parte del gran vacío. No viajaré ya más... o no quiero.

(18:07 horas) En lo político más abyecto, dejar en palabras que Alcaraz y sus mesnadas me parecen deleznables en su malformación del espíritu nazional (hacen sangre de la sangre derramada y se bañan en ella), que los asesinos de ETA son unos hijos de la gran puta y unos fascistas redivivos, que el PP se retrata perfectamente en Lanzamierdas y sus mediocres pisaverdes, que el mundo está mal porque los políticos que nos representan son por norma lo peorcito en capacidad y lo mejorcito en mala baba. Quieren gobernar, usar el poder, abusarlo y abusarnos... que se lo metan por sus jodidos culos junto a todas las banderas [incluida la abertzal y la de las JONS].
A este paso vamos a tener que volver a salir a la calle con el pecho descubierto a beber ricino o a recibir sus balas, que tan ignominioso es el asesino como el que vive y bebe de la sangre de las víctimas.
(22:07 horas) Pasan los días y la sensación de pérdida se hace inabarcable. Mientras la gente de la calle celebra el tiempo con sus uvas y sus felices fiestas, yo pierdo mi tiempo en un nada que hacer que me exaspera. No he cumplido los plazos que me autoimpuse a principios de diciembre, apenas he leído y no he sido capaz de escribir ni una sola línea digna.

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