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Miro al fondo de mi vida y veo que no ha pasado nada


¿Recuerdas el mundo que queríamos? No ha pasado nada desde entonces, sólo que han muerto hombres y los nombres de las guerras y de sus generales han cambiado. Queríamos un mundo libre y socialista, con la banca socializada, con la igualdad por montera; un mundo tan utópico como nuestra visión del amor. Nos encantaba engañarnos a nosotros mismos mientras paseábamos entre los plátanos del parque o mientras tomábamos refrescos entre risas y proyectos.
¿Recuerdas que hacíamos trabajos sobre el origen de la vida basados en los textos de un tal Oparín, que diseccionábamos ratones y hacíamos experimentos con permanganato y con perborato sódico? A mí se me ha quedado clavado el recuerdo de mi paraguas negro y los largos paseos dominicales por una Calle Mayor llena de charcos y de chicas que me gustaban.
Ahora todo el mundo dice que no pasa nada, que estamos mejor, que todo va bien... pero a mí me falta la utopía, las ganas de creer en que se puede propiciar un cambio de aquellos que eran parte de nuestras constantes conversaciones. No pasa nada. No ha pasado nada desde entonces.
Ahora me pregunto qué debo hacer y sólo encuentro valor en detenerme en lo pequeño, en gozarlo hasta donde me dejen mis sentidos.
Perder la esperanza es duro, pero me quedan mis hijos. Ellos me llevan siempre a considerar mi derrota y a levantar la voz en las comidas para cagarme en Dios y en todas sus mesnadas, para ofrecerles un meeting radical e incendiario que les pueda servir para, por lo menos, guardar una llama en sus corazones.
(17:24 horas) Escribió Pavese en su diario que «todo lo que no podemos hacer solos disminuye nuestra libertad», y yo lo sumo a mi colección de razones hacia la individualidad. Lo malo de la relación entre personas es que siempre se produce en clave de posesión, en mayor o menor medida, lo que conlleva cierto mal rollo en cuanto a la realidad comparada con las espectativas. No me pidas que comparta contigo lo que mi soledad nunca aceptaría y no me pidas tampoco que sea tenaz y persista siempre en la idea que tienes sobre mí.
Igual que en la vida social hay que dejarse abducir por las rutinas prediseñadas con el fin constante de la integración y de «merecerse» el estar acomodado en los percentiles de la «normalidad» [subnormalidad], debemos también crear unas rutinas que nos refuercen en lo individual y nos ayuden a mantener criterios propios con empecinamiento. Yo hace unos cuantos años que me impuse varias horas diarias de soledad en las que ser, pensar y actuar de forma absolutamente individual. Lo he conseguido de forma relativa, en una especie de camino paralelo en el que me afirmo en mi «yo» sin ese jodido «vosotros» que tanto daño me hace.

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