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Cuenta tus días por palabras y tus palabras terminarán siendo los días de otros.

Visto con lógica, el tiempo es para comérselo. Comerse con gula el tiempo de los hijos, deglutir despacio el tiempo de los padres, tapear con el tiempo de los colegas y vomitar el tiempo de los enemigos.
También tomarse el tiempo de soledad como un café a las tres o una copa tranquilo antes de que el sueño se ponga a la mesa.
Hoy he leído por cuarta vez [con afán corrector, claro, que estoy a punto de meter en máquinas ese ahijado nuevo] el «Navajo Brigde» de Juanjo Barral y me gusta a rabiar. El tipo es de prosa fácil y alcanza un alto y novedoso nivel metafórico en su jerga by road. Estoy seguro que este pequeño diario de viaje va a encantar por el tono y por la velocidad, por su cosita single y por mostrar una hermosa forma de pasear la vida. Barral es un monstruo de minorías étnicas que se pierden los tontolculos, los boboloscojones y los cándidos literarios, vamos, los zorolos de culo pegado a una silla.
Estoy muy feliz con poder ser el mago de esta edición, y ya no digo si la juntamos a la casi editada de José Luis Morante [«Reencuentros»]. Mes de diarios chulos que darán guerra, aunque sea de guerrillas.


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