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Mido las desventajas del yo plural.


Vivimos entusiasmados por la singularidad, vamos, que nos encanta diferenciarnos de nuestros cercanos y que esa diferencia se haga notoria como señal inequívoca de autoafirmación. Es por esta circunstancia que nos jode un punto que los tipos de al lado tengan inciativas similares a las nuestras [que pueden ser hasta la forma de vestir, andar o gesticular]. Es por esta razón que el idividuo tiende a buscar complementarios para que no haya perturbaciones de relación ni roces que lleven a la ruptura.
Y es que la singularidad se toma como marchamo con posibilidad de encanto, pues la actitud singular no admite comparación y, por tanto, puede ser medida en términos de asombro [para mal o para bien, que no importa].
Analizando hechos que conozco relativos a la circunstancia relatada, debo decir que es magnífico el poder literario que de ellos emana.
Pienso ahora en la enconada competencia entre los curas poetas que conozco, no se toleran, no se tragan, no se soprotan [en lo poético, por supuesto, que en otros campos no quiero entrar o no sabría entrar]... pero se leen unos a otros con lupa para intentar destrozarse, analizan con fiereza los versos del otro y tiran por tierra cada una de las palabras que los conforman. Sin embargo, sólo dos circunstancias genéricas de singularidad los enfrentan: que son «curas» y que son «poetas», y aún en esas singularidades son cada uno de ellos más singulares, pues son curas distintos de raíz y de rama, y son poetas distintos de forma, base y contenido. Quizás el gozo individual resida en el proceso de esa lucha por ser el más original cura poeta, por ser el más singular.
En esa lucha se dan golpes a ciegas y se corre el peligro de traspasar una frontera que puede llevar de la digna gloria al vergonzoso patetismo.
Sin embargo, yo, como espectador de esa lucha de circo romano, no soy capaz de escoger a un vencedor y sólo acabo quedándome con lo entrañable: Hombres peleando a muerte por un absurdo de universalidad imposible por pacata.
De Tontopoemas ©...

(17:12 horas) Amigo Alberto, es curioso cómo los valores estéticos pueblan la vida del hombre, pues todo se adjetiva o se podría adjetivar... y no sólo eso, sino que junto a esos valores estéticos se abrazan los juicios de valor.
De esos valores estéticos, y de los juicios de valor que sobre ellos se hacen, van naciendo lo modelos útiles [cuando digo «útiles» me refiero a los que prestan un servicio tangible al hombre], no siendo nunca estos valores un fin en sí mismos, pero sirviendo como modelos sobre los que elaborar los fines que nos llevan a la dimensión de lo práctico.
¿Es, pues, útil un poema, un cuadro, una escultura? Sí, si le sirve al hombre como referente estético para conformar un modelo de proporciones prácticas. Y, ¿cómo sabemos cuándo una obra de carácter plástico o literario reúne las cualidades estéticas suficientes como para erigirse en modelo, en canon? Aquí entramos en un campo lleno de dificultad en el que es muy complicado separar la novedad estética o la singularidad de una propuesta artística de lo que supone redundancia en algo ya descubierto.
¿Mejorar el sentido estético de una propuesta artística o literaria se puede considerar como una nueva proposición estética? No lo sé. A mí a veces me parece que sí, y cuando digo esto pienso en Picasso o en Eduardo Arroyo, dos artistas capaces de involucrarse en propuestas ajenas y darles varias vueltas de tuerca.
Si esto sucede, ¿se incurre en plagio, copia o emulación? Tampoco lo sé.
Yo, Alberto, quisiera saber con certeza si el arte consiste sólo en la capacidad de innovar y de proponer ideas originales o si la consideración de trabajar en la evolución de una idea ya definida y practicada pisa también el sublime camino de lo artístico. Sería, pongamos por caso, como si el hombre que ideó la rueda ya hubiese cortado el camino al que se le ocurrió ponerle un neumático. El primero abrió el camino estético [el artista], y el segundo lo llevó a sus consecuencias prácticas [el técnico]. Así, ¿si yo le pongo neumáticos a un poema de Catulo o tú le das tono y contraste a un cuadro de Munch... somos ambos artistas o técnicos? Es todo un batiburrillo en el que habría que poner orden, definir si hay técnicos estéticos y si trabajar sobre una idea ya elaborada por otro y mejorarla sólo en su aspecto de valor estético [no en el práctico] puede denominarse como «camino de arte».
Quizás todo esto no tenga demasiada importancia, pero a mí me produce una extraña curiosidad que, de saciarla, me haría conocer el fin por el que trabajo con la palabra, algo que me apetece mucho saber.
La pena de todo esto es que la posibilidad es objetiva y necesita caminos tangibles que poder descartar. Nosotros, amigo, por suerte o por desgracia, nos hemos quedado a vivir en un azar tan amplio que apenas nos permite elaborar preguntas, pero que nos niega cada una de las respuestas.
Sigamos así, primarios, brutos, pero nunca grises.

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