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Un hurra para don Antonio.


Ayer sentí un hermoso pellizquito mientras miraba en la tele cómo recibía Antonio Gamoneda el Premio Cervantes. Hay cierta justicia que acaba llegando con los años y afecta incluso a los que han caminado por libre, circunstancia que tiene poco que ver con esa historia Baudelaire de que quien recibe méritos o castigos lo hace porque se somete a ser juzgado por el príncipe y acepta tal sometimiento. No es el caso porque no me apetece que lo sea, ya que Antonio, al igual que Pepe Hierro lo fue en su día, es un poeta que sólo puede juzgarse a sí mismo.
Ahora sería tiempo de reconocer también a un tipo tan grande como persona y como poeta, un tipo que reúne una voz y una vida extraordinarias. Me gustaría ver en los laureles al bueno de Ángel García López… y, por qué no, también al loco magnífico de Jesús Hilario Tundidor. Dos vidas dedicadas a la poesía de vivir y de sentir, dos silencios forzados y dos ejemplos clave de la voz del cincuenta que no han tenido hasta hoy el reconocimiento que han degustado sus compañeros de viaje. La edad es una resta, pero también un marco en el que poner el dedo para decir con fuerza: “tú también… y tú”.
Mi enhorabuena al maestro Gamoneda y a toda su familia, y mi enhorabuena a la poesía española viva, esa poesía que causa risa en Chile o en Venezuela, pero que alumbra caminos que ellos aún no han sabido encontrar, porque la poesía también la hace el paisaje y la forma de entender el idioma encajado en la propia tierra.
(12:10 horas) Keats llamaba a Byron “el del dolor amable” [“the tale of pleasing woe”] y se felicitaba de la dulce tristeza de la voz del colega. No es mal hallazgo el de la amabilidad del dolor, aunque a mí me parezca mentir al que se acerca buscando los datos del dolor. Y sé que mentir para no perturbar es bueno y necesario, aunque no inocente. A mí, en todo caso, me gusta más la sobrevaloración por arriba del dolor, hacerlo irresistible para que produzca la reacción de ese “pues no era para tanto”. La tesis Keats es buena para antes del dolor y la mía para durante y después.
(15:16 horas) Hoy, mi padre, al conocer las listas del partido de la derecha, me dijo: “los padres de muchos de ellos pasaron hambre, hijo, lo pasaron muy mal en los años de Franco… no me puedo creer lo que veo porque yo sé de dónde vienen muchos de ellos”. Ya, le dije, no te preocupes, que el mundo es así, olvido y mesa puesta. Y no te sorprendas, porque ya llevamos tres legislaturas con esta nueva clase de obreros de derechas. Su dolor es su olvido, y no saber de dónde vienes es también no saber hacia dónde vas. Le tranquilicé contándole que esto es un síntoma de que se han superado muchas cosas malas y que ahora hay cierta naturalidad para bandearse en el mundo pseudoideológico, sobre todo si uno se mueve por intereses y no por convicciones firmes y bien trabadas. Mi padre sonrió dejándome patente que lo que yo le decía no le convencía para nada [yo me alegro en el fondo de que así sea].
Cuento esto porque me impresiona vivamente que mi padre, un hombre de instinto y, por desgracia y por la mala suerte de haber nacido en un tiempo cabrón, sin una formación académica que le dé vigor a sus palabras, sepa trazar su línea de pensamiento y su criterio hacia las personas y las cosas con una base tan sólida y tan simple a la vez: no olvidar de dónde vienes y con quién debes estar. Su espíritu de clase es intachable y su respeto a los valores de los más desfavorecidos es digno de la excelencia. Él sabe lo que es compartir un huevo frito para cinco o el ‘delicioso’ sabor de las mondas de patata hervidas con sal y agua, como sabe que mientras él y sus hermanos debían alimentarse con esos restos del naufragio de su clase, otras despensas rebosaban de harina, aceite y huevos. Yo le he visto salir adelante con dos cojones, jugándosela cada mañana a todo o nada, he visto cómo era parte de una clase obrera que no se merece ni un ápice de olvido, le he visto luchar por mí, por mi hermana y por mi madre hasta el punto de que nos dio siempre la sensación de que no nos faltaba nada… por eso sus palabras simples son auténtico magisterio y sus sentencias contienen una sabiduría precisa y colectiva.
Quiero a mi padre hasta el respeto y después de él. Su ejemplo me hace crecer y sentirme digno y su postura ante la vida, la sociedad y la política es de una coherencia aplastante.
No importa, papá, no te preocupes por los demás. Tú sigue caminando y en tus trece.

(19:29 horas) ¿Qué nos fue concedido y por qué? Esta tarde he leído un ratito algunos poemas de William Blake, a pesar de que sospecho que la traducción hecha para Orbis Fabri por Elena Valenti no es maravillosa, y tengo que reconocer que aunque el tipo envuelve todo en un halo de tartita fantástica, me ha dejado algunos latigazos [flojitos] frutos de su “Canto de experiencia”. Lo que más me molesta es esa cosita tan típica de los poetas de finales del XVIII y principios del XIX que pone todo en manos de un hado misterioso y puñeteramente adjunto a cierto sometimiento incomprensible del más allá. Me jode un punto ese “lo que nos ha sido concedido”, aunque me encanta que Blake fuera uno de los precursores del pensamiento de Nietzsche y que siguiera con empeño las revoluciones francesa y norteamericana: “¿Es esto cosa de ver / en una tierra rica y fértil, / los niños sumidos en la miseria, / alimentados con mano usurera y fría? // ¿Es acaso una canción este grito tembloroso? / ¿Podrá esto ser un cantar de alegría? / ¿Y con tantos niños pobres? ¡Estamos en una tierra de pobreza! // Y su sol nunca brilla, y sus campos están yertos, y sus caminos están llenos de espinas, siempre es invierno. // Porque donde el sol reluce / y donde cae la lluvia / los niños no pasan hambre / ni la pobreza es espanto de la mente.”
Es estupendo encontrarse esta ternura terrenal entre tanta referencia a dioses, a mitos y a lugares bíblicos, entre tanto paraíso dado, entre tanto vacío. Por eso me gusta Blake, porque alumbra en un tiempo de poetas olímpicos cosas de los poetas que pisan la calle.
De Tontopoemas ©...


* "Les anarchistes" por Leo Ferre.

Comentarios

  1. Recuerdo con mucho cariño, Pipe, cuando iba con mi madre, una vez al mes, a la tienda de tu padre para que mi madre pudiese ir adquiriendo (a plazos) las cosas que hacían falta en casa y que de no ser por las facilidades que tu padre daba, no podría haber comprado jamás. Recuerdo cómo éramos atendidas, ambas, con enorme cariño y respeto, y en mi memoria guardo aquellas salidas "a la tienda de SAtur" como una pequeña fiesta que me regalaban en mi infancia, porque siempre me traía de vuelta algo para mí que mi madre iría pagando a plazos con esfuerzo.

    Un abrazo fuerte para tu padre que hago extensivo a los míos. Gracias.

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