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Felicidades, Antoñito.


Ayer concelebramos el enésimo cumpleaños de Antoñito G. Turrión con merendola piscinera y un puntito de rasca que me dejó grogui, pues no en vano ya iba yo con mi cosita cistítica apuntando, fruto del jodido estrés que me he pillado durante estos días de actividad frenética.

Me jodió un chis no estar vivo para animar la fiesta y celebrar al mejor cuñado por roce y palabras y al amigo [otra vez será, Antonio, que tu cumple siempre me pilla en momentos extremos]. El caso es que le vi feliz y con buena disposición a sobrevivir, que es lo que se pretende a estas alturas.
Los críos estuvieron enredones y simpaticorros [a mí eso me distorsionaba aún más, pues no me dejaba concentrarme en mi malestar para calmarlo por autoconvicción, pero entiendo su vitalidad y aguanté hasta donde pude].

El caso es que mi percepción doliente de la movida es la de que tengo una familia estupenda y a la que quiero un montón… Julia está pletórica y siempre anima verla sonreír y hablar con esa gracia que es su mayor poder, Julina es una delicia turca digna de pasar a los anales de la belleza particular y serena [cada día la quiero más y creo que ella lo percibe], Nena es una bomba de actividad que no conoce rendiciones y sabe perfectamente cómo llevarlo todo a su justo lugar [su dinamismo es admirable y agotador], Antonio vive una madurez tranquila de la que se puede aprender mucho [el tiempo le ha limado esas esquinas afiladas que a veces ponían distancia y está configurándolo como un tipo muy interesante de tratar y de frecuentar], Ángel es la desesperación quieta y noto en él que vive ahora las dudas que debiera haber vivido hace muchos años [dudar a su altura, después de haber molido siempre una fe ciega, debe ser desesperante y lo entiendo… pero cada uno es libre de ponerle pendiente a su cuesta. Yo le deseo luz y ese difícil entendimiento de que hay que gastar los días con intensidad y no con derrota].

Magdalena es el amor entero y la justa exasperación [su no estar es indecible y casi invivible, pero suma siempre en el plano de la sensibilidad]. Felipe es mi chaval, yo mismo hecho hormonas y actividad pura, mis defectos adolescentes y mis valores utópicos [me puede siempre… pero aún no ha ganado la batalla precisa]. Guillermo es la paz extrema [otra belleza intrínseca que anotar para un siempre que es ahora] y mi Ángeles es la luz entera y necesaria, el amor sin medida desde la actitud tranquila y responsable [no voy a hablar ahora de los que no estuvieron presentes… precisamente porque no estuvieron presentes –a todos los adoro, que quede claro–].

(17:49 horas) Recibo ‘Los caprichos de Ceres’, el último poemario del amigo Ezequías Blanco [al que hace un montón de años que no veo], editado por Devenir y prologado por Juana Rosa Pita. Lo leo en un pispás y disfruto del sentido homenaje que Exequias hace en esta obra a los hombres abrazados a la tierra que regala y quita. Su estilo es depurado en esta entrega y juega a la belleza que mueve cosas adentro [conmigo lo ha conseguido]. Elementos y vida para decir sencillamente que en el paso está ‘la verdadera sombra de la dicha’. Enhorabuena, hermano.
De LECTORAS

Comentarios

  1. Aprovecho para felicitar a Antonio (házsela llegar, por favor) y de paso para sublinhar, que dicen por aquí, las buenas cualidades que citas de él, Luis Felipe. Un tipo extraordinario, que como otros muchos en Béjar, siempre será incomprendido y hasta envidiado por tantos mediocres que viven (?) y a veces triunfan (?) en nuestra ciudad.
    Ramón.

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