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Aventura casi metapoética...

“Mi amada es una rosa de marfil / y en ella encuentro yo más alegría / que en toda la febril filosofía / de mi azorada vida estudiantil. / Ningún libro que ponga yo en mi atril / se puede comparar a la poesía / de su triste mirar la lejanía / cuando llegan las lluvias en abril. / En vano gastaré mi juventud / si trato de buscar felicidad / en unos viejos textos en que nada, / ni siquiera las voces del Talmud, / se pueden comparar en majestad / al más leve suspiro de mi amada.” [‘Amor y la febril filosofía’ es un soneto de rechupete de C. M. Aguirre, un sonetote que pertenece a ese libro icono que lleva por título “La camarera del cine Doré”].

“Y fue mi pasión desmesurada tan patente / que de no cuidar mis gestos / y ocultar mi distinguida procedencia / me veré obligado a abandonar por tiempo indefinido // (qué pena cuando el amor no es / sino la continuación de una gran tristeza)” [‘Encuentro junto al piano’ es un poema clave –al menos para mí– del tristemente desaparecido Ricardo Franco en “Los restos del naufragio”].

… y salí a mancillar muchachas con los ojos, y en la hora del café se hizo la magia porque una camiseta grismarengo dejaba que entreviera el blanco de unos pechos distraídos… Mis ojos no cabían en sus cuencas de tal desaguisado en ese escote, miraba y al momento jugaba a distraer esa fijeza por no parecer el desgraciado que persigue mujeres con cierta extravagancia en sus hormonas. Bebí como si nada y miré como si todo, pues leer a Ricardo y a Carlitos no es terapia de líquenes ancianos ni flor para adornar sobre una mesa.
Bostezó la vestal y fue divino mirar su estiramiento. Se agachó a recoger no sé que objeto y fui depredador de su paisaje. Me miró descarada y retiré mis ojos hasta el café con hielo –el último licor que este unicornio ha de tomarse frío hasta otro agosto–. ‘Los restos del naufragio’ que ya soy encontraron abrigo imaginario en esos pechos pequeños, de ración, porque se dio ese azar tan imposible de que era un cuerpo añil de camarera [Carlitos y Ricardo poetizaron, aún antes del suceso, lo que había de sentir mi calavera].

(19:10 horas) He tirado la tarde en un jodido trabajo físico y me he reconvencido por enésima vez de que yo no he nacido para esto, y mira que mi padre contiene esa genética que viene del abuelo Saturnino de ser para el trabajo como un puñetero rabo de lagartija, pero yo debo haber salido recesivo al curro cansador y sudadero.
La verdad es que mi plan no era éste, coño, que yo pensaba que haciéndome empresario de las artes gráficas podría delegar tales funciones físicas en algún subalterno/compañero… pero mi mala suerte en lo referido a las dotes de mando –no sé mandar, que solo sé perdir por favor– y esa cosita gore de empresario de izquierdas enrollaíto con los trabajadores me hace subir a andiamos, colgarme de escaleras, tirar de los taladros, atornillar, sudar como un torero y quedar derrengado con dolor de riñones.
Mientras curraba, me acordaba de la piruleta azul agabachada, con su cutis de ‘hermosa’, con su pomporompón, con su sonrisa falsamente amable (cínica) y su rabia frondosa de obrerilla derechera. Me hubiera gustado verla guardar el equilibrio en la jodida escalera del siglo X sobre la que yo hacía magia… y, como en un ‘dejà vu’, me vi charlando con Fernande Cartón sobre el sol que doraba los membrillos [no los de Antonio López, sino los de Mateo Hernández] y la perplejidad de que al lado existieran seres amargos complicando la vida de la gente. Fernande, que era más lista que los ratones coloraos, me llevó a la verdad de que para dimensionar lo bello hace falta el contraste de lo feo y lo sucio… yo comprendí enseguida que hay que agradecer a los estúpidos y a los necios que hayan de sobrellevar su rijosa existencia para hacernos posible gozar de lo hermoso, de lo sencillo, de lo armónico.
Sí, esa casta de personas con impronta de llaga y con alma de puñal espaldero debe existir para nuestro justo gozo, para sentirnos sensibles a la vida y su visión más positivista… sin el tonto no existiría la razón del listo.
De FUMADORAS

Comentarios

  1. "La camarera del Cine Doré" y "Los restos del naufragio"... Luis Felipe: ahora sé que no soñé estas dos lecturas mías y que me gustaron tanto.
    Y todo un honor viajar a Ítaca en tu nave.

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  2. El honor es mío, amigo Pedro, por compartir contigo esta condena a galeras [aunque la mía últimamente es a galeradas].

    Un abrazote.

    ResponderEliminar

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