
Está el día de iguanas y de gatas sobre tejados de zinc calientes [los tejados y las gatas], y todas las especies se esmeran en dejar cubiertas a sus hembras para asegurar los genotipos y jugar al azar de los fenotipos… pero yo solo sudo y me lamento del exceso de grados Celsius que me agota sin más.
Debo atacar el día con longitud y convencerme cada minuto de que el paisaje puesto en mis ojos no será repetido, de que el gesto y la voz siempre serán otros porque no hay tregua posible y lo pasado jamás ha de volver. Presentir para poder sentir con razón y uso lo que haya de venir, para ser perceptivo en el instante preciso y no perderme nada que no deba perderme. Así considero que debe ser vida [de la de otros no sé ya hablar] y así la intento cada mañana y cada noche.
Ayer, en la media noche, cuando salía de mi estudió para buscar el descanso de mis sábanas, la vecina insoportable insultaba a voces a su marido y los gritos daban sombra al silencio de la noche: “¡… … si no sabes ser un hombre, muérete ya, pelele… y quita esa cara estúpida de mi vista… muérete de una vez…!”. Esta mañana, cuando llegaba de mi casa al trabajo, le vi salir de su casa con los hombros caídos y la mirada perdida, como agotado de todo. Le saludé y me contestó con un leve gesto de su cabeza, y me dieron ganas de insuflarle ánimo para hacer salir toda su rabia contenida y desterrar al miedo atroz que se percibe en sus ojos y en su caminar.
Está el día de iguanas y la gata muestra su sexo entre mohines con el rabo levantado, mientras sus ojos verdes maúllan con electricidad. Y no hay rumor de árboles, porque el viento se fue ya hace un ratito a vivir en las horas inalcanzables y hacer, así, algo más nítido el sonido caliente de la gente que pasa.
Conocer el final aclara casi todo; saberlo te hace lúcido y te vuelve capaz si consigues no abandonarte.
Un día, sin más, escribiré con caricias,
porque no habrá palabras
o estaré harto de ellas…
[escribir con puñales no me apetece tanto,
pues de las armas blancas
crecen los versos muertos]
Escribiré con cáscaras de nuez
o con élitros de coleópteros,
y lo haré como volviendo a lo doméstico,
sin ser irracional, pero ardiendo lascivo.
Un día, pronto, escribiré con manzanas reinetas
sobre el peso de las piedras
y la hermosa textura de tus muslos
apretando los míos…
y no habrá ya rabia,
solo estremecimiento y temblor.
Todo será porque sabré mis límites
y estarán bien marcados en un mapa
con la sangre de ayer y el aire necesario de mañana.
Un día, sin siquiera pensarlo,
empezaré a escribir con saliva batida
en una lengua ajena,
y mis versos ya no serán las sístoles
de un corazón mecánico…
serán aliento, alquimia, bocanadas.
Fui a buscar comida y enseguida regresé a mis tres metros cuadrados de vida, encorvada como un "POZÍ". Salí a fumar a la puerta y vi como el resto del rebaño también volvía, derrotado, a estos pastos. El calor nos cortó el hipo y la razón.
ResponderEliminar(Tiemblo al pensar en la que me caerá en un rato cuando regrese a casa. Creo que debería hacerme con uno de esos carnets por puntos, un vehículo y una afiladísima hacha con la que abordar al parquímetro de la esquina...)
"Si no sabes ser un hombre, muérete!". Pero será guarra la tía!. Ese pobre hombre tiene la autoestima por los suelos, si no, dime tú qué pinta ahí?!
Y sobre el poema... uff, dulce, suave, sugerente... PRECIOSO!
(tus poemas siempre son caricias, aunque las disfraces de palabras)
Un beso
"escribiré con manzanas reinetas..." Amigo, eres un calígrafo frutal.
ResponderEliminarUn abrazo.
Leer entre lineas, exprimir el jugo de las palabras, adentrarse en la mente del poeta puede ser una excursión maravillosa.
ResponderEliminarUf...
ResponderEliminarMmmm.
ResponderEliminar¿De aquí a la eternidad?
He estado atento para no perderme nada de lo mucho que transmite el post. Y así vamos viviendo.
ResponderEliminar