
Cuando Guillaume Apollinaire veía banderas ondeando, se decía a sí mismo: “he aquí la rica indumentaria de los pobres”… y todos celebraban con comida en la mesa un día de la victoria sobre alguien, un día con muchos muertos de ambos bandos –los que fueran¬–, un día sin trabajo y con traje de fiesta replanchado…
Luego de ver banderas y de pensar en pobres, en los pobres, Guillaume se quejaba de que la Patria aún no había aprendido a colgar de una soga a aquellos que no sabían gozar de la vida –pensaba en la poesía entonces, en esa poesía que enseña a reír y a masticarse, en la que cambia el rostro de los críos o invita a que el amor se expanda y trepe–. También caían las tardes sobre Guillaume y las banderas seguían ondeando en las ventanas con esa cosa suya tan correcta que le dicen a cada hombre: “aún tienes algo que defender, patriota”, y caía la melancolía como la miel, despacio, y le quemaban llamas mientras sesteaba sentado junto a un muelle del Sena, mientras gritaba al cielo “¿por qué no vas más rápido, Dios mío, más rápido, más rápido…?”… y seguían las banderas siendo Patria de trapo.
La gente aún tiene ojos como fogatas mal apagadas… oye, pues que quizás quede esperanza.
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Hay algunos manjares afectivos que debieran ser eternos: esas alas de ángel que te echan los padres sobre el cuerpo, con su seguridad y con su abrigo; las dulces dependencias de las cosas que están y no desaparecen… y esa sensación de eternidad que proporciona el no ser responsable de nada ni de nadie [cuando te vuelves padre y cabeza de familia, todo desaparece y quisieras volver como un poseso a aquel lugar seguro].
Cuando mueren los padres no solo se van nuestras referencias,también perdemos ese lugar seguro en el que seguimos acogiéndonos...que nos duren mucho!!!, pero nosotros, también lo somos (padres,)y ese es nuestro reto hacer sentir a nuestros hijos lo mismo, y es duro, muy duro,la responsabilidad que ello conlleva y la negación de nuestro yo en pos del suyo.
ResponderEliminarVisito tu casa siempre de puntillas, no por vergüenza, por pudor de meterme donde nadie me ha invitado. Pero el ciberespacio es así y todo está a disposición de todos. No es que hoy me identifique especialmente con lo escrito. ¡He leído aquí muchas cosas igualmente buenas, por eso vuelvo con frecuencia. Pero hoy, he decidido pedir permiso y agradecerte que me hayas proporcionado muy buenos ratos.
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