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Antoñito


Se fue Antoñito y me queda un agrio sentimiento de culpa traído por mi incapacidad de sacar adelante las cosas y por alguna que otra falta de sensibilidad ajena… hoy coincidimos un par de minutos a solas en la sala de ordenadores y no supe qué decirle… no sé qué decirle, cómo explicarle todo lo que he aprendido de él y cómo me ha llenado en esa distancia justa que siempre es la suya. Tengo que prescindir de un auténtico artista [a pocos conozco con su capacidad creativa y con su tono] y creo que de un amigo entrañable –porque imagino que este borrón absurdo no empañará nuestra amistad, aunque la vida viene siempre torcida y cabrona–. El tiempo pasado junto a él, junto a sus silencios llenos de tensión creativa e inteligente, es absolutamente impagable… pero sucede que a veces uno no puede escoger a sus compañeros de viaje [yo lo intenté con él en su día, y la historia ha durado seis o siete años gozosos para mí], entre otras cosas, porque las circunstancias y el entorno [a veces más el entorno que las circunstancias] juegan jodidamente a la contra y uno tiene que tragarse sapos y culebras para pellar con lo que venga y para seguir con la obligada carga de los otros…
Lo que más me duele aquí adentro es que no soy capaz de hablarle a la cara para decirle todo lo que siento, para explicarle con detalle el dolor que esta situación me está causando, para contarle a gritos mi incapacidad, mi falta de soluciones y este dejarme hacer que me tiene como maltratado y sometido. Y, sí, yo soy el culpable, el único y absoluto culpable de lo que sucede, el que debe dar la cara o ponerla para que la abofeteen, el que se está dejando torcer el hermoso proyecto que tenemos entre manos… pero no tengo fuerzas ante los muros ciegos que se ponen frente a mis ojos, no tengo la magia de antes ni mis trabados hombres obligatorios me dejan hacer los movimientos que me harían volver al camino preciso [no digo que sea el bueno –para algunos lo bueno es lo económico, no para mí–, pero sí que es el que yo quería]… y en este trance me he tenido que dejar en el camino al mejor [nunca el mejor es el más competitivo, desde mi agotado punto de vista], al amigo, al más inteligente e íntegro de todos lo que me acompañan en este viaje… también me jode mucho, muchísimo, todo el trasunto administrativo… el cierre de contrato con sus firmas, la gestión del finiquito, el tener que escribir y firmar unos derechos y deberes que están muy por debajo del aspecto humano, porque la ley es tan fría cómo el vil dinero… también me vienen doliendo mucho algunas actitudes que he vivido estos días, formas de hacer y de decir, formas de estar y de sentir, formas durísmas de concretar una relación de años en un gesto o en unas palabras… al mundo le falta sensibilidad… mejor, al mundo que habito en lo diario le falta toda la sensibilidad y el afecto precisos que nos definan como humanistas… mi entorno vive y muere por el dinero, por el jodido dinero, por el miserable dinero… y ahí está su todo, ese todo que alimentamos cada día sin rubor alguno... un mundo en el que cada individuo es un pequeño fascista que defiende su corral arrasando el del prójimo, que no conoce el valor del término ‘compartir’ [lo bueno y lo malo]… Dios me libre [él no libra, que ya sé que no existe] de caer en desgracia y que mi mundo dependa más de tipos de este calado… será mi justa muerte.
Despedir del trabajo a un amigo es de las cosas más duras que he tenido que hacer en mi vida, sobre todo por comparación con lo que me quedo y con lo que me queda. Espero que Antoñito tenga suerte y el futuro le venga bien dado. En mi casa tiene la suya, una casa llena de afecto siempre para tipos tan importantes como él.
Espero poder hablarle con tranquilidad un día, decirle todo lo que me come adentro, explicarle mis motivos y mis dudas… y darle el abrazo fuerte que necesito darle.
Me cago en la puta…

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