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Canillas al aire...


Se nos echó encima el calor como una losa itinerante y puñetera... y me calcé las chanclas como un fakir. Mis pies salieron lívidos del trance hasta la calle, casi enfermos de purito palor... y el tipo de la mercería me miraba con ojos gansos desde su statu de calcetines negros y zapatos de lengüeta, que yo creo que su media sonrisa nadaba entre el sarcasmo y la envidia [una mezcla rara de cojones]... y otra vez el clap-clap como banda sonora allá donde vaya, el sudor en la contra de los hombros y hasta en las ingles mismas, las canillas medio golosas de sol con sus heridonas antiguas, la desgana de hacer y deshacer, el pelo sucio a la justa hora de haber salido del agua, el dormir a pelo sobre la sábana bajera... y esa mirada de verano tan descuidera y feromónica...
Y que llegó mi negro también con sus chancletas y nos hicimos una fotino junto a Paco enseñando perneta [los blancos somos cuarto y mitad, a lo que se ve en la imagen]... y que volverán las noches de Coke con hielo al raso, la música en la calle a pesar de los morcillones con crisis, el crack de los polos de hielo, el bañete a las cinco y unas cañitas luego... ese pensarnos purita Sodoma entre short’s y corpiños, entre los nalgamentos estacionales y las despechonalizaciones estivales...
No me gusta el verano, sobre todo porque pierdo concentración y me desinflo... aunque sí me gusta el verano si recupero algún texto de Faulkner junto a un blues perdulario de algún viejo bluesero que hace años que es malvas y murciélagos.
Tumbarme es lo mejor en estos grados... y también turbarme... tumbarme ‘bocarriba‘ e imaginarme muerto, leyendo algún tebeo o buscando un poema de calor que se sostenga en términos como zinc, gato, fuego, sofoco, blando, huerto, flotando, inapetente, absurdo, nocherniego... y blindarme en el hielo de un café solo en vaso o dejarme llevar hasta ese lugar neto que no existirá nunca, el lugar donde crezco...
Y otra vez todo es fiebre de islas, manos ciertas y sábanas...
Dos cuerpos apretados exprimen su sudor.

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