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COMENDADOR

A LAS PUERTAS DEL CIELO

Aún quedan las carcasas de las fábricas como memoria de aquel constante trasiego que procuraba poder a los fascistas y la escueta comida del día a los obreros. Están rojas de óxido en toda su ferralla y una vegetación devoradora hace justicia en cada hueco. Son los restos de lo que ha de venir y lo que fue.

  • Mamá, el lotero me llama alemán.
  • Porque eres rubio, hijo.
  • Mamá, la abuela me dice que nunca hable con el lotero, pero es que siempre me da caramelos y me llama alemán.
  • Que no me entere yo de que vuelves a coger un caramelo de ese hombre. Obedece a la abuela.
  • Mamá, es que me dice que yo sería un buen torero, que si sigo jugando con el estoque, un día me llevará a un tentadero.
  • Ese hijo de puta… fue uno de los que denunciaron a tu abuelo.
  • ¿Qué hago entonces, mamá?
  • Cuando le veas, sal corriendo.

Aún quedan algunos tejados viejos en la calle Libertad, sus tejas rojas sostienen la vida de algún gato y mantienen el recuerdo vivo de los hombres que huían desde los desvanes para saltar al río. Desde lo alto de esa calle empinada ensayaban puntería los fascistas entre risotadas y gritos de alegría cuando acertaban en las piernas o en el pecho de un obrero. 

Siempre creí que esas tejas eran rojas por la sangre.

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