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Suicidas

No sé por qué, esta tarde me dio por pensar en todos los suicidas que pasaron cerca de mi vida. Haciendo memoria, me salen dieciocho desde aquel primero de los tiempos de la discoteca Alekos hasta estos casi sesenta años que cabalgo. Pensándolo bien, son muchos, muchísimos suicidas cercanos para un tiempo tan corto y en un espacio tan pequeño (los dieciocho doblaron por su voluntad entre Béjar y Salamanca). Ésos, los que me tocan y recuerdo, que habrá otros muchos que se me olviden o que no me llamaron la atención en su día.
Hace años indagué con cierto encono en el trasunto de los poetas suicidas (fruto de aquella preocupación extraña nació un poemario que titulé 'Paraísos del suicida' y que tuvo su tiempo con buena aceptación y hasta con confusiones casi panegíricas –panegíricas para mí, claro–) y recuerdo que mi conclusión entonces fue que la mayoría de los poetas suicidas tomaron una decisión valiente, cuando no de una estética casi gloriosa hacia el después. Muchos de ellos no fueron considerados como poetas destacados hasta que se produjo su autodesenlace, -eso me parece muy triste- y algunos decidieron apartarse de la vida por alegría, que es para nota. Y es que 'cuando vivir se hace insoportable', viene a ser muy similar a ese momento en el que sabes que llegaste a la cima y el resto será descenso. ¿Qué hacer entonces?
Yo tuve  la suerte –o la mala suerte, que aún no lo sé– de conocer al grandísimo Claudio Rodríguez en su etapa final. Fue una pasada verle absolutamente destruido, sin apenas saber pronunciar las palabras que intentaba y sin tener más que aquel Don de la ebriedad que le aupó al Parnaso y a la vez le dejó sin aliento para siempre. Si Claudio hubiera tomado una decisión drástica sobre sí cuando tenía 21 años, probablemente sería como James Dean o Marilyn Monroe en los anales poéticos. Hay un poema suyo que siempre me dejó helado y que alguna que otra vez me llevó a pensar en el suicidio (solo a pensarlo, eh). Leed:

Como si nunca hubiera sido mía...


Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podrá decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega.  Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.
Sobre el abierto páramo, el relente
es pinar en el pino, aire en el aire,
relente sólo para mí sequía.
Sobre la voz que va excavando un cauce
qué sacrilegio éste del cuerpo, éste
de no poder ser hostia para darse.


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