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Camilo Sun


Hoy echo mucho de menos a José Luis Morante y si no supiera que está en la costa con el ombligo puesto al sol, me atrevería a llamarle para obligarle a venirse a Béjar un fin de semana. Y le echo de menos porque el contacto con la muerte lenta me pide amigos de verdad con los que charlar de largo de cuestiones que sólo se plantean en estas circunstancias vitales que hoy me tocan.
Magdalena es ya sólo un objeto con la única capacidad de producir ternura y con la potencia de armar la de San Quintín entre los que la rodeamos. Su peso distorsiona en extremo y nos lleva a conocer si los lazos son firmes o hacen agua, saca lo peor de nosotros mismo y también lo mejor... y agota, agota hasta la desesperación y la derrota.
Verla mirando a la nada es muy triste y muy duro, y pensarla en aquel constante ajetreo que era su norma de madre eterna me hace meditar en lo absurdo de la vida de entrega y en la hipocresía que se ha hecho dueña de nuestro mundo pequeño.
Cuando ella estaba viva (vivaz) era la solución de todos nosotros, el lugar común al que acudir para una comida a destiempo, para dejar colocados a los críos, para arreglar los bajos de los pantalones o para cuidarnos si enfermaba cualquiera de nosotros. Su vida fue de una esclavitud primaria, siempre rendida al peso de una mirada o de un gesto, sin disfrutar de otra cosa que no fueran sus hijas y sus nietos, y enredada siempre en un concepto de matriarca sin mando en plaza con todo por hacer. Una vida triste si se mira por el lado egoísta de cada uno de nosotros, y una vida colmada si se toma la jodida lente de «la familia es todo». Su final es injusto por donde se mire.

(17:32 horas) Estoy pintando de nuevo, como una fiebre, como una necesidad de dar salida a la mierda acumulada. En tres días he rematado tres cuadros –advierto que nunca he sabido empezar un cuadro sin ponerle la hora de cierre en la misma jornada. Me he metido en tamaños aproximados de 100 x 70, que es el soporte que tengo en mi imprenta. Uno lo he hecho sobre la madera de un «palé» y los otros dos sobre cartón gris. Esta vez me he obsesionado con la caligrafía, escribiendo textos en mayúsculas y jugando luego a tapar algunos ojos de las letras para conseguir unas imágenes de sombras y luces muy extrañas que realmente dicen algo de mi estado actual.
Pintar me calma y me hace digerir los malos rollos con mucho mejor resultado que la escritura. Mi problema es que no domino técnica alguna y mi mano corre libre sin saber ajustarse con fidelidad a lo que tengo en mi cabeza, por lo que el resultado no sale de lo naïff. El caso es que cuando miro los cuadros terminados me siento muy bien, los quiero en su total imperfección y los miro constantemente como quien mira su enfermedad desde afuera. Me gustaría saber pintar de verdad, tener claros los conceptos de volumen y forma, y poder así conseguir resultados más cercanos a lo que me sucede, aunque lo mismo serían más fallidos y menos laudánicos.
(22:19 horas) Cuando llegaba de la piscina con la familia y los suegros, me he encontrado en mi portal con Juan, un vecino del bloque del al lado que anda, como yo, en los asuntos comunitarios. Me ha contado que el ayuntamiento ha ocupado parte de la vía privada de nuestra mancomunidad para poner tres aparcamientos de zona azul y ha colocado los contenedores usuales dentro de nuestro vial –esos contenedores estaban antes donde ahora han puesto la zona azul–. Explicaré que el señor alcalde es vecino de esa finca y ha ordenado dicha ocupación –lo que le faltaba al colega, tirar las colillas en la cocina de su casa–. No sé por qué me da que este hombre no va a acabar bien entre los vecinos, aunque me han dicho que ya tiene casa rural pacense para cuando pierda las próximas elecciones y así evitarse desagradables encuentros en el ascensor... Y sigo preguntándome qué tendrá hablado con Dorna para hacer estas ampliaciones tan chusqueras. Esta entrada la hago porque me da la gana y, además, porque me la han pedido varios vecinos.

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