
A la vez que hago efectivo el pago de mi nuevo coche –no contaba yo ahora con este gasto, pero mi Takuma suena a ventilador viejo–, me comunican del taller que la furgoneta de mi empresa ha gripado su motor y debe ir camino del desgüace... ¡Estoy en puta vena!, pero, en fin, la vida es para vivirla y el dinero para gastarlo –¿o era al revés?–. No le daré muchas más vueltas, estrenaré mi coche y disfrutaré de él lo que pueda.
(22:16 horas) Esta noche he vuelto a leer un poquito después de unas semanas sin poder hacerlo por causa del trabajo y del blues. He retomado la «Meditaciones metafíscas» de don René Descartes en una edición de Vidal Peña-KRK, ese servicio inteligente a la omnipòtencia de un Dios perdulario –qué inocentes y bellas diatribas– o la inseguridad sobre el pensamiento y la existencia... en fin, esas cositas con las que yo disfruto tanto enredando y enredándome.

Mi lectura la cortó una llamada de mi hijo Felipe para contarme llorando de rabia las diferencias con su hermana, y yo me cisco en todo lo que se mueve, pues he intentado siempre enseñar a mis hijos el valor del diálogo y la ventaja de la palabra sobre la agresión, y me consta que en su vida social fuera de casa lo practican con buenos resultados, pero en casa se vuelven monstruos intratables... Y yo no sé cómo solucionar esta jodida distorsión que nos afecta a todos los que convivimos en ese espacio cerrado: la cría, una cría de dieciocho años, anda aún autoafirmándose –manda güevos– y está jodida por su fracaso escolar –un fracaso del que es la única y exclusiva culpable– y las consecuencias que ello le trae (charletas, falta de pelas, inseguridad de futuro, pérdida de colegas que se van a la universidad...), y todo aliñado con un desorden físico y mental en el que no sé poner ni una puta coma... Todo se traduce en posturas defensivas absurdas y en una violencia verbal (especialmente hacia su madre y su hermano) que a veces me saca de mis casillas y me lleva a su puñetero terreno... al final, la moza se transforma en pura ingratitud hacia los que la sostenemos y es incapaz de procesar lo que debe poner en la balanza para que todo se haga estabilidad y calma.
Lo que más me duele es que la moza reúne valores importantes y se está jodiendo la vida ella sola, entrando en una espiral que no sé cuánto tiempo podre aguantar como padre –¡qué jodido es ser padre de una eterna adolescente!

El mozo, mi Felipe, está en el justo tono de su edad, con las hormonas hirviendo y con una interminable fase escatológica que agota. A todo eso –que ya parece bastante– se suma un puntito de hiperactividad que cabrea... Con esa mochilita de lujos choca de frente con su hermana y los choques son violentos de cojones... Y él es generoso, todo corazón, listo como los ratones coloraos y tan claro como el agua cristalina... Una bomba.
Y Ángeles, Guillermo y yo padecemos su guerra de guerrillas al punto de la locura, sin saber cómo poner solución a lo que tiene todos los apellidos de un fracaso que me tomo como personal, mi fracaso como padre. Y me dan unas ganas enormes de mandarlo todo a tomar por el culo... pero no puedo, porque son mis hijos, son mi responsabilidad, son mi miedo eterno... y el amor que les tengo me lacera hasta dar golpes a las paredes en solitario y hasta morderme la lengua para no decirles con dureza todo lo que me pide el cuerpo.
El amor es cabrón a veces... y los hijos también... porque nos destruyen, nos pisan, nos degradan, nos vejan, nos dejan sin aire y sin esperanza.
Mi felicidad son mis hijos, sí... y también mi desgracia.
¡Qué duro es ser padres! ¡Qué duro es ser hijos! ¡Qué duro es ser todo!
ResponderEliminarVoy a imprimir esto y a ponerlo con un imán en la puerta de la nevera a ver si hay suerte y lo lee alguien.
Mientras tanto un abrazo para la adolescente genial y el chavalote bravío y por supuesto a la madre que os sufre a todos.