
Acabó el blues y Béjar ha dejado de pronto de ser Chicago para volver a su cosita ibérica de miserias políticas y paro a ciencia cierta, de calles oliendo a alquitrán electoralista y cerdos chillando en el matadero ilegal de Palomares un olor infecto a muerte y a sangre podrida, de especulación urbanística menor (comparada con Marbella) y de pueblo/pueblín con ínfulas y madrileños por las cuatro esquinas. Agosto es perro en Béjar porque lo hacen perro los políticos gobernantes con sus obras a destiempo y los turistas de baratillo con su ocupación masiva y destructora. Pero a mí no me importa, pues persevero en mi soledad y me encierro hasta el olvido –sólo me joden el café y alguna cena prevista que no se puede realizar por «comedor completo».
Ayer, sin ir más lejos, con la voluntad de invitar a cenar a Mar y a Antonio Orihuela –que se vinieron desde Helmántica a ver el festival de blues–, tuvimos que conformarnos con unos bocatas de pollo con pimientos, pues no hubo forma humana de encontrar mesa libre. Menos mal que son colegas comprensivos y vieron el percal consumista veraniego y la falta de servicios que padecemos en nuestra ciudad estrecha y cusaquiana. Lo mejor fue la visita a Candelario, que se resumió por la parada “y fonda) en La Casa de la Sal con el fin de que la conocieran mis colegas. Josetxo Lamis nos trató de lujo, nos enseñó todo con detalle de guía donosti, nos invitó a unas cervecitas de lujo en su patio/corral/terraza y me regalo una pintura suya de una vista de uno de los puentes de San Sebastián en colores inquietantes que presumen un pasado duro del pintor en aquella tierra Uría y Concha. Un cielo de tipo.

Y con los bocatas nos llegó un golpe de heavy inesperado de la mano de Tea, un grupo desubicado en el festival en lo que a mis gustos se refiere. Pero llegó Big Joe Turner para dejarlo todo en su sitio con ese blues Tenessee que a mí me llega –me encantó el concierto del gordito con sombrero, sí–. Del Scot Henderson pasé, no sé si por agotamiento o porque me resutó un blues duro y muy poco adecuado para mi estado de ánimo final. Me vino bien el despiste, porque me dediqué a observar al gentío, que a ratos se hacía gleba; hasta llegué a fijarme en un motero gilipollas que estaba mamao como un perro y que se enzarzó con Juanito –los imbéciles tienen problemas para procesar con quién se meten– e hizo un amago de tirar la barra de los bocatas (sus colegas moteros subsumieron la violencia en grupo HD y se lo llevaron de allí a dar la barrila a su puta madre). Y fuera de este incidente, Paco Novelty con su eternamente bella Marina, un colega sevillano –el hijo de Mila, una antigua amiga de mi madre– al que abracé con ganas, la pareja Hernández sin niñas y dando ejemplo de lo que es la hermosura tranquila, Luisito con su sonrisa mística que encierra no sé qué siempre, Miguel feliz y agotado, José Antonio Sánchez Paso en una soledad demasiado política, algunas pollardas desubicadas con zapatitos de tacón y gafas Gucci... y los enfermos de siempre, enfermos de soledad, de alcohol, de timidez, de vergüenza, de dinero, de pose... pero pagan entrada, que es lo que realmente importa para poder cerrar las cuentas con cierta holgura.

La sensación general a toro pasado es que hay un montón de pasaítos de rosca que están acelerando hasta el límite del peligro, que aún quedan tipos interesantes –aunque pocos–, que el blues clásico me gusta de verdad y que los experimentos es mejor que se hagan en La Florida, que esta cita bluesera sigue siendo aire fresco para mis pulmones cansados de humo y que animo a Miguelón a seguir tan loco de atar como lo ha estado hasta ahora.
(17:15 horas) Café con Albertito Hernández en La Venta del Bufón con intercambio de cromos (yo puse libros y él puso todas las fotos del festival en 3 CD’s).
Béjar empieza a recuperar el tono cutre de siempre y yo vuelvo a mi encierro.
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