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Mi banco me ha puesto en su menú de primer plato. Prometo atragantarle.


Cuando las ricas puertas de los palacios modernos dan en romperse, una metáfora está a punto de nacer. Y pasa, claro que pasa... Hoy mismo ha caído una de esas puertas para que vuelva a entrar el relente en las estancias de las máscaras y se corra el peligro de que vuelen y dejen al pairo las caras reales de los mimos, esos hombres blancos que son sólo expresión y acaban dando valor de rey al bufón bejarano por antonomasia, don Francés de Zúñiga, Francesillo. Sí, se ensancha la ciudad estrecha ante una puerta rota, y el mundo se ve de otra manera porque todo vuelve a parecer posible.
Yo, por si acaso, me acerqué hasta el notario con el carnet en la boca para que diera fe de una nueva condena... condenado a vivir para pagar por los siglos de los siglos en que el aire penetre en mis pulmones. Firmar la aceptación de un crédito es firmar una sentencia de vida. ¡Ay!
Lo que más me subleva es esa perversión bancaria que acogota a los tipos con yo con intereses crasos y porcentajes leoninos... mientras soba el cálido lomo del rico y le hace cucamonas perfumadas con vinillo de la Ribera del Duero y los finos langostinos de las marismas sorianas [si no los hay, se pintan]... En fin... para el rico un jodido 3%, y para el pobre de mierda, del 5’7% en adelante y con todo tipo de cláusulas amenazantes y precondenatorias [si no pagas... te quito la casa, el coche, la empresa, el trabajo, el poco dinero que tengas, el sueño, la mujer... ¡hijos de la gran puta!...]. Y aún así me cae bien José Manuel, coño, me cae de puta madre a pesar de su curro prostibulario y matarife, que lo siento y percibo como un azar en su vida, un azar para tener estómago. Bien, ya eché la mierda... y tan feliz. Y la puerta rota, como una boca mellada o un vomitorio de la prisa, una puerta que voy a terminar pagando yo con mi trabajo, por Adán, mientras otros se la van a merendar con delicias puturrú.
Ser empresario es una mierda para partirse el culo [si es de risa, mejor], una bobada que te llena de ínfulas ñoñas de ordeno y mando, de pago y debo, de despido y contrato. No merece la pena preocuparse ni un ápice, pues la nave va o no va, y lo hace siempre a su puta bola, por pulsiones extrañas e incontrolables.
(21:52 horas) Y de la autopuntilla con ayuda cajaduera a un encuentro difuso y fugaz con Tomás H. Castilla, a un beso encantado a Mila, a unas risas Antúnez, a un pasar sin pensar por unas horas. Y Morante que me llama ilusionado con el casi remate de su diario para editar [yo estoy más feliz que él por hacerlo posible, por posibilitar esa llama que nunca va a apagarse], y Segundo Santos que me dice que ya está la prueba de mi nuevo libro, «Esa intensa luz que no se ve» y que la recibiré en un par de días [jo, qué suerte tengo... qué suerte], y Albertito dándole calor al «uso» [gracias, hermano].
(23:01 horas) Alberto, dice Pavese que «sufrir y gozar es ceder a la pasión», arrogarse a la parte inferior del hombre, mientras que la serenidad pertenece a la parte superior... ¿pero no se llega a la serenidad indefectiblemente desde la experiencia del sufrimiento o el gozo? ¿Qué quiere decir esto?, ¿que debemos crecer desde las pasiones hasta alcanzar el estado superior? ¿Y en la serenidad, en ese justo estado superior, se puede crear o quizás no es necesaria la creación cuando has alcanzado tal estado?
Yo, sin dudarlo, prefiero agostarme/agotarme en las pasiones, porque entiendo que en ellas está el pulso vital, como lo está en el desorden, en el caos personal... porque en ellas late el camino que agota y enciende, y en el estadio superior reina la calma, el estatismo, la tranquilidad. Prefiero, sin dudarlo un solo segundo, las cimas y los valles, las caídas en picado y las elevaciones como un «coup» de corazón, eso que sientes en las vísceras y es tan parecido al vértigo.
Cuando estoy muy cansado, Alberto, deseo una serenidad eterna, pero luego se pasa y vuelvo a meter el dedo en los enchufes para sentir... Lo que sí estoy aprendiendo es que hay una serenidad que tiene que ver con las pasiones y que pertenece a ellas, es una serenidad física –no mental– que hace que el latido esté en las manos para ser escritura o gesto... y que deja en el rostro una mueca dulce, como de paz; una mueca que he visto en ti muchas veces y que intento encontrarla para quedarme en ella.
Últimamente busco esa mueca en la gente, y lo hago con sed... pero no la encuentro.

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