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Envejecer es esperar cada día un poco menos.


Llamada de José Luis Morante con el proyecto de acercarnos a los encuentros de Punta Umbría en Abril [¡¡¡Guay!!!], respuesta hermosa de Ramón H. Garrido [mil gracias, colega], invitación chuli de Isabelita Huete para verla en el Ateneo de Madrid y cierre de la exposición que coordina Marcela Lieblich para el CESIC [«Ciencia y Literatura» en el Espacio Sins Entido, que está en la calle Válgame Dios, nº 6, justo al ladito de Chueca], en la que participo cono autor junto a colegas como Luis Alberto de Cuenca, Santos Jiménez o Lara Cantizani.
El resto del día, para olvidar.

La felicidad se acerca más a quien es eficaz en lo suyo, pero también al que busca el vacío quitándole importancia a lo que no sea imprescindible para sobrevivir [en el fondo, este tipo también es eficaz en lo suyo]. Yo ahora me siento feliz despreciando al que considero que merece desprecio y queriendo con intensidad al que considero digno de aprecio. También soy feliz, profundamente, cuando intento pintar o cuando me enredo en un poema, aunque sea un poema doloroso o una pintura trágica.
No soy feliz cuando pienso en el futuro de mis hijos o cuando veo a los perros del PP dividiendo otra vez a la gente con la que comparto espacio y risas.
Pero ser feliz no es un fin que busque con vehemencia, pues me encanta dejarme llevar y que los segundos de felicidad lleguen por sorpresa.

Y ya voy poniéndome viejo, y por eso estoy solo o un poco más solo cada día... No puedo decir que no espero nada, porque mentiría. Espero mucho de mí y nada de los demás, que es justo lo contrario de lo que esperaba hace diez o quince años. Hoy me quiero más que antes y he reducido sensiblemente el número de personas a las que quiero de verdad.

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