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Equivocarse a veces no es solo equivocarse.

A veces salgo del trabajo deshecho, confuso, perplejo… y no sé si detenerse cada día a mantener el buen rollo entre la gente puede sumarse como materia productiva o simplemente es hacer el imbécil [unas jornadas veo tan claro como el agua que esa labor es absolutamente necesaria… y otras se me queda carita de carnero degollao].
Una empresa pequeña, sin ínfulas capitalistas, llevada por personas que entienden el trabajo en común como un acto más de convivencia y no como una opción de competencia y balance de resultados entra dentro de mis presupuestos lógicos y éticos de “jefe” [permítaseme iterar en el entrecomillado del término “jefe”].
La empresa a la que quiero llegar, a la que he querido siempre llegar, condiciona sus beneficios a los de sus empleados, y cuando hablo de beneficios no sólo me refiero a los económicos, sino a los relacionales, a los de estado de ánimo, a los producidos por una situación de trabajo agradable [parecen términos contrapuestos, ¿verdad?].
Para conseguir estos objetivos es fundamental implicar a los empleados en el proyecto desde parámetros de confianza y valoración, desde la sinceridad recíproca…
Hasta aquí vamos bien, pero lo dicho no deja de ser un cúmulo informe de palabras.
El peligro fundamental de un empresario que quiera llevar a cabo un proyecto acuñado con estos parámetros es que la realidad acabará dándole duros reveses, pues, por lo general, el “contrario” toma en la mayoría de los casos una postura defensiva que lo llena todo de distancia y llama al fracaso.
Yo seguiré intentándolo cada día.
De Tontopoemas ©...

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