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Últimamente solo tengo encargos de conciencia.

Aparte de la entregada pasión a la causa de mi abuelo Felipe y de la convivencia esporádica con esos colegas magníficos del meneado Tercer Mundo, circunstancias que me ponen en cierto lado humanista de la vida, me gustaría tener una serie de razones claras y precisas de lo que supongo una voluntad de izquierdas. No tener esas razones me llevaría a vivir la izquierda como una estética [que es el territorio de demasiada gente en estos días].
Veamos:
Soy consumista y hago poco para que mis hijos no lo sean [mal].
Me distraigo constantemente en lo que sé mediatizado y lo degluto con cara de imbécil sin pararme a hacer una análisis crítico [mal].
A pesar de que tengo formada mi idea sobre problemas que nos destruyen, no paso a la acción [quizás sea que estoy harto a la vez que convencido de que no puedo hacer nada aunque lo intente… derrotado… mal].
Sé a ciencia cierta cuáles son los males pequeños de mi entorno y valoro que tales males son base de males mayores… y no hago nada para evitarlo [mal].
Callo las maldades de base del sistema que apoyo con votos y gestos.. y también las maldades individuales, que son muchas… demasiadas [muy mal].

A qué seguir.
La afirmación taxativa de que vivo la izquierda como una estética es una verdad absoluta. Ahí es donde me miento y fracaso.
El hecho de escribir estas palabras me da descanso, pues hace que no me sienta tan mal como cada uno de los que no las dicen.
Sí, vivo en una sociedad podrida y decadente desde su más mínimo individuo hasta el grupo más elaborado… y colaboro en ella con terror.
¿Cobardía? No lo sé… ¿Adaptación al medio? Quizás… ¿Fracaso completo? Entero.
De Tontopoemas ©...

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RECREACIONES CON HURTOS DE PAPEL (10)
Caminando por el centro de Madrid, coincidí con Lucía Ashton* –nos conocíamos de un encuentro en Glasgow al que asistió con su pareja–. La saludé asombrado de encontrarla así, sola, en Madrid, caminando como perdida; y le pregunté por los detalles de su estancia.
“Vine hasta aquí atraída por una manifestación de víctimas, pues como yo lo fui siempre, tomé la decisión de mostrarme y gritar… pero está escrito que toda criatura viviente, aún aquellas que deberían mostrarse más corteses conmigo, ha de huir de mí y abandonarme a quienes me persiguen…”
Preocupado, me interesé vivamente por si le había sucedido algo en lo que yo pudiese intervenir.
“Nada, amigo, nada… tan solo caí entre una multitud que buscaba el horror como necesidad práctica… ahora me vuelvo a Escocia para morir a solas.”.
La besé en la mejilla y nos despedimos sin más.
La ciudad se presentía tomada y sin futuro.
* (Lucía Ashton es un personaje creado por Walter Scott para su novela “La novia de Lammermoor”)
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(16:39 horas) ¿Qué principio puede ser aceptable si no nos aporta tangencialmente felicidad? Si siguiéramos esta clave, el mundo estaría mejor colocado, más sonriente… pero actuamos con criterios de sufrimiento, con ese decir “lo que vale te cuesta” o “quien bien te quiere, te hará llorar”… Todo se ha armado desde esas bases de sufrimiento hacia el éxito y ello ha llevado en muchos casos a caminar por los terrenos más ariscos y difíciles para llegar a metas que tenían su camino abierto y diáfano. ¿No es absurdo?
Vivir para sufrir… el trabajo dignifica al hombre… teme a Dios y te ganarás el paraíso…
Mientras el común de la gente adopta como propios estos conceptos perversos, los que los acuñaron y los que los mediatizan nadan en la más glamourosa abundancia. Habría que preguntar si ellos han sufrido para llegar ahí, si han trabajado, si han tenido temor de Dios… Seguro que no.
(22:43 horas) Dice el sabio Pavese que “la creación nace de la innumerable repetición de un acto, que a fuerza de ‘routine’ se hace molesto. Luego viene un periodo de extravío, de tedio. Entonces, el acto olvidado por su trivialidad, resurge como milagro, como revelavción, y he aquí el impulso creador”. El genio de Cesare traía este pensamiento en relación al sentimiento del pasado de los pueblos, pero cambiando el contexto a la literatura, a la poesía, también sirve, y mucho… y además cambia razonablemente el sentido creativo que la crítica y los escritores le aportan a las nuevas presentaciones.
No es tan importante la creación como percibir que es fruto de una repetición agotadora de realidades y sentimientos, y no es tan importante el jodido creador –quizás nada importante– sino que la importancia la suman quienes le procuraron los recursos creativos.
Valorando esto, sabremos que la literatura es más de todos que de quienes la pronuncian, que ser epígono de un buen creador no es tan grave [puede hasta que sea bueno] y que la mejor creación es la que alcanza el valor de trivial.

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