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Madrid y su millón de muertos.


Madrid es una ciudad de chulos por cojones que no se pueden ver entre la mixtura de gente interesante que deambula por sus calles… como Salamanca es una ciudad de tratantes de ganado que se ven por todas las esquinas helmánticas mirando lo culos extasiantes de norteamericanas becadas y rubísimas.
Y Madrid es para ir con gafas de sol oscuras que filtren con sabiduría las infinitas emociones que se meten por los ojos cada jodido segundo capitalino [Salamanca es mema en eso, pues en vez de unas gafas de sol debes ponerte una venda tupida y apretada].
Estuve en Madrid, sí, y pude volver indemne a pesar de los túneles chulescos con olor a mazmorra moderna y las promesas de soltar la teta al aire de la procoima bizca Esperanza Aguirre [miedo me daba encontrarme con esa pezonería al doblar cualquier esquina]… El caso es que me presenté en Rivas a los postres para ver a mi eterno Morante [antes me había metido entre pecho y espalda un bocata de atún con queso caliente entre pan de aceitunas en ‘Pans & Company’… toda la tarde repitiendo, coño]. Lo dicho, que mi Morante, como siempre, con los brazos abiertos hasta hacerse daño para quererme, llevarme, traerme, dejarme, regalarme… Gracias, tío, por esa amistad inquebrantable y por el lujo de “Noche de escupir cerveza y maldiciones” que ya estoy leyendo como si yo mismo fuese Charles Bukowski y Sheri Martinelli a la vez. Es un libro para devorar.
Y luego al centro con aparcamiento al primer intento [todos los tontos tenemos suerte] con el morro Korando mirando a la estupidez Moneo pegada como un mal cromo al Museo del Prado [cualquiera es arquitecto… o podría serlo en esos términos simples y anodinos y con esa pasta gansa y comunitaria].
Paseo. Del Jardín Botánico salían japonesas con helados en la mano y en la boca, blanquísimas, sin culo alguno con que dar aire a sus vestiditos de gasa negra… y dos yankees tetonas con sello de Virginia en la cabeza comiendo palomitas como palomas ávidas… sonaba mientras tanto un violín electrónico pidiendo unas monedas [era el ‘Desafinado´ más chulo de la tarde] tras las manos de un tipo con estética country y sonrisa Paradox… un argentino cutre vendía camisetas bandidas del ‘Madrí’, bufandas toro Osborne y banderas de España [aquella otra España… ésta] con el águila al viento. Me giré y me miraba fijamente Velázquez desde su silla negra, lo hacía como para pintarme y le daba la espalda al andamio de siempre que luce como fondo [le pregunté la hora… no sabía]. Crucé un par de semáforos como quien cruza el tiempo y en un salto de ciego me pasé de la zona del arte [atrás quedaba el Tissen con sus rostros mirándome] a la zona política… todo vileza y lujo marcando raya justito en una acera llena de guardaespaldas maximoduttis con cordón en la oreja y la mirada en grados escudriñando todo… coches de ensueño, cafés a cerochenta, helicóptero fijo como una garrapata agarradita al aire, putas de a mil/minuto… y enfrente el Barrio de las Letras [que ahora ya son de cambio, aunque no del que yo quisiera]. Hoteles de mil euros la noche miran aquellas letras que fueron hambre y rabia y son negocio a secas. Me enfadé, pero nada… Tomamos unas ‘Cokes’ en una tabernita con patatas servidas en flanera [por allí andaba el hijo de don Gonzalo Torrente Ballester con tres vestales, que me lo dijo Fernando con su sonrisa entera].
Visita al Ateneo… Vetusto, con solera, sin ese toque chungo de arquitectos horteras que han jodido en El Prado un antes que ya era, pesado en pensamiento [de peso, se me entienda], con flou republicano, con pátina de Ortega, con retintín Inclán, con olor Fendetestas… Me gustó el Ateneo… con su Miguel Losada [moreno hasta la médula, con camisa ahitiana y americana fresca], con María Antonia Ortega, con la niña francaise [la hija de Gamoneda], con el Bartol de siempre, con Marisol Perales, con Cereijo and Virtanen, con Juan Pastor y su luz desierta… Y todo sin Esther… me dio pena.
Andaba por allí la gente del poeta [Aníbal Núñez, coño], amigos, un sobrino copiado de las fotos Larraz y alguno que se queda en esta triste niebla que baja a mi memoria después de la tormenta.
Hablamos para el público sin más. Yo, de patética entrelengua [no soy para los actos ni para andar en ferias]; Fernando, delicioso, con auténtica ciencia de ponente con años, tranquilo en su perfecta perorata propoética; Germán, verbobrillante, fuente a chorro, videncia de la evidencia misma, como una cabra eterna de magistral, excelente en su misma excelencia [este tipo me mata cada vez que le escucho… me encanta, me asombra… y también me da un miedo extraño que no sé definir].
Terminó y nos perdimos [yo ya andaba perdido desde las tres p.m.] sin poder compartir una última cerveza con todos los presentes. Se hizo otra vez la ausencia.
Cañita con Virtanen, Cereijo, un encanto de niña y mi Morante eterno.
Viaje al interior según volvía a Béjar.

PINCELADAS SIN AGUA

José Luis Morante: Todo el agua bajo la superficie del agua.
María Antonia Ortega: Porcelana dispersa que busca fijamente un punto donde anclarse.
Fernando R. De la Flor: La justa referencia.
Germán Labrador: La nota al margen que supera al poema.
José Cereijo: Algún día de seguro ha de orinar estrellas.
Ricardo Virtanen: El silencio que acecha.
Gonzalo Alonso Bartol: Solo toma poesía si la ponen de tapa con la última cerveza.
Miguel Losada: La poesía se va de vacaciones y vuelve bien morena.
Marisol Perales: Escribir no se lleva… Tú ya eres el poema.
Juan Pastor: Siempre en pareja, siempre. En pareja.

ESTAMPITAS MATRITENSES

El guardia jurado en ventanuco hablando con una mujer gruesa de pechos generosos a la vista, el pobre arrodillado pidiendo en una súplica grotesca, la yonki en chándal Karhu mostrando sus bragorrias azules por entre el pantalón, el pijo con su perro luchando como un loco para que no se tirase a una pointer sin ‘pedigrí’ frente al Palacio de las Cortes, un negro con maleta, la japonesa en sostén sobre la hierba del jardín de El Prado, el chino de la tienda de conservas, la exsede MPDL [¿en qué quedará esto?], dos esculturas nubias haciendo bien su footing de miradas que buscan, diez tangas en los bancos del Paseo del Prado, una ciega comprando un bocata de anchoas, una guripa con los labios pintados de rojo intenso, el pelo rojo de una bedel sin dientes, la prensa en la basura, la mirada perfecta de aquella camarera era como de ambigú de cine de domingo, el olor ácido de la calle, el sudor. Cierta sensación Paso que se hizo insoportable, un apretón de tripa sin servicio a la vista, cistitis otra vez, la risa Fernandito [misteriosa y perfecta], un café con pastillas, una oriental goyesca con la cara aplastada mirando fijamente mis ojos verdegrises, cien posibilidades, cierto look Gallardón con sensación de plástico, un vómito de esquina, un beso a cuerpo abierto que me produjo envidia, más de cuarenta abrazos, libros viejos llamándome y mi bolsillo vacío, un amor, siete odios, el tren de cercanías, Santa Eugenia, pintadas…
Todo se me hace grande algunas tardes… ‘luego meriendo algo’ [y todo con permiso de don Ángel González].
(16:37 horas) Llego a casa para comer y me encuentro con un mensaje de Fernando R. De la Flor pidiendo explicaciones [con razón] por mi desaparición de ayer en Madrid. Me expliqué con el colega, pues me dejé llevar por el grupo y ya no supe más del resto de la gente [yo en Madrid soy nada]. Me comentó que a Gonzalo le jodió un puntito mi rara ausencia… le pedí el teléfono de Gonzalo, le llamé [andaba por Galicia entre ribeiros cambadinos] y todo volvió a su ser. Sólo me queda disculparme con los que no tengo contacto directo, y lo hago desde aquí con la esperanza de que me lean: Marisol, María Antonia, Germán, Juan, familia Núñez, niña Gamoneda y consorte… todos… me perdí en Madrid y no supe encotraros, se me hizo tarde para volver a Béjar y pillé carreterita y manta. Os debo una a lo grande. Queda pendiente, coño.
NOTA: Agradecimiento a Pepe Benito por hacer las fotos del encuentro y también las disculpas pertinentes por el despiste.
De Tontopoemas ©...


* Leo Messi me quita el calor madrileño.

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