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Me encanta que hablen de mí los desconocidos. [reseña]


Poco acostumbrado a ver mi poesía reseñada o sometida a crítica [ni para bien ni para mal], me he quedado sorprendido esta mañana al descubrir en una búsqueda Google mi nombre junto a una crítica de J. A. Arcediano en la página de la revista “Caravanasari” [http://www.caravansari.com/imgs/Caravansari_p.pdf] en su número 1 del primer trimestre de 2006. Habla de un libro ya viejo que publiqué en 2004 [“Con la muerte en los talones”] y lo hace a partir de una buena lectura [o eso me parece a mí desde este subjetivo punto de vista de autor]. Dejo copia del texto de Arcediano por su valor de oasis y de oxígeno, y lo hago dándole las gracias encarecidamente por echar un rato en mis versos. Gracias, tío.


[Con la muerte en los talones
Luis Felipe Comendador
De la luna libros, Mérida, 2004
J. A. ARCEDIANO

Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) aborda una vez más, en su última entrega poética, Con la muerte en los talones (De la luna libros, Mérida, 2004) el tema de la muerte, confiriéndole importantes dosis de extrañeza y ACCIDENTALIDAD, en tanto no está al alcance del individuo mantener el más mínimo control sobre ella. Nos hallamos, a mi juicio, ante un poemario en el que no debe buscarse una impresión general –no porque carezca de la suficiente unidad y coherencia– sino aceptar las dosis de verdad que nos sobrevienen paso a paso, poema a poema, a lo largo de su lectura.
Así, vamos hallando en el camino la exposición de toda una serie de sensaciones e impresiones absoluta y radicalmente humanas, personales, privadas, pero susceptibles de universalizarse, por la incidencia abrumadora en el resto de los individuos. La ansiedad ante la potencialidad de la existencia, ante lo posible y ante el hecho de que lo posible nos sea inabarcable. El miedo (a la muerte, a la vida) que produce hallarse en la soledad más absoluta, en la carencia de referentes y en la constatación de que no hay salida, de que las cosas, los hechos, las personas empiezan y se acaban, algo consustancial a la existencia y, por tanto, completamente natural. Esto produce en el personaje de Comendador una reacción inmediata: la de la autoinvitación a quemar las naves, a huir del fracaso por la vía de la participación activa en los acontecimientos, aunque actuemos a ciegas, pues la lucidez –nos dice Comendador– es muerte / porque es final, ocaso.
En todo un repertorio de impresiones acerca de la soledad, van apareciendo una serie de matices destacables: Una soledad al servicio del otro, de quien quiera aprovecharla, sacarle partido con fines cualesquiera. Una soledad que tiene como consecuencia el distanciamiento, la frialdad, y como origen remarcable la extrañeza respecto del entorno. Una soledad que se traduce, asimismo, en inidentidad, en incapacidad para afrontar la vida de forma original, personal, y que puede constituirse en detonante para que se desarrolle, sin ir más lejos, la propia capacidad de matar, de aniquilar la vida. Una soledad que nace, en cierta medida, de la presión ejercida por la figura divina como otro elemento de tensión sobre ese frágil hilo que es el individuo. Una soledad de la que no es posible desembarazarse ni tan siquiera en la huida, pues el individuo que huye está también abrumadoramente solo. Tal vez sea esa soledad tan profunda la que empuja al personaje de Comendador al descubrimiento del “otro”, descubrimiento éste que no deja de producirle miedo e incertidumbre, aunque representa una importante novedad respecto a este sujeto conformado por una sustancia porosa, a través de la cual discurren los días, uno tras otro, sin dejar el más mínimo rastro de su paso, y que va adquiriendo plena conciencia de que carece en absoluto de importancia, estando a merced del azar. Únicamente parece intuirse o apuntarse una salida a la soledad en ese descubrimiento del “otro”. En ese sentido, el otro quedaría fijado principalmente en la mujer, traída al papel de compañera y ocupando el espectro más íntimo del yo, en un ejercicio de alteridad, de empatía y de reconocimiento de ese “otro” femenino, que se erige en medio de supervivencia, en receptáculo del propio yo, aunque se intuye tal vez insuficiente ante la sed de aislamiento e individualidad del personaje: Algunas tardes meriendo algo / y siento que me llena esa mujer / que me abraza y me alimenta / cuando estoy solo.
El otro eje del libro, la idea de la muerte, que subyace en esa enfermedad incurable que es la soledad, la alimenta y la hace crecer y desarrollarse como un cáncer del espíritu, da lugar también a una importante sucesión de impresiones plasmadas en la letra y en el verso de Con la muerte en los talones, título de por sí significativo y esclarecedor y que –dicho sea de paso– rinde tributo a los escenarios y personajes cinematográficos a los que alude también el autor en otras de sus obras. La obsesión por la muerte transluce en versos como nací para la tierra, esto es, en la seguridad de que el ser humano nace para morir, por lo que resultaría incomprensible el miedo a vivir, a volar; o la de que la vida, como huida de la muerte, es un hecho imposible, ya que la muerte se encuentra inexorablemente en todas direcciones. La dialéctica entre atracción y rechazo lleva al personaje de Comendador a situaciones paradójicas. Así, se alternan la huida y la espera del momento crucial, componentes indispensables de toda relación y enfrentamiento obsesivos.
La profundización en el hecho de la muerte conduce también a una idea podríamos decir “metafísica” de la misma, abarcando en ella un aspecto más amplio que el de la mera muerte física y tomándola como un hecho previo al nacimiento de nuevas cosas, como punto de inflexión en el discurrir hacia nuevos ciclos, en la observancia de una norma ineludible, la de que para alcanzar un nuevo ciclo debe producirse la degradación y acabamiento del anterior.
En el punto intermedio de la dialéctica atracción / rechazo, el retrato de una postura de serenidad ante el advenimiento del final, en el sentimental y excelente “Expreso a ninguna parte”, o la invitación a vivir intensamente y sin miedo de “Un coche rozando los precipicios”, junto con la exhortación a convivir con la idea de nuestra propia mortalidad (la amenaza es sólo posibilidad) del magnífico “Policía en la puerta”.
Otro de los aspectos inherentes a la muerte, la herencia, no es pasado por alto por Comendador, quien conjuga desde un punto de vista existencial la expresión del legado y de las últimas voluntades de su yo poético, atendiendo formalmente a ese aspecto extensivo de la muerte, como es la expresión de lo póstumo.
Finalmente, destacar la familiaridad del individuo con la muerte, expresada en pequeñas figuras muy explícitas y tremendamente certeras, tales como voy
a casa como a la muerte (Documento traducido al búlgaro) o despreciar el cadáver/ que te escupe el espejo (“Amordazado en el maletero de un Continental”).
Todo un discurso, en fin, vertebrado de principio a fin con la presunta (y ampliamente conseguida intención) de situar al individuo ante el hecho definitivo y
crucial de su existencia, siempre presente y raramente bien digerido y asimilado, pero que por su importancia no deja de ser constantemente abordado de forma intuitiva y/o reflexiva, y ante el cual es fundamental detenerse y pensarlo, para rentabilizar al máximo esa ficción que designamos con el sustantivo “vida”.]

En el mismo número de esta revista figura un amplio artículo de Eduardo Moga que, bajo el título de “La limpieza del realismo sucio”, da un repaso a esa tradición poética que nació en los sesenta. En ese artículo me incluye Eduardo Moga como parte de tal tradición dentro de la poesía española, alumbrando que mis poemas beben en la fuente de Roger Wolfe y dejando caer cierta sensación de emulación epigónica. Suma mi nombre a los de Karmelo Iribarren, David González y Manuel Moya.
En este punto considero que debo puntualizar algo:
1º Sí, me encanta la poesía de Roger Wolfe y reconozco que durante un breve periodo ensayé ese tono descarnado y directo, pero pronto entendí que no era el mío, ya que mi vida no respondía ni de lejos a esa estética. En todo caso, supone para mí un alto honor que se me sume a cierta epigonía wolfina.
2º Me encantan los compañeros de viaje, pues admiro sin sonrojo a Karmelo, a David y a Manolillo Moya, pero sólo me veo cercano en la propuesta poética a Manolo, y eso cuando no toma la máscara de Violeta C. Rangel [Manolo y yo estamos muy unidos por sus “Islas sumergidas”].
3º Es patente que mi amigo Eduardo, al que no veo desde aquellos deliciosos cursos de El Escorial en los que trabamos una amistad simpática, no ha vuelto a leer mi poesía [pues no sé dónde puede encontrar mi amigo a Roger Wolfe en “El amante discreto de Lauren Bacall”, en “Paraísos del suicida”, en “Travelling”, en “Con la muerte en los talones” o en “El gato solo quería Harry”].
Los citados poemarios se alejan tranquilamente del realismo sucio para entrar en una suerte de 'poesía de la conciencia' mezclada con ciertos toques de 'poesía de la disidencia' y un poquito de cierta 'estética de la resistencia' [es una coña personal; perdón, colega Eduardo]. En ellos desaparece totalmente el feísmo por voluntad propia así como las presentaciones directas y conversacionales que tanto se patentizan en el realismo sucio; tomo conscientemente un tono más filosófico y trabajo con cuidado la forma de mis poemas intentando, eso sí, no impostar mi voz.
En este punto y en este día, amigo Eduardo, me considero instalado en una poética individual y solitaria que es mezcla heterogénea de todo lo que leo y me emociona y de todo lo que vivo y me impacta o me deja hundido.
No pertenezco ni por estética ni por obra ni por prebendas a ninguna de las tradiciones establecidas por los culos planos para llenar de letras sus folios interminables. Estoy sólo en contra y a favor de mí mismo y no me interesa nada que me ubiquen en una forma de hacer o deshacer porque, entre otras cosas, no me interesa el mundo de la taxonomía poética, ya que está fuera del mundo creativo y se mueve únicamente en la especulación [que por cierto, da de vivir a demasiada gente sin valor formal, estético o literario].
Muchas gracias por acordarte de mí después de tanto tiempo, amigo, y queda aquí mi casa abierta para ti cuando desees, con una copa puesta y un montón de abrazos.
(17:24 horas) Escribir es también un acto reflejo o exclusivamente un acto reflejo… y antes está la vida, siempre antes.
Acabo de recibir llamada de Jesús Urceloy para decirme que viene hasta Béjar con Marisol a visitarme. También el viaje es un acto reflejo y antes de él está la vida.
(21:29 horas) Me he pasado toda la tarde trabajando en un libro objeto [llevo ya dos meses de curro con él] y me ha sentado francamente bien estar sentado frente a sus páginas con las manos manchadas de tinta y buscando formas y contenido.
El soporte es una edición de “Los cipreses creen en Dios”, de José María Gironella, fechada en 1970 y realizada por Círculo de Lectores. Mi intención es que el libro consiga la capacidad de leer al lector a través de figuras que le miran desde sus páginas. Es un proyecto a largo plazo, pues no en vano el volumen cuenta con 785 página que he de tunear una a una. Esta tarde he llegado a la 211, por lo que calculo que al ritmo que llevo pueden quedarle del orden de seis meses de trabajo.
Cuando me cansé de libro objeto, me acerqué hasta mi casa paseando. Béjar está a tope de gente y salir a la calle en estas circunstancias supone para mí un costoso trabajo, pues cada día llevo peor el asunto de las multitudes y también me jode un punto encontrarme rostros desconocidos que no me da tiempo a escrutar.
Olía a muerte, y no sé por qué. Me ha quedado una sensación de tragedia que no acierto a saber de dónde viene.
No me gusta la Semana Santa en ninguna de sus ofertas. Lo siento… o no.
De Tontopoemas ©...


* "Diez años atrás" de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

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