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No le debo nada a nadie.

Voy aprendiendo poco a poco que nadie me debe nada… ni quiero nada de nadie. En la misma onda sé que no le debo nada a nadie, por lo que jamás he de sentirme obligado a ‘devolver’. Voy aprendiendo que yo me he creado a mí mismo como un ser singular y distante de todo lo que quiero estar distante… y lo voy averigüendo porque noto que cada aprendizaje que me llega del exterior, cada falso apoyo, cada triste dádiva… lleva consigo el interés de quien la emite [interés a priori o a posteriori, que da igual].
¿Qué puedo deberle yo al profesor que me enseñaba con el único fin de cobrar a fin de mes su minuta?, ¿y al banquero que me da un préstamo lleno de letra pequeña y cargado de jodidos intereses?, ¿y al poeta que me emocionó sin saber el acaso de mi existencia mientras se inflaba de gozo al tener su libro recien editado en las manos?
Todo es falso en su base y, por ello, no debo cargar con ese saco de deudas morales y físicas –todas de mentira– para perderme la vida en ellas.
¿Sabían mis padres antes de tenerme lo que querían, cómo me querían…?
Yo me creé a mí mismo, y de ese acto nace el acercamiento de los otros a mi ser… nunca al revés.
La sociedad no me hace… me deshace a la vez que limita mi libertad de crecimiento y me pone barreras disfrazadas de favores constantes [siempre ‘por mi bien’, claro]… y uno acaba atándose y cerrando cualquier opción de salida, ahogándose en situaciones absolutamente artificiales [tanto como una contabilidad fría].
Un sentimiento vivo y real no puede solaparlo una situación artificial, jamás debe hacerlo y es misión del hombre individual no permitirlo… ¿o acaso puede compararse en los mismos parámetros un intenso sentimiento de amor con una desazón por una deuda? ¿Por qué sucede que lo prosaico es capaz de anular y hasta matar a lo intenso?
Qué jodidamente mal trabada está nuestra sociedad y cómo han proliferado los ladrones de sentimientos.
No le debo nada a nadie… a nadie.
(18:58 horas) Nueva cata Pavese, ésta datada en el día 3º de septiembre de 1940:

“La mejor defensa contra el amor es repetirse, hasta el bourrage [Náusea], que esta pasión es una tontería, que no vale la pena, etcétera. Pero la tendencia de un amor es precisamente hacernos creer que se trata de un gran acontecimiento, y su belleza consiste precisamente en la ininterrumpida conciencia de que algo extraordinario, inaudito, nos está sucediendo.”

Y es que el amor no es entendible sin su deliciosa tintura de pasión, sin ese sentirnos dopados por un olor, una mirada, un cuerpo pegado… y sí, es extraordinario, absolutamente extraordinario mientras sucede, y no nos lo hace creer nada ni nadie, porque en su suceso y en sus manifestaciones es tangible que no es un espejismo, sino pura intensidad.
Otra cosa es la visión del ser que no ama o del que amó y perdió la magia… su reflejo es despotricar contra ese sentimiento de carácter primario, intentando atacarlo desde la razón [precisamente porque en el amor es la razón la primera calidad/cualidad que se desactiva].
Es patente que Cesare, para el que conozca un poquito su biografía, sufrió serios desengaños fruto de su determinada entrega al amor y de una visión del mismo trompicada de posesión. Quizás de ahí parte su empeño determinado por destrozar con palabras a las mujeres que pasaron por su vida [en un fondo que aflora sin apenas escarbar, puede verse que esos ataques misóginos iban todos contra sí mismo, quizás por no haber sabido mantener sus relaciones a causa de su mente compleja y atormentada]. En ese celo, en ese ataque al amor en general y a los objetos de amor que pasaron trotando por su vida, es donde podemos determinar que Cesare se defendía de un sentimiento profundo que le dejaba vulnerable ante sí mismo, ante su inteligencia. No sabía procesar la animalidad de la pasión de forma civilizada porque era salvajemente humano y quería procesarlo todo en términos de control cuando el amor es descontrolado en sí mismo.
Desde mi punto de vista, al amor se debe llegar desde lo azaroso y, una vez en él, debe mantenerse cierta posición de perplejidad que te anime a dejarte llevar; y todo sin hacerte preguntas, sin intentar medir [porque el amor siempre es desmedido], sin intentar sujetar lo que por naturaleza es arraudalado y libre [para lo malo y para lo mejor]. Nunca debe pedírsele nada al amor… ni tampoco demandárselo. La cosa está en dejarse llevar por la química y esperar a que la alquimia disponga.
La mejor actitud ante el amor es no buscarlo desesperadamente y, si llegase, no empeñarse en extenderlo hasta donde él no haya decidido llegar.
Conformarse sin él y conformarse con él.
Asistir a esa batalla interior de Cesare es bellísimo y sorprendente, ya que se asiste sin veladas sedas a la cara más humana de un poeta inigualable.
(22:46 horas) También escribió Pavese que “la literatura es una defensa contra la ofensa de la vida” y que “la otra defensa… es el silencio cosechado por un disparo”. Hermoso sinsentido/consentido con el que comulgo: mirar a la vida de frente y descubrir cada una de sus mentiras, y escribirlas para decirle a la cara [no sé si la vida tiene cara] que no ha sido capaz de engañarme, de llevarme sorpresivamente por sus trochas minadas, que sé hacia dónde va y cómo se contonea frente a todos, que veo con claridad lo que hará con cada uno a la vuelta de la esquina… y que aguardo en mi dedo una señal definitiva justo para cuando me apetezca. Sí, es verdad que no me desagrada la defensa del silencio, aunque le tengo un respeto enorme que no está hecho de miedo, pero sí de cobardía. Por eso escribo desde hace tantos años, por eso intento poemas y pequeños relatos y aforismos, para defenderme de la vida… y quizás también del silencio. No necesito más laureles que los que tengo, quizás ni que me lean me resulta ya necesario, pero siento que debo escribir para desenmascarar a esa hembra pérfida que nos domina con su perfume raro.
Busco violencia en la escritura, busco aire, busco salir un poquito de ese silencio de muerte que ya está en todo lo que me rodea.
También busco pasión para seguir viviendo… sobreviviendo.
De FUMADORAS

Comentarios

  1. No sé el detonante de ese arranque de rabia del deber, estar atado a, obligarte con...esos son parámetros que se pone uno mismo y no concuerdan mucho contigo. Eso déjaselo a los reales jugadores de monopoly. Te hago una propuesta: cambia el verbo deber o aprender de...por el de tomar. Yo tomé, tu tomaste, el tomó. Es un verbo delicioso y encima fácil de conjugar. Desde que somos concebidos tomamos aquello que necesitamos para alimentar cualquier ápice de nuestra existencia y como un enorme aparato digestivo asimilamos o desechamos.
    Creo que cada uno de nosotros somos un intrincado collage de cosas tomadas que jamas vamos a devolver, porque las mas valiosas no se pueden devolver.
    A ver: si yo leo algo tuyo ¿como voy a devolverte lo que siento al hacerlo?.
    Yo te tomo pero no te debo.
    Abrazos, hermano.

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  2. Estoy de acuerdo con este anónimo [Yo también me lo aplicaré]. Si nuestra vida es un camino de aprendizaje y autoconocimiento, es normal que 'tomemos' aquello que nos ayude a crecer. Pero no lo debemos. Forma parte de la propia revolución interna y del crecimiento espiritual y humano.
    Un abrazo, Luis Felipe, claro que no debes nada a nadie.

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  3. Bueno hombre, no te pongas así, al fin y al cabo nunca te he recordado aquellos veinte duros que me pediste prestados y nunca me llegaste a devolver.

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