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Magdalena me ha dejado un día en blanco.


Magdalena me ha dejado un día en blanco porque su abrazo de madre eterna se ha hecho subterráneo para abarcarlo todo como una ausencia.
Se fue en silencio, entornando sus ojos vegetales cuando la noche domaba las sombras y los hombres dormíamos el sueño común, cuando las farolas recogían las calles en su ámbar y eran los gatos noctívagos los únicos seres capaces de sentirla volar libre y discreta, ya fuera de su prisión pequeña y arrugada.
Cuando llegamos a casa [su casa siempre fue nuestra casa, la de todos los suyos] azorados por la emoción y el sobresalto, Magdalena ya no estaba; solo la nave ajada que la llevó en la vida reposaba en el lecho como un poema escrito, un poema imperfecto y mortal, un poema bien hecho.
El rito de la postmuerte comenzó con su extraño teatro… insultante informe de visita médica con valor de acta final [decía/dice: “Los familiares dicen que la paciente está fría”], requerimiento de un sarcedote que negó su presencia [pues si no hay agonía en la que hacer su mimo, no tiene aquél que estos espirituales funcionarios se molesten], repaso a los fríos datos de lo que fue [“¿carnet de identidad?, ¿tiene seguro de deceso?, ¿cuenta con tumba propia o alquilada?, ¿datos del esposo?…], preparación de esquela [“esposo, hijos, hermanos, yernos, cuñados, primos y familiares diversos que quiere que figuren”], levantamiento frío y aséptico del cadáver [todo profesional y muy medido], llamadas a cercanos con voz de acabamiento, repaso por encima de últimas voluntades [su voluntad llevaba ya ocho años perdida, por lo que fuimos rápido en ese desatino]… y luego soledad y silencio, llanto callado y abrazos fuertes, ropa limpia y tranquila procesión hasta la anteúltima morada de mi reina bonita: un tanatorio aséptico con olor a fruta pasada.
Magdalena ya no estaba desde hacía unas horas, pero a los que la amamos nos quedaba el proceso de rendir despedida con esa pantomima de flores y de abrazos, de exposición y espera, de vela y cigarrillos, de sueño y añoranza compartida en recuerdos relatados sin prisa [“Cuando mi primer hijo, mamá me sonreía mientras me daba fuerza”… “¿Recordáis cuando abría las ventanas de casa y gritaba los nombres porque estaba servida la comida en la mesa?”… “Trabajó hasta dejarse los ojos cosiendo con su máquina y saludando entre sonrisas cientos de amaneceres”… “¿La recordáis bañándonos…?”.
Yo me fumé el proceso del adiós como con hambre, acodado en la puerta del frío tanatorio y consumiendo Chester con un ritmo frenético. Recibimos visitas hasta la admiración y el justo agotamiento, y abrazos y recuerdos sentidos y lágrimas y ánimos.
Y todo fue resumen tristísimo llorando frente al túmulo donde la tierra puso su abrazo subterráneo y base de un amor que se transformó en una ofrenda floral indescriptible.
Y pasó a ser recuerdo Magdalena, justo el que ella perdió ya hace ocho años, un recuerdo goloso y encendido, un recuerdo de intensidad y afecto, un recuerdo de madre que ha de ser siempre ejemplo marcado en la memoria de los que la supimos constantemente cierta en el abrazo, en el acompañarnos para dar cada paso con la corrección justa, de los que la tuvimos en la cabecera de nuestra cama y en la mesa dispuesta para lo compartido.
Fue amor antes de darlo, y al darlo fue mi madre también, una madre tan par a la que tengo y disfruto cada día, que he gastado la mitad de mis lágrimas para regar con gozo el tiempo entero que me dio sin pedirme otra cosa que ser yo junto a ella.
Ha muerto mi otra madre… pero yo no estoy triste, aunque me siento algo más solo ahora.

Postdata: Agradecería a los padres párrocos que aprovechan los momentos familiares de debilidad intensa para dar sus oscuros mítines sobre la maldad de la eutanasia, que tuvieran la decencia de guardar su propaganda infame para momentos menos trágicos y menos íntimos. Hacen un daño atroz… y lo peor es que lo saben.

•••
Magdalena nunca supo quién era Daniel Cohn-Bendit, ni Alain Geismar, ni Georges Seguí, ni Jacques Sauvageot, ni Sartre, ni André Glucksmann, pero probablemente le sonase el nombre de Charles de Gaulle como un jugador de ese fútbol que tanto le gustaba a su Ángel… nunca supo que hubo un mayo francés, pero tuvo sus hermosos mayos de geranios haciendo vestiditos estampados para sus cinco chiquillas… no supo lo que era una barricada, pero se parapetaba tras su máquina Singer para salvar la comida de tantos con tan poco… no supo lo que era la lucha contra el capitalismo, pero sentó las bases de una filosofía simple en la que se podía sobrevivir cada mañana a base de sonrisas y metralla de besos…
Y los mayos de Mada se acabaron de pronto un Día del Trabajo que fue compendio de todos los suyos de dignidad y aliento, y en este mayo de calor en la frente armó una primavera hecha con pan del día, con sopa de fideos, con unos huevos fritos y una ensalada fresca… un mayo sin idus en el que ser presencia para sobreponerse, para seguir andando sin demasiada prisa [pero con mucha fuerza], para poder, para querer… un mayo nuevo.

Comentarios

  1. Magdalena, a quien tuve el placer de conocer siendo muy joven, te ametrallaría con besos y sonrisas, si pudiera leer lo que has escrito por ella.
    Para ella, mi más cariñoso recuerdo, y para Ángel y sus cinco hijas, un abrazo cargado de aliento.

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  2. Sí, muy bonito... Y muy sentido, y muy íntimo, como era y como se merecía Magdalena.
    Un abrazo que alcance hasta ella.

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  3. Dale un beso muy grande a Mª Ángeles.
    Otro para ti.
    Diego

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  4. Y su memoria se hizo recuerdo...

    Un abrazo para toda la familia.

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  5. Si existe Magdalena en alguna otra dimensión, estará muy feliz por estas letras tan hermosas que le has dedicado.
    Un abrazo.
    G.

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