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Vivo siempre en la orilla de acá.



Ya llevo 16 horas de maquetación y voy cumpliendo los plazos que me autoimpuse, aunque ayer por la tarde flaqueé y me quedé sin aire y sin ideas durante un par de horas, hasta el punto de sentirme desesperado; pero un paseín corto por la Plaza Mayor me puso otra vez a tono y me enderecé. La noche fue realmente productiva y logré adelantar el tiempo perdido [soy un tipo de noches y de luces dirigidas], hasta que oí la bulla que tenían montada los pijos en el ‘Casino de los Señores’ [así se le ha llamado siempre en Béjar por la clase obrera] y me asomé para encontrarme con montones de criaturitas borrachas, rompiendo vasos contra el suelo y montando una bulla fuera de lo normal para sus generales ‘usos educados’ y su ‘formación cristiana’… me da que alguna mocita no salió virgen del sarao [como se enteren sus padres y su confesor…]. Retiré mi coche de aquella guerra y volví al tajo.
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Vivo siempre en la orilla de acá y me paso el tiempo queriendo vivir en la de allá, acosarla e invadirla para hacerla de mis pies, tomar posesión de sus encajes y coserme a sus caminos como un bolsillo nuevo donde meter los deseos cumplidos. Y sé que es solo humo, pero persisto en mirarla con los ojos abiertos, y la imagino llena de esas riquezas bucaneras que acaban tomando el nombre de ‘libertad’.
Sé que, por mi bien, solo debo mirar su lejanía e imaginar la victoria para llenar el profundo vacío de mis noches con su fiebre. Allí pescan Acab y la Judit de Betulia, alli se abraza Mary Ligovskaia al cuerpo de Mersault, allí pasean por sus playas Masetto da Lamporeccio y el virtuoso Hariscandra, allí hacen el amor sin prisa Diotima y Andrés Bolkonski… y hoy estarán recibiendo encantados a Paul Newman para montar en bici por los llanos eternos de esa orilla.
Vivo en la orilla de acá… y me muero por ser de la orilla de allá.


•••
No sé por qué, esta tarde, entre la fritura maquetera y el embotamiento diseñativo, se me vino a la cabeza de pronto un personaje femenino de una novela de Turguenev que tuve que leer casi por imperativo legal hace unos años. Era una mujer que andaba empeñada en su felicidad personal, absolutamente frenética por mantener siempre una gran actividad y empecinada en el desarrollo constante de su pensamiento, pero siempre insatisfecha… corrí a mirar mis fichas antiguas de lectura y tardé en encontrar el dato, pero lo encontré. La novela de Turguenev es “La víspera”, y el personaje al que me refiero, Elena Nikolaevna Stachova. Respiré profundamente de gusto por haber encontrado en mis papeles lo que la memoria me niega [ahora me he empeñado en encontrar el libro, pero eso es un asunto más complicado, pues tengo que bajar a mi estudio de Colón y buscarlo en los anaqueles, o quizás hasta en las cajas cerradas y llenas de libros].
Y es que de pronto me pensé como Elena, idealista recalcitrante y enfangado siempre en mil asuntos manuales y mentales, con montones de temas abiertos a la vez y con una insatisfacción que me hace temblar de ira en algunos momentos.
Quiero empezar a existir como quiero ser [amigo Emilio Calvo de Mora, quizás debiéramos huir juntos a algún paraíso lejano en el que no nos falte de comer, de beber y de fumar…] y hacerme un muerto exacto de lo que soy.
Esto no funciona demasiado bien: trabajo en el puro prosaísmo como un bruto para obtener unos ingresos que no llegan con fluidez… y luego hago un esfuerzo diario por lo realmente mío a base de quitarme horas de sueño y de tirar como sea de una voluntad que jamás he tenido. El resultado es desesperación, ganas de mandarlo todo a la puta mierda y de encerrarme definitivamente en mí mismo, rodeado de mis cosas y habiendo hecho buen acopio de cokes y de Chester… y es que esta sensación de tiempo perdido me elimina, me anula. La faceta profesional es tan caníbal, que acaba por devorar al Felipe herido por sensaciones y pensamientos fuera del orden diario, y eso me hace sentirme fracasado… hasta el punto de que en algunos momentos llega hasta a importarme lo que digan los demás [me refiero a tipos que ni por recomendación metería en mi cuenta de miradas y audiciones, y menos en la de gente a la que atender].
La Elena novelera buscó solución en el amor de un hombre, y yo creo que ahí se equivocó, pues lo que realmente funciona es la sola posibilidad del amor, no el amor mismo, y es ahí donde me gusta… vamos a llamarlo autolesionarme… en buscar la posibilidad de amor en cualquier circunstancia y en cualquier persona, pero sin que haya entrega, sin que lo sepa jamás el sujeto o el objeto del amor [aunque lo intuya]. Es en esa línea don yo me siento realmente vivo, en el enamorarme constantemente de la cosas y las personas… de un gesto, de una mirada, de una forma… y procesarlo en términos creativos siempre, sin barreras estúpidas…
Y en eso ando, o no… yo qué sé.

Comentarios

  1. Tal vez a ti te pase como a mí cuando estoy en alguna faena mayor, algún trabajo que rendir a alguien o algún empeño relevante... Me pasa que me siento súbitamente arrebatado por el puñetero numen, Luis. Entonces, a riesgo de perder el punto ése que te hace trabajar como un zombi, me pongo a escribir. En mi época universitaria, escribía sobre todo cuando tenía exámenes. En el trabajo (soy maestro) tres cuartos de lo mismo. Así que igual tú, ya me contarás, encuentras el hada buena de las palabras lindas en esos descansos que te autoimpones. Seguimos la maquetación como si fuese la construcción de la catedral de Burgos. Cuando esté acabada, lo sabremos, nos reiremos todos y nos tomaremos a la salud del maquetador unas cañas en el bar de abajo. Salud. Empeño. Poesía. Un abrazo, my friend.

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