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La calma de la constatación.


Mañana asistiré como invitado al encuentro de Poesía Hispanoamericana en Salamanca [intervengo en el acto que se celebrará a las 20 horas en el salón de actos del ayuntamiento salmantino… por si alguno quiere pasarse por allí], y me llevo como encargo personal ir a visitar a mi Juanito, que está en el hospital recién operado del estómago… y luego a ver a Maite, que también anda ingresada por una operación de garganta… y luego a llevarle a mi hija un espejo para su casa y algunas cosillas para irle poblando aquel desierto. Me quedaré la noche del viernes en hotel helmántico [que para eso voy de ponente] y volveré a casa la noche del sábado con los deberes más o menos hechos.
•••
Últimamente me agrada mucho constatar lo que ya sabía, cerciorarme de que lo que armo ya estaba armado y de que lo que acometo ya lo tenía hecho hace tiempo. Me agrada y me deja también cierto regusto amargo por cierta sensación de tiempo perdido en la constatación; pero disfruto al saber que repito mis pasos y me afirmo en ellos, porque eso me impulsa a decirlo con seguridad [de haber acertado o de haber errado, pero con seguridad].


•••
Morirse justo a tiempo es una suerte, como vencer ante el último hálito. Lo he pensado demasiadas veces y me he engañado siempre diciéndome: ‘aún no es tu tiempo, Felipe, pues algo ha de llegar que justifique no tomar la decisión’… y, mientras, me desnorto, me apago, desciendo en mis palabras y en mí físico y me siento cobarde. Entonces juego a ver los ojos de la muerte, e imagino que son tan verdes como un tallo reciente… y juego a imaginar su pelo recién lavado, su altura de diosa que apaga la luz cuando le place… e imagino sus manos con las uñas recién cortadas, limpias y tamizadas de un barniz incoloro… y me gusta, y la busco como a una amante furtiva en la longitud estrecha de mi cuarto.
Jamás llega… y yo imagino sus nalgas frías apretándome los muslos, su boca desviviendo la mía, sus manos apoyadas con suavidad en mi vientre desnudo, y en movimientos lentos llevándome a sus amplios dominios de hierba y de narcisos.
Y si después de todo me miro en el espejo, veo al que fui y no al que se anda deshaciendo en lo deforme.
A cambio de esa muerte que no llega, me arranco las postillas de los brazos y me hago sangre leve con la que argumentar mi escapulario.
Crecen fuertes las tórtolas… el otoño no arranca.

Comentarios

  1. Me gusta la mezcla de presente y sentimientos oscuros en tus escritos. Hoy hablando de la muerte, esa sombra que nos persigue a diario, nos guste o no.

    Creo que ví esa película, no recuerdo ahora el nombre, me la había recomendado un amigo. Una imagen que dice muchas cosas.

    Bicos,


    p.d.: y que ese encuentro sea provechoso y agradable.

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  2. Pues sí, morirse a tiempo es una suerte, como que te toque la lotería, vaya, porque uno nunca puede saber qué le queda por vivir.
    Ahora bien, esa metáfora de la muerte como una seductora diosa de ojos verdes me ha impactado. Chapeau, LF.
    Voy a ver si me invento un dios varonil y tierno a la vez (combinación casi imposible en los mortales) de profundos ojos oscuros para que venga a acunarme en su regazo cuando me llegue la hora.
    Sí, sí, me ha gustado la idea. ¿Qué te parece Dnc, Bella Doncella? (Y gracias por tu visita).
    Saludos a todo el personal.

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  3. No digas esas cosas, anda, que como dice Manolo García en una de sus canciones más bonitas:
    "Vendrán días, han de venir..."

    http://es.youtube.com/watch?v=bEB_qZA_Rd4

    (y pensar que hace justo una semana estaba yo en Salamanca...)

    ResponderEliminar
  4. Con su permiso "Don LF", y disculpe la intromisión:

    Ay "Adu", pues no sé qué decirte, que me conozco y, en un momento tan delicado como ése, seguro que me pondría a pensar algo así como: "¡¡menudo maromo, y yo con estas pintas...!! o ¡¡ a buenas horas mangas verdes!!
    Nada, nada, el morenazo "pa" ti, que yo prefiero morir tranquila.
    :)

    ResponderEliminar

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