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Otra vez las chanclas.

Andaba yo a primera hora pensando si convertirme en Robayna [Sánchez] o quedarme en Manolo Gómez Bur, personaje en el que estaba desde última hora de la noche de ayer... pero hacía un calor pegajoso y no había dormido nada bien, así que decidí levantarme con pausa y meterme en la ducha para intentar aclarar mis ideas... se estaba de puta madre bajo el esprái de agua templadita, en pelota picada y con los ojos cerrados... le eché más de media hora al lujo del agua y salí queriendo ser yo otra vez, que don Manuel murió hace tiempo y el tal Robayna no va mucho más allá de los ojos entornados.
Me sequé un poquito a toallina y dejé algo de humedad para pillar esa cosa fresquita que se te viene cuando sales a un espacio más amplio... salí al dormitorio y me quedé como un ficus frente a la ventanona semiabierta, recibiendo chorritos del aire venido de afuera... ¡qué sensación!
Cuando el placer empezó a hacerse frío, me embucé el albornoz y ataqué un desayuno frugal [últimamente no como demasiado]... el día se presentaba bueno... ni el finado Gómez Bur, ni el Robayna... ni siquiera el viejo F... y que antes de tirarme a la calle busqué en el zapatero de la entrada de casa, valoré, y saqué las sandalia de Panamá Jack, unas que me compré el año pasado y que al principio me hicieron un daño de cojones... pero logré domarlas en su día... y me tiré a la calle.
El mundo con sandalias [o, mejor, con chanclas, pues las que llevo son de tirina] es algo más sueltino, como de ir entre cardos y con la sombra suelta o como llevar menos esqueleto sujetándote... uno se siente como gregoriano, mezclado con ceniza y un tantito alejado de las normas... y también, a ratos, como pisando alfileres.
De ir así, uno se nota medio en comunión con todo y hay como una erección de los poros pieleros que te deja pichón y coloradito.
Cuando me pongo chanclas, las mujeres que pasan a mi lado parecen de ultramar y tienen mirada de pareo, melenona [aunque lleven el pelo cortinino] y cierto trepar de árbol en las piernas. Lo hombres, no. Los hombres, sobre todo los que pasaron ya los cuarenta y tantos, me miran como si fuera un tipo escarbado, como si fuese a oler a azufre y presintiesen un cataclismo que los deja inestables... con los días se acostumbran, sí... pero el primer muestreo de pies los deja caracomidos [sí, ‘caracomidos’] y graznando.
Yo, a mi bola, que me bisiestan los tíos patizambos con calcetines grises... además de tocarme los cojones.
Cuando me pongo chanclas, decía, me siento Marco Polo, a lo menos, y los pies se me medio afroditan porque también la cabeza se me medio afrodita... entonces me viene una cosina tarambana, algo muy parecido a una infección, y veo de otra forma el mundo, con otros colores, como de garabatos, sin lacre y sin esos mentones que tiemblan justo antes de los llantitos.
También es como un ir desnudo, sin recato... y entonces empiezan a llegarme palabras de verano, esas palabras que no son domésticas, las blandas y redondas, las mojadas... y me llegan como coágulos, sin armadura, como un lujo de rico o una alcoba fresquita... musgo, playeras, alba, malla, llanura, lluvia, polea, vulva, vientre, gladiolo, nuca, llaga, rayita, blando, caucho, axila, pecho, calma, cuello, melena, tiembla, pupila, almena, cala... ya digo, es como un ir desnudo este andar con las chanclas flamantes de verano...
•••
Vinieron Urce y Marisol, que habían tenido lectura helmántica en un jardín de la ciudad biliosa y me trajeron güisquito de 12 años y unos chocolatones con almendras y piñones [siempre vienen cargaditos los colegas y me da cosina]. El día, con su parte de noche, dio para unas charletas distendidas sobre el mundo poético en general, sobre la asunción cirílica de Benedetti y sus clientes creados y mantenidos, sobre la poesía social y sus despojos –este ‘después’ de postpoetas perdidos en el no saber nada–, sobre un tal nosequién que está intentando subir en el escalafón parapoético a base de sobar un lomillo majete, sobre el buen hacer de Ben Clark –Urce comparte conmigo lo bueno de su poética– y la alegre e inteligente pujanza de Fabiete... un buen día, en fin, con mis amigos chulis.
Marcharon a media mañana del domingo, no si dejarme antes sobre la mesa un cabecero de lomo –no paran estos chicos–. Mil gracias a los dos por tan guapa visita y tan entonado afecto.
•••
Poseo mi idea de las mujeres que miro como poseo mis muebles y los uso... abro un cajón, y allí aparecen manos que buscaban cobijarme, piernas que nunca se me ofrecieron abiertas [pero las imaginé], ruiditos hechos con la boca al masticar pistachos, tres caderas con algo de verdín, algunos ojos de invierno y tres miradas intensas de verano, unos culitos tersos a los que ahora no sé ponerles cara... todo mi cajón lleno de mujeres diluidas... sin ninguna certeza... pero sí con absoluta posesión.
Cuando las inespero, me pongo como flaco, estiradito durante horas por la casa [pero con los tendones blandos]... y las presiento como una manta de carne bajo la que meterme cuando el frío... también siento desazón y algún latido extraño que no procede del corazón.

Comentarios

  1. Yo no sé si es por cómo te expresas o por cómo te entiendo yo pero ¿me ha parecido que comparas a las mujeres con tus muebles? ¡Luisfe que te vigilo!
    Miedo me das cuando tocas el punto féminas...
    Si no te quisiera, te estrangularía. :)
    Besitos, chancletero.

    ResponderEliminar
  2. Huetona, hablo de la memoria, que no te enteras, de las imágenes que recojo y guardo... i se quedan como iconos despersonalizados que luego utilizo en estos puzzles locos que me hago. Un día hablaremos de esto largo y tendido, porque es interesante.

    Besote.

    ResponderEliminar

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