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Me late el codo izquierdo...



Hoy me levanté con el codo izquierdo dolorido e hinchado, todo por un golpetazo que me arreé la semana pasada con una puerta [se conoce que ayer me apoyé en alguna de las barreras de la plaza de toros bejarana, mientras asistía al blues, y se me ha infectado]… y es que últimamente parezco un quecomari lleno de cuitas y quejicoserías… el cabrón está ardiendo y focaliza toda mi atención en su latido, hasta el punto de hacerme perder concentración en lo que hago.
En fin, que sigo en el asunto de vivir y eso me gusta mucho… hasta el latido este que me reclama atención constante.
Hoy le pegué la última corrección al nuevo libro de Belencita, “Orden de alejamiento”, y vuelvo a dejar escrito que me gusta muchísimo su forma y su contenido. Espero que en un par de semanas esté listo para hacerlo llegar a sus manos…. y que me ha gustado leerlo con ese latidito de dolor, pues el poemario es de dolor entero… y muy intenso.
Luego, me dejé de mí [y del trabajo] y le busqué contenido a ese pum-pum… y me encontré a Fra Angélico pintando que la muerte no es un mal en sí misma, vi las guirnaldas de las bellas muchachas de las islas del Sur flotando entre unas olas mansas, supe de los hombres aniquilados en la Verde Ceiba y del árbol que nace en el centro del mundo regado por alguna sangre anónima, me imaginé respetando a las piedras con un bastón de cobre entre las manos, me vi vestido de terciopelo celeste a la sombra de un Ojoche en el centro de América y con los hombros rotos en un poema de Rilke [uno de esos que iban dirigidos a algún muerto], me fumé un cigarrito delicioso que me envió Sabines desde Xiapas [gracias J(G)], me detuve en los pájaros volando en el interior de una basílica, deglutí un par de siglos de pintura en un cuadro de Ensor, fui la mujer inca con el puñal clavado en el centro del corazón y una máscara de oro entre las manos, me precipité en amanuense de nubes porque miré al cielo y hoy no había, fui ladronzuelo en Frisco e hice dedo en las carreteras secundarias de La Florida… y comí las naranjas rojas que en mil novecientos sesenta y nueve echó mi abuela Antonia a una sangría…
Sigue el latido en el codo como un macho buscando dónde derramarse y cómo, sigue como el ternero recién atacado por el lobo, como el diente careado en el azúcar … sigue el latido como aquellas piedras que tiraba a los charcos en invierno… y me pareció ser Torcuato Tasso muriendo de tristeza al ver su palacio convertido en el Hotel Tramontano…
Y que me fui a comer, y mis dos hijos mayores comenzaron a banalizar entre risas sobre aquel accidente que tuvo Guillermito con una puerta, en el que se le desprendió una falange de uno de los deditos de sus manos divinas… mi hija decía que yo lloraba de rabia mientras decía para mí… ‘a mi hijo no, me cago en Dios’, y le daba golpes a las paredes, y ella se reía al recordarme así… y me dieron unas ganas inmensas de llorar y de pedirle que se callase… pero no lo hice, porque sé que es mejor banalizarlo todo… solo pude ir a abrazar a Guillermo y a comérmelo a besos sin que él supiese de qué iba la cosa…
Y que, después de comer, me llevé a Guille a recoger a Dani, su amiguito, hasta su casa de Palomares. Yo iba en silencio escuchando a los críos… ‘¿sabes, Guille, el mejor coche del mundo es el Fonda serie F, que es el más rápido del mundo y el más caro del mundo, Guille, el más todo del mundo…’ –dijo Dani– ‘…pues yo he visto uno por la tele que por lo menos costaba setentamil euros, era chulo, tío, chulísimo…” –contestó Guille– ‘… eso no es nada, el Fonda serie F vale setecientosmil euros, Guille, y yo ya he pensado que voy a ser rico y comprarle uno a mi padre y otros a mis tíos para hacer carreras por Palomares, es el más mejor de todos los coches del mundo…’ –dijo Dani– ‘…jo, Dani, qué suerte tienes, siempre ves por la tele coches más caros que yo… yo a lo mejor no seré rico, que lo estoy pensando, ¿verdad, papá?, lo mismo soy o diseñador de robots o piloto de Fórmula 1 o jefe de la imprenta, ¿verdad, papá?... o campeón de Pokemon, que van gratis a Chicago, Dani… y pueden invitar a los padres, ¿eh?’… los dejé en casa, mientras continuaban con su hermosa conversación, y me volví al jodido latido de mi codo izquierdo…
Late como las sequoias en los aserraderos, igual que las recién casadas, como un pueblo levantado en armas, casi como el corazón de una chiquilla recién enamorada… late como un sexo abierto que quiere decir y no puede, como una promesa incumplida o el primer vuelo de los cernícalos primilla desde el tejado de enfrente… y juega a ser como un pedazo del mármol pulido que un día me hará losa, ése que será sombra de mi última sombra.
No soy inocente, lo sé, pero me late el codo izquierdo como si alguien me estuviera susurrando al oído que algo ha terminado.
•••
A media tarde, recibo una carta emocionada del amigo Isidoro Sánchez Casquero, al que conocí el sábado en el homenaje a los represaliados por el franquismo, con la que incluye una fotografía que me hizo y que no me resisto a poner en estas páginas [mil gracias, amigo Isidoro].


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